Levanté la falda a tu mocedad
y te dejaste mansa en mi
quedar.
Soles ruborearon tus contornos,
tiernos requiebres de jamás
nadie
que con amor verde me quisiste
dar.
Y mis manos temblaron frente a
tu santidad
y fui suspiro dulce, apasionado
y lento
mientras mi cuerpo escribía en
tu cuerpo
el epitafio a tu mocedad.
Dulce corazón que me
entregas
en roja seda como sello de virginidad,
jamás mis manos han de
acariciar tanta pureza
y jamás... jamás!
te he de olvidar