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Amanecer de una pena
Marcelo D.
Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Hoy amaneció una pena
meciéndose entre el olvido y la nostalgia.
Se asomaba con vértigo a las grietas de mi corazón
y se levantó conmigo de la cama.
Su presencia agudizó la bruma de la mañana.
Como un mítico agujero negro,
absorbió todo: olores, sabores...
y hasta el canto de los pájaros que,
en trino bajo murmuraban,
de esa pena fugada
de la ciudadela de las ilusiones vanas.
Cuando amanece una pena
se instala en la mirada
como velo de mujer en luto por una desgracia.
Y ahí se queda sin decir nada,
en vigilia por las noches, silenciando las mañanas.
Luego repentinos soles van pintando su cara
hasta que al fin se marcha.
Algunas penas son fatales,
desgarran el alma.
Otras son fugases como el recorrido
de una pequeñísima lágrima.
Las peores son las que dejan marcas
como secuelas que siempre te acompañan.
Que patológicamente ahora se marchan
y otrora regresan para entristecerte el alma.
La que amaneció hoy se paraba en la puerta de mi casa
con ojos rasgados y suavidad de palabras.
Jugó a la ilusión y la creyó,
jugó al amor
y en pena lo convirtió.
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