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Perfume de
jacintos
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.
A Gustavo Badi.
Saturado el aire de mordaz fatalidad,
in sécula cabalga la muerte como entremés de un sueño.
Espigas rotas de jacintos...,
púrpura sanguinolento...
Maraña de maderos en estocada yugular.
Como gris nube de azar,
se disipa al fin la vida...,
se viene la orfandad.
Tíñese la noche de negro plomizo...
Un viento e hiel,
aúlla los pinos asesinos.
--¿El potro? --En el cobertizo.
Apajado descansa sus bríos clandestinos.
--¿La niña? --Adolorida.
Aún no acierta dilucidar lo acontecido.
¿Y la ausencia?
--Como un filo! se le mete a la cama entre los linos.
Del negro de la noche al negro vestido.
Mañanas de ojos que parecen llovidos.
Y no hay risas... ni perfume de jacintos...
--¿Y mi madre...?
--¡Se ha ido!
Desbocado el zaino en los trigos,
al bosque huyó despavorido.
Una estocada de pino,
la segó por el cuello...,
quebró los jacintos.
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