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Karmas y sortilegios

Por Marcelo D. Ferrer

 

A la sensible y tan digna capacidad reflexiva de Adolfo M. Vaccaro,

 y a su apreciada amistad.

 

La lluvia tiene la vehemencia del invierno cuando se aproxima. Es mediodía. Por momentos la calle es arrollo furioso que transporta todo aquello que antes fue de manos desaprensivas.

 

Desenfoco mis ojos. El enorme ventanal frente a mí, es velo con dispersas escaras cristalinas. Arriba, verde ondulante; abajo, una enorme serpiente moteada pone rumbo a la alcantarilla. Y el sonido, inconfundible, de despedazarse las gotas.  Tamborilean sin precisión, sin ritmo; la lluvia es música si es metáfora.

 

Todos se han ido; ausentes los ecos del movimiento, la casa, sedienta de sonidos, se sacia crujiendo. El silencio y yo pintamos al óleo las infinitas porciones del tiempo, mientras se escurre como la lluvia por otra alcantarilla.

 

Un eco lejano y externo quiebra la monotonía, la curiosidad se aproxima; el iris se agudiza. La ventana es ventana, la lluvia lluvia; y hay mucha mugre en las veredas. El tiempo es fardo... otra vez. 

 

La curiosidad avanza con queja de canario. Un hombre arrastra un carro con ruedas que rechinan; viste harapos empapados. El agua, sobre sus rodillas, salva la segura indignidad de su calzado. Pasa frente a mí con la indiferencia de un karma inevitable; con la certeza de un lugar, sin embargo, adonde dirige su carga, bajo un nylon gris.

 

Se aleja pero se agiganta. Entonces decido seguirlo; deseo ver de qué suerte se jacta, de qué manantial sacia su virtud. Cómo, no teniendo nada, va con la soberbia del poseerlo todo.

 

Voy a la intemperie, la inclemencia me bambolea y clava sus navajas heladas en mi rostro. A poco de avanzar estoy empapado, entonces pienso que me he vuelto loco, que no debí salir, que ese pobre infeliz no me interesa; pero sigo, a distancia prudente.

 

Viene quién sabe de dónde, impulsado por esa convicción irreprochable que da energía a sus pies. Alguien confabuló - pienso. Mala suerte. Algún sortilegio arrojó su alma a este tiempo, a este lugar, y con ese designio. El cielo conspiró; y todavía le envía este vendaval para malograr su faena de cartones. ¡Pobre diablo! Ni siquiera se detiene ante los desperdicios, a los que este día de perros, les pone un valor inferior al que jamás tuvieran para mí.

 

Tras once cuadras de penosa marcha a favor y en contra del viento y de la lluvia, se detiene; avenida Cabildo es un río. Las alcantarillas se hartaron de su cometido o fueron saboteadas por la basura. Me viene la imagen del señor intendente disfrutando su Karma en un country coqueto. De vuelta siento la incongruencia y me pregunto qué estoy haciendo allí, a la intemperie, tras este individuo intrascendente, fuera del confort más modesto de mi propio sortilegio. Ah! un por qué  –me respondo-; un por qué que tenga y dé sentido al desenfoque de las cosas.  

 

            Al fin avanza de nuevo y se detiene en la esquina opuesta frente a una escuela pública. Con esfuerzo sube su carro de cartones por la escalera hasta el zaguán al reparo de la lluvia. El nylon gris comienza a moverse, el hombre lo recoge con cuidado de que ninguna gota de agua se derrame al interior. Un nene de guardapolvo blanco, inmaculado, se pone de pie y estira sus brazos. El hombre lo alza con la precaución de no juntarlo a sus harapos mojados. Lo pone sobre el suelo seco del zaguán y le entrega un portafolios ajado. Alguien - la portera quizá- le sonríe y toma su mano; los dos van rumbo al interior. Imprevistamente el chico se suelta, va donde el hombre, lo abraza en las piernas empapadas, éste le besa la cabeza... El nene desaparece por donde reside el saber... y otro karma, quizá.

 

            Nuevamente el carro se cubre con el nylon gris, al fin veo el rostro del hombre; su mirada es serena. Sale a la intemperie de donde proviene a hurgar entre la basura; a darle relieve y trascendencia. Su sortilegio lo protege del implacable temporal que ahora es más crudo y empecinado, conmigo.

 
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