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MAURICIO RIZO. (Semblanza autobiográfica) |
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1963. Amaneció el día
común y corriente, la gente como siempre salió a hacer sus deberes, todo
pareció normal hasta que mi mamá, Ana María, comenzó a sentir unos dolores de
estómago, amenazaba con tomarse un purgante, pensando que la cena del día
anterior le había caído mal, pero no ¡Eureka! ¡Era yo!... Un 13 de Febrero,
me tocó el mes más pequeño del año, no se la hora y aunque ya estaba presente
aun no tenía conciencia. Vi por primera vez la luz.
Entre 1967 ó
1968 como todo niño tuve que ingresar a una escuelita. El tener por
primera vez un lápiz y un cuaderno, fue para mi una cosa maravillosa. Tanto
la fragancia como el enfrentarme a la superficie inmaculada del papel,
volvían loco mi corazón. Recuerdo que cada vez que me daban un lápiz de
grafito nuevo, de color amarillo lo olía incesantemente...¡Qué experiencia!
Cierto día el
profesor, Carlos Chavarría Zeas, hijo de un hacendado del lugar, tal vez para
mantenernos ocupados, porque tenía que bregar con niños de diferentes edades,
tenia que ingeniárselas para controlar tanto inquieto infante de diferentes
grados de primaria, nos puso a dibujar, palabra nueva para mi, me fascinaba,
me parecía muy bonita. El profesor Chavarría, realizó un concurso, donde
premió el esfuerzo de todos, pero como mi destino estaba trazado y con toda
la modestia del mundo, mi dibujo fue el mejor. Después de esto, mi
vida no tuvo par, porque bastó saber que mi dibujo se hubiese destacado, para
no dejar escapar espacio vacío en mi cuaderno, que lo habitaban mis dibujos.
Lamentablemente el cuaderno y todos los que posteriormente me daban, se
terminaban. Porqué se terminan las cosas. Mis cuadernos, mis lápices
todo. Mi maestro me suplía con algunas hojas limpias, de ese papel de
envolver, papel de empaque, que para mi no importaba, todo lo encontraba
maravilloso. Mis padres se
enojaban porque "no aprovechaba" el material escolar, que ellos me
proporcionaban, para que desarrollara mis tareas. Ellos eran de escasos
recursos y fácilmente entendible, por qué ellos se enojaban. Además,
eso no era limitante para desarrollarme en mi loca desesperación, mi
obsesión por representar todo lo que veía a mi alrededor. Mi infancia se
desarrolló en un lugar, un tal San Pedro de Buculmay, distante de la
cuidad Jinotega a unos 22 kilómetros y como todo lugar alejado un poco
de la civilización. ¡No había luz eléctrica!. La gente tenía que salvar
grandes distancias a pie, tanto para asistir a su trabajo, como ir en busca
de su alimentación. Son largas jornadas para medio alimentarse y por la noche
alumbrarse con hachones y cocinar con lo que ahora llamaríamos "La
tropileña". En todas las casas había una y la mía no era la excepción,
de esta después de las tareas de cocina, salían unos trozos negros, residuo
de lo quemado, carbón, material precioso para mi. Con ellos seguía elaborando
mis trazos infantiles. De nuevo no había
espacio en mi casa de habitación, suelo, paredes, muebles -escasos y rústicos-
que no aprovechara para expresarme. Tal vez en la mente de las personas que
me veían, pasó más de una vez la idea de que yo tuviera algún problema
mental, esquizofrenia, locura, que se yo. Porque es realmente preocupante ver
a un niño que no se detiene ante nada, que no valen regaños, que no sirve que
le quiten lo poco que le dan, (cuadernos, lápices) con tal de ver si así deja
de lado toda esa obsesión que lo aqueja. Ahora que recuerdo
todas estas cosas, me conmuevo, porque si, porque son cosas que la vida da,
vienen ahí, bajo la tapa cuando la descorchas. Recuerdo la
escuelita, así llamábamos al lugar donde nos daban el pan de la enseñanza,
una casa que habían prestado para ese fin y que aun tengo presente su
olor a moho, sus paredes de tablas en antaño pintadas, rústicas y
polvorientas y habitadas por arañas. Recuerdo un piso que nos ponía al tanto
que había sido enladrillado, aunque le faltaron un buen porcentaje de
ladrillos y los que había, estaban por desaparecer. Algunos compañeritos
querían imitarme en mi desempeño dibujístico. Lo intentaban pero pronto los
aplastaba la decepción del no poder y rápido se rendían y olvidaban. En mi infancia
siempre tuve una mente positiva para enfrentar la vida alegremente. Además de
mi labor artística, tenia que hacer como contraparte las tareas de la
casa y debía ayudar a mi madre a buscar lo que llenara la barriga.
Bueno, siempre había barriga llena, aunque no sólo de pan, sino de alguna que
otra lombriz, pero con el corazón contento. Mi madre preparaba
buen pan en el horno que se encontraba dentro de la cocina. Nosotros le
ayudábamos en lo que podíamos. Mi madre, Ana María Centeno, de origen
jinotegano, hija de una familia habitante de uno de esos valles de este
departamento muy rico en cafetales y agricultura. Mi madre, cuando no estaba
amasando el maíz y la cuajada para hacer las rosquillas, estaba pedaleando
una máquina de coser marca Singer, -la que todavía conserva- con la que
vistió a casi toda la gente de aquel valle y sus alrededores. Incansable
trabajadora, estaba unida en matrimonio sin papeles, aunque mucho tiempo
después se arreglaran, a mi padre; Juan Bautista Rizo Rizo. Dos veces Rizo,
por que cuentan que nuestros ancestros no permitían el casamiento que no
fuera dentro de la misma tribu. Si una de nuestras mujeres, era
enamorada por algún truhán de otra familia con otro apellido, después de ser
emboscada en el río, cuando salían a bañarse, el susodicho, era como
que firmara su sentencia de muerte. O para que mejor se entienda le
hacían corte de chaleco y no volvía a probar frijoles. Mi padre era un
hombre de oficio sastre y con unos nervios de acero. El, se internaba sólo
durante la noche en la montaña, donde no se veía ni la palma de la
mano. Lugares que sólo podían ser habitados por ánimas y espantos en
penitencia. De esa noche en la montaña, mi padre salía siempre con un venado
a cuestas, después de haberlo cazado con su escopeta. De mi madre no
recuerdo mucho a sus familiares, porque cuando llegué a tener conciencia de
mi vida y de las cosas y personas que me rodeaban, ya había desaparecido
gentes muy queridos por ella y pasado a la historia. Con la familia de mi
padre, manteníamos más comunicación, gracias a la cercanía en que vivían y
logré conocer más familiares de él. Para este entonces ya
contaba con dos hermanos mayores que yo, Edwin Javier el primero e Ivis
del Carmen la segunda. Parece que me persigue el número "tres".
Nací en el 63, el 13 de febrero, soy el tercer hijo y antes que tres hermanos.
Después de mi venían Elizabeth, David y Elvia. Esta última aún habitante del
susodicho San Pedro de Buculmay, ahora llamado Venecia. Pero no la Venecia
Italiana con sus caudalosos canales gondoleros, de Venecia sólo el nombre, ya
que este lugar fresco y montañoso en antaño, lluvioso casi todo el
año, lo que menos tiene hoy es agua, gracias al avance indiscriminado
de la depredación, la frontera agrícola y la contaminación de que son objeto
las pocas fuentes de agua que aun quedan. Durante los años 71,
72 y 73 me tocó vencer largas jornadas al lado de mi madre. Caminando
por senderos casi intransitables, montaña adentro, vendiendo artículos, ropa,
cosas de cocina. Dormíamos en las afueras de las casas por ser nosotros
gente desconocida en aquellos lugares y pasábamos la noche sólo en compañía
del ulular de los monos congos, el chirrear de los grillos, el frío, y el
ronquido resoplón de algún cerdo muy cerca de nosotros, para poder llevar
algo que poner encima de la deteriorada mesa que nos servía de comedor. Los niños en las
haciendas desde que empiezan a caminar aprenden a trabajar y aunque cuenten
unos pocos años, andan sus billetes en las bolsas producto del trabajo en los
cafetales. Recuerdo que yo
fabricaba juguetes de madera, con ruedas de hule sacadas de la chinelas que
encontraba por los caminos. Cuando vendía al lado de mi madre, las lavaba y
limpiaba bien. Todo esto de manera clandestina, por que si se daba
cuenta mi mamá, ni pensarlo. Pero al ver aquellos niños en estos lugares, sin
condiciones, sin la diversión necesaria para el desarrollo de una niñez
feliz, yo les vendía juguetes, y ellos eran felices aunque mi propósito
también era ganarme algunos pesos.
Cuando tenía doce
años tuvimos que emigrar de ese lugar, empacar nuestra pocas pertenencias y emprender
el éxodo hacia Estelí. Ciudad para nosotros desconocida. Íbamos a empezar de
menos que cero, sin gente conocida, sin trabajo, a alquilar un lugar
paupérrimo para vivir, no digo casa. Algo nuevo para todos nosotros y para mi
entender no teníamos por que andar en esto. Tal vez no comprendía la
situación, no se lo que pasaba por las mentes de mi padre y madre, tampoco lo
que pasaría por la mente de mi abuelo y su decisión de quitarnos la casa
donde habíamos vivido mucho tiempo. Fue terrible la
adaptación, pero como el tiempo es la mejor medicina, él lo cura todo. Empecé
a recorrer la ciudad y en una de mis tantas salidas, me encontré con un sitio
donde pintaba un señor de unos sesenta años, barrigón, achelado, que cuando
se enfadaba se enrojecía como un tomate y usaba un bigote empuntado al
estilo de Salvador Dalí. Llegaba diario a
observarlo pintar desde la calle, un poco detrás de la ventana. Lo observaba
pintar aquel retrato, un poco gigante en blanco y negro, a veces con un poco
de color como cuando las mujeres se retocan las mejillas. Uno de tantos días
me descubrió detrás de la ventana y me dijo: "Veo que te gusta mi
trabajo por que te he estado observando desde hace días; eso me gusta
muchacho". Platicamos algunas cosas de mi familia y después me fui. Pasaron los días y
yo le pedí a mis padres fueran a hablar con él, para que me enseñara a
pintar, lo que no querían al principio pero que logre con mi
insistencia. Fuimos donde él. El lugar era un estudio fotográfico que
en la parte frontal del edificio, en la parte alta del muro y sólo después de
la marquesina, se leía Poster Kasty. El me dijo,
después de enseñarle una carpeta de dibujos que eran parte de mi producción
de muchos años, pero que no almacenaba toda ya que muchos no existían: Dibujas
bien, me dijo, pero yo no te puedo enseñar a pintar porque no soy pintor, lo
que hago es retocar los retratos que reproduzco de fotos antiguas, viejas y
desechas, rotas y arañadas, para luego ampliarlas y posteriormente
retocarlas, hasta dejarlas como recién tomadas, que es lo que estás viendo en
este trabajo, si te interesa, te puedo enseñar". No lo dude e
inmediatamente le dije que si. Y al día siguiente estaba ahí muy
de mañana. Ese día el miedo me invadió, nunca en mi vida había llegado
hasta ese punto. Había caminado bastante, pero no con la responsabilidad de
ahora, pero además me daba alegría, una mezcla que no podía descifrar. Estaba
a un paso de lo que siempre soñé, cuando chico y que no se porque me dije
siempre para mi, (audible solo para mi adentro) y dado que mis entrañas no se
burlarían de lo que decía a tan corta edad, lo pensaba: "Voy a ser un
pintor". No sabía cómo , ni qué era lo que hacía un pintor, pero lo
pensaba. Atrás habían quedado
todos aquellos lugares que de alguna u otra manera habían marcado mi
vida. Aquellos caminos pedregosos y polvorientos, que tantas veces recorrí de
ida y vuelta a la escuela y donde mis pies pequeños muchas veces ya
cansados y adoloridos tropezaban. Era amigo de cada piedra, de cada
maleza encontrada y ahí en mi nuevo escenario recordaba, cuando mi madre me
mandaba a cobrar el dinero de las prendas que dejaba para el día de pago en
las haciendas, me subía a aquella vieja camioneta Toyota de diesel color
verde y a la que habían adaptado techo y asientos de madera para
adecuarla al transporte de personas. Era pequeño y me
trasladaba montaña adentro, el vehículo, accionado su motor, desprendía
su olor a combustible, -oh y que grato era al olfato, no sabía el mal que causaba-
ronroneaba sobre aquel camino entre los árboles, subía y bajaba las colinas,
meciéndonos como queriendo despegarnos de los asientos. Era como si fuésemos
montando un toro. Viajaba al lugar el cual ya conocía, como los ojos bien
abiertos, absorto, no miraba la gente que viajaba conmigo, por ir contando
las subidas, las bajadas, las charcas, siempre pendiente, de que apareciera
de repente, después de aquella vuelta el tal lugar al cual iba, mientras mi
respiración se aceleraba. No conocía nada más,
sólo donde me subía a la camioneta y donde me bajaban. Un lugar donde
tantas veces había llegado con mi mama y que al recordarla me invadía la
nostalgia. Después de esto, mi travesía era a pie o a golpe de calcetín, como
diríamos popularmente. Empezaba mi camino, solo, después de quedar con el
ayudante del vehículo al cual mi madre me recomendaba como y cuando la
abordaría al regreso. No lo niego, fui rodeado de personas que sin saberlo me
cuidaban, aunque pasara largas horas a solas, por caminos que hoy en día a mi
edad, adulta, como estoy, no me atrevería a cruzar. En esos lugares, mis
pies se volvían como de plomo, respiraba muy hondo, miraba para atrás,
y a todos lados. Cualquier persona que me hubiese visto se habría reído
de mi y diría "ese chavalo se va ca.." temblando de miedo. Me
reservo el derecho de la otra palabra, pero literalmente así era. Sólo
de pensar por donde pasé hoy me digo, únicamente loco lo haría.
El solo hecho de
pensar el regreso por aquella jungla, me daba vértigo y horror y se me
escapaba un alarido que se enmudecía en mi garganta seca. Por la altura de
aquellos árboles, que parecían se me venían encima. El sol era difícil
verlo en sus raíces. Sentía el cuerpo inflamado y adormecido. ¿Cómo se le
llamaría a esto, miedo, o es algo más?. Mi travesía por
aquel lugar se hacia con una rapidez de ladrón. Me sentía como un delincuente
que se había robado algo. Casi percibía que alguna rama me tocaba por la
espalda, la que arqueaba y sentía escalofríos al pensar, que el árbol
me dijera que le dejara lo que le había robado, la paz interrumpida. Mi vista fija en el
claro al final me tranquilizaba. Al salir volvía a respirar muy hondo,
al ver la llanura, al sentir el aire y ver las casas a lo lejos. Que
felicidad, me hacia olvidar todo lo que haba pasado y que de hecho no quería
recordar. Ya para la tarde o para el otro día, porque a veces
pernoctaba en estos lugares, sentado en una piedra esperando, el regreso del
vehículo que me llevaría a mi casa, pensaba en mi suplicio, en aquel
calvario que me había tocado vivir y ahí sentado descansaba como si hubiera
trabajado en una larga jornada, por el agotamiento que me producía aquella
travesía. Ahora en este lugar,
donde no había más cantos lúgubres, ni aullidos y que aunque sentía
temor ya no era aquella sensación que partía mi ser. Ahí eran el bullicio de
la gente, las bocinas de los autos, risas, gritos, los anuncios de las
películas por la tarde por los carros parlantes y alguna discusión matizada
por el pregón de la tortillera, que con su chillido más bien parecía un
insulto. El día pasaba se
hacía más robusto. Mientras mi estomago me reclamaba al advertir a través de
mi olfato, todo un sin número de fragancias culinarias de la casa vecina.
Aquello era una tortura y se oía como una orquesta el cazueleo, el
picar de la cebolla y las legumbres, las frituras de los peces en su aceite y
escuchar trozos de alguna canción en la voz de la cocinera. El lugar era una
comidería, que no cerraba de día ni de noche, por eso su nombre de "El
amanesquero", aunque muchos le llamaban el mosquero. Claro era mas fácil
el vocablo y donde varias veces mi hermano invitado por mi, tuvo que empeñar
su reloj al no tener yo con que pagar la cuenta. Primero, me dijo
aquel hombre barrigón y de bigotes a la manera daliana, aprenderás a sacar
fotos para que después las podás retocar. Creo que un niño es como el
cemento fresco, todo lo que se quiera grabar en el es más fácil que con un
adulto y más aun cuando se va hambriento por saber. Aprendí en menos de
lo que me había propuesto y creo que mi maestro se debe haber sorprendido,
estaba ansioso y como una esponja le capté todo. Aprendí todo lo que había
que aprender en aquel sitio.
El revelado de la
fotografía me resultaba interesante. Ver como aparecían las imágenes en el
papel como fantasmas, en aquella luz rojiza, para que el papel no se
dañara. Era toda una aventura aquel proceso, desde que tomaba la
fotografía, se sacaba el negativo, después se trasladaba al papel. Pero lo
que más me apasionaba era retocar aquellas fotos. Donde habían desde pequeños
hasta formatos del tamaño de una hoja de plywood. Era impresionante trabajar
aquellas superficies, frotar el óleo, raspar, volver a frotar,
difuminar. Aunque se hiciera un trabajo previo en el negativo con
lentes y lupas, lápices de grafito a los que le hacia una punta de alfiler.
Ah, como me gustaba aquel trabajo, tal vez porque se acercaba a lo que
yo mas quería en el mundo, pintar. Supongo que con mi
llegada, mi maestro se encontraba más holgado en su trabajo. Era todo
un personaje. Inventor de sus caballetes grandes y amplios, que atrapaban al
cuadro por atrás con pernos cabeza de mariposas y rematados en punta. Esta se
asemejaba a una pinza como de un metro, que giraba en una balinera al centro,
lo que permitía que el cuadro también girara a la redonda. Para subirlo y
bajarlo y colocarlo a la altura adecuada, esta misma pinza,
rodaba sobre rieles con unas pequeñas balineras y que a la vez, estaba unida
a través de un cable que pasaba por una polea en la parte alta del
caballete, a una pesa cilíndrica de plomo de unas veinte pulgadas de
largo y cuatro de ancho. La silla era muy peculiar, hecha de varillas de
hierro enjuncada y con rodos en las patas. Además era una silla a la cual le
había unido con soldadura una especie de canasta, también de varillas
de hierro. Todo esto diseñado por el que ahora era mi maestro. Aquella silla,
contenía todo el arsenal de trabajo y con la facultad de arrastrarse donde
quisiera con todo y silla, mesa de trabajo y un grueso cuerpo. En cierta ocasión le
escuché decir a mi hija de once años "las mujeres a medida que crecen se
ponen más maduras, mientras que los hombres se vuelven verdes". Esto me
impresionó y me hizo mucha gracia como mi hija a su corta edad, pensara y
dijera todas esas cosas. Y era esto lo que sucedía con este señor
amante de la amistad de jovencitas vendedoras del flaquito y circular
bastimento a las que enamoraba mientras compraba sus productos. Por las
tardes, cuando el sol proyectaba la sombra de su estudio sobre la casa
de enfrente, él cruzaba la calle y se paraba en la acera, con gesto de
satisfacción, con las piernas separadas y la espalda ligeramente hacia atrás,
guardando muy bien el equilibrio. Con los brazos cruzados sobre su abultada
barriga, piropeaba a cuanta dama pasara por ahí, silbando como lo hiciera un
jilguero cada canción de Gardel, las que cantaba a todo pulmón mientras
trabajaba tratando de imitar el acento del zorzal criollo. Mi vida y el dibujo,
a pesar de tantas cosas que tenía que hacer, ir y venir nunca se
separaron, más se perfeccionaba, el trabajo en el retoque me
fortalecía, me daba ideas. Mis dibujos, mis retratos que antes eran
lineales, ahora sentían la necesidad del sombreado y era así como yo le
deseaba. Sentía que mi mano se deslizaba suavemente y aparecieron las formas
más complejas, pero intuitivamente, sabia que no era ahí donde tenía que
llegar. Comencé a probar los
colores en óleo. Era una experiencia nueva para mi y que aunque ya había
coloreado solo eran lápices o crayolas, el óleo era diferente, mágico,
me invitaba a usarlo y aunque a veces se me volvía rebelde, imposible, era
sólo debido a mi inexperiencia, a mi falta de conocimiento.
La escuela que había
estado olvidada por un tiempo, volvió a ser para mi motivo de mucha alegría,
mi mente se volvió a expandir tal como sucedió al principio, la cercanía de
los compañeros salvaba las momentos tristes aunque hubieran rivalidades. Pronto se comenzaron
a destacar mis dibujos entre mis compañeros y era motivo de orgullo. En la
escuela tenía mucho trabajo. Las pizarras en los pasillos las dejaban limpias
para que pintara con tizas de colores, algo alusivo a las madres, fiestas
patrias, purísimas, navidades, etc. Voy a recordar el
período 78-84. Han pasado unos años y ahora me veo en la ciudad de
Managua. Es solo un recuerdo aquel señor de vientre abultado, enamorado y
admirador de Gardel y al que su sobrina, tenía que preparar un batido
en la licuadora: jugo de piña, no se que más, con dos huevos de amor, lo que
llevaba era una mezcla alaste, la que bebía como desesperado de un solo
jalón y creo que sin respirar, con tal de tener fuerzas para responderles a
las chicas que metía en el estudio y que para poder satisfacer sus demandas,
me desalojaba de mi trabajo fotográfico con tal de quedarse a solas. Había seguido
practicando y para esto he necesitado a mi primo como modelo. Quería
demostrarle lo que podía hacer y por eso ni cortos ni perezosos fuimos a
comprar algunos materiales, con su dinero a una librería en Ciudad Jardín. Había venido a esta
ciudad, solo después que mis padres regresaron a su antiguo lugar de origen,
gracias a una tía fallecida de la cual heredaron una casa. Vivía con mi abuelo,
mientras estaba de paso, porque para estas fechas era como un nómada. Estaba
en su apogeo el asunto revolucionario, no lo entendía muy bien, o no era de
mi interés. Mi interés giraba alrededor de lo que siempre fue mi
obsesión. Cierto día mientras
trabajaba en el camión de mi abuelo como ayudante, nos contrataron para
llevar unos objetos que habían saqueado del centro comercial el punto.
Llenamos y partimos hacia donde habíamos venido, al Open tres. Que dicho sea
de paso, después del triunfo revolucionario, cuando pasó de "Open
3" a "Ciudad Sandino", elaboré la manta con la que
inauguró su nuevo nombre. Cuando íbamos por la carretera hacia León, en la
vuelta, por donde se divisa la laguna de Asososca, estaba un contingente de
guardias nacionales. Nos detuvieron e inmediatamente me bajaron, un
muchacho de mi edad, era un delincuente o un revolucionario. En ese tiempo la
edad era el delito. El guardia que tenia
enfrente, era chele y de ojos celestes, alto como aquellos árboles que me
daban vértigo y horror, me agarró la mano y la levantó, he hizo un ademán
como si fuera a besármela, inmediatamente se la arranqué, porque mi instinto
de conservación y mi intuición de macho no me lo permitía. Volvió a ver a
otro guardia que estaba a unos dos metros de distancia. Este era
chaparro, moreno, grueso y de lentes oscuros, con una expresión de
resentimiento que le volvía la cara de piedra. Este, le hizo una seña con el
dedo pulgar hacia abajo y con esta seña se me volvió a poner el cuerpo
como cuando pasaba por aquel frondoso bosque, sombrío, de pájaros lúgubres y
aullidos desconcertantes. El guardia volvió a
agarrar mi mano después de un rato y silencio tenebroso, que me hizo pensar
terriblemente, que podía acompañar a aquellos cuerpos que se revolvían
en un recodo accidentado de la cuesta del plomo entre las llamas, mientras
mis acompañantes estaban quietos, impávidos, como si fuesen figuras de
cartón. La llevó a su nariz, la que olfateo hasta el codo, además de mis
rodillas, no encontró nada de restos de pólvora y me soltó. Ya en el
camión en el que iban muchas personas, me sentía fuera de mi, un poco sordo
y sin apetito de hablar con nadie, con mi respiración a mil por uno, y
con todo aquel aire que llenaba mis pulmones, no era suficiente para oxigenar
mis neuronas. Volví a mi casa
después del triunfo revolucionario, después de fracasar varias veces en el
intento de entrar a la Escuela de Bellas Artes que casi siempre se
encontraba en huelga. La gente del lugar, mi antiguo San Pedro de Bulculmay,
me admiraban, y si algo deseaba me lo facilitaban. Creían que yo había
combatido, sólo porque no me habían visto en varios años. Era divertido. Volvía al terruño
que había caminado hacia muchos años, los amigos que antes eran mis
compañeros de la escuelita, ya no los reconocía. Yo, nuevo en el lugar, era
para ellos como un forastero que les llegaba a ocupar parte de su territorio.
Pero mi interés se centraba en mi carpeta bajo el brazo, la que albergaba
parte de mis últimos trabajos, algunos óleos y dibujos. Trazos a los que les
dedicaba el tiempo que me quedaba después de las labores de mozo, tiempo en el
cual verdaderamente trabajaba. Muchos de mis
trabajos habían perecido, bajo la inclemente percepción de gente que veían en
aquel pasatiempo, una gran pérdida, tanto de tiempo como de dinero. Dinero
que yo ganaba, no lo escatimaba, y con lo que compraba mis materiales. Dejaba en el lugar
donde vivía todas mis pertenencias, además de mi pequeño tesoro. Uno ve
aquellos trabajos como sus amigos con los que se consuela cuando la
agonía de sentirse solo te fatiga. Pero cierto día no pude consolarme con
ellos, no estaban, los busqué por todos lados, nada. Escuché que me los
habían echado a la basura. A alguien se le ocurrió que mis trabajos, producto
de las largas horas de esfuerzo e imaginación, que eran el producto físico de
tanta labor mental, eran y debían estar entre los deshechos. Al principio me
sentía mal, mas aquel gesto de mezquindad, sólo me sirvió para valorar a las
personas de mi entorno. Era muy confiado, en cualquier persona creía y me
guiaba por todo lo que oía y decían. Pero este hecho me ayudó a comprender
que no sólo habían quienes entendían y valoraban positivamente mi labor
artística, sino también gentes de espíritu enano, de visión no mas allá de
sus narices. Aquello, fue un golpe muy bajo y me dolió, pero solo para
volverme más fuerte. Todos los retratos
que elaboré, adquirieron muy buena calidad, muchos fueron en grafito debido a
la falta de pintura adecuada. No había donde escoger. Pintaba con lo que
podía, a veces con acuarela, combinándola con lápices de color o crayolas,
dejando los oscuros y sombras fuertes para el protagónico carboncillo. Cabe destacar que
hasta este momento no había visto pintar a nadie, por lo tanto no conocía a
ningún pintor, mi intuición y mi autocrítica que siempre ejercí sobre mi
trabajo, jugaron un papel muy importante para el desarrollo del mismo. Un
libro de arte tampoco lo había tenido y donde hasta ahora había dejado mi
juventud, no había tenido la oportunidad de visitar una biblioteca. Para estas
fechas, había ocurrido lo que podría llamarse "la reseción del
color", porque era sumamente difícil para mi conseguir pintura roja o
negra y no sabia como hacer. Entonces me dijo un señor, tío de mi novia en
ese entonces, que él me la podía conseguir. Viaje con él hasta
su lugar de trabajo, aproximadamente unos 50 kilómetros. Para poder sacarla
de aquel lugar, hubo que hacer malabares. En un saco macén rellenado
con maíz en grano, iba el tal tarro con pintura negra. Pasar por el lugar de
inspección era una agonía, de habérmelo detectado, hubiera pasado mis buenos
días conservándome en alguna celda.
Vertía la pintura de
aceite, de esa pintura rústica para paredes, sobre el boceto previamente
elaborado y en donde invertía gran parte de mi tiempo. Pienso que el
éxito de mi trabajo, se basó más en la especialidad y delicadeza del boceto,
más que en la propia pintura. Pintura que lograba no sin antes haber dado
ciertos matices oscuros, los más oscuros, también los más claros para después
comenzar a dar especies de veladuras. Esto sobre un soporte de madera, velaba
y velaba aquel trabajo, hasta conseguir lo que perseguía, después, lo dejaba
secar durante varios días, cuando la pintura aplicada no se percibía al
tacto, ya cuando no se siente pegajosa, entonces empezaba con otra técnica
sobre el mismo trabajo, encima de aquel que ya había elaborado, cortaba en
dos pedazos una gillette, con la que raspaba y raspaba la emulsión pintada,
hasta conseguir transparencias. O en otros casos, utilizaba una técnica
parecida a la plumilla, solo que aquí aplicaba una que llamaría de
sustracción y no de adición como la plumilla. A veces cuando
alguien me pide consejo para mejorar su trabajo, también le recomiendo la
técnica de adición. La de aplicar color, tomar el color con el pincel y
aplicarlo. Es decir, desarrollar la habilidad de poder agarrar el color (la
pasta) y lograr también dejarlo en la superficie de la obra, y no de
sustracción que sería de lamer y lamer con la escobilla del pincel la
superficie de la obra, como cuando uno está limpiando esa superficie y lo
único que se logra es ensuciar el color. A veces el ser
humano necesita estar solo para pensar, crear, para poner su mente en
orden, o simplemente para desarrollar la meditación, o sencillamente porque
ama la soledad. Para esto se eligen lugares apartados, lejos del mundanal
ruido. Yo escogí el mío en un río cercano a mi casa, de nombre Cuyalí, el
cual, según el lugar en donde iba pasando adoptaba su nombre Yo visitaba de
vez en cuando el río. Me sentaba en las piedras del centro a meditar, a oír
el jolgorio del agua y el regocijo de la corriente, la cual me transportaba a
otro mundo. Dentro del agua al alcance de la mano habían vetas de barro
con las que hacia figuras pequeñas, esculturas de animales o de alguna vaca
echada, la que era posible pudiera estar por ahí, sirviéndome de modelo. Después de
esto ya en mi casa de noche, porque era mi fascinación trabajar en la
soledad, en el silencio nocturno, y alumbrándome con hachones de pedazos de
ocotes extraídos de la madera de pino, ocupando dos o tres espejos comenzaba
mi trabajo, del que emergía un busto mío en el que era fácilmente
reconocible. Esto de hacer pequeñas esculturas de barro es algo innato en mi.
Ahora me gustaría tener tiempo para poder hacerlas, la pintura me absorbe
todo mi tiempo, siempre me di cuenta de mis habilidades para crear estas cosas.
Es decir, aun antes de hacerlas sabía que las podía realizar, por eso al
hacer el busto mío, mi yo de barro, sabía que no podía fracasar. Mi habilidad
no paró ahí, el material era lo de menos, barro, madera, cuero, con todos
elaboré múltiples objetos. Después de haberme
apasionado la fotografía, en la cual trabajé durante varios años llegando
incluso, a ser el responsable de los estudios fotográficos a mi corta edad,
gracias a que le imponía seriedad y responsabilidad a mi trabajo. En el campo
de la fotografía me destaqué, para mi no importa el trabajo, cualquiera que
sea en el que me encuentre, siempre le imprimo una gran dedicación. Después trabajé en
la sastrería, talvez por influencia de mi padre, por ser él sastre, pero además
por el asunto de la sobrevivencia. Logrando desarrollarme ampliamente
en un corto tiempo, porque pude hacer todo lo que significa la sastrería, tal
como pantalones, camisas, camisetas, chaquetas, sacos (levas), etc. En cuero hice bolsos
de todas las índoles y diseños, empastaduras de libros, como por ejemplo la
Biblia, a la cual le hice una pasta que se cerraba con un zíper, también
quepis, como los que usan los militares, elaborados en cuero de venado y de
variados colores. Obviamente de esto hace muchos años y ya no
tengo la misma práctica. En madera también
incursioné. La madera me apasionaba y aun lo hace. Con ella elaboré en mis
ratos libres, juguetes curiosos, carritos de madera, y hasta un rompecabezas,
con sus partes en macho y hembra de una sola pieza. Fue un rompecabezas
que tenía alrededor de 120 unidades para ensamblar. Bien, pero esto de
la soledad también me atacó por el lado negativo. La soledad me llevó a
escribir el siguiente poema que titule negativamente, talvez porque mi
carrera, mi obsesión por el arte se había estancado. El poema lo hice cuando
tuve la oportunidad de viajar a Cuba becado, a estudiar y desarrollarme
en lo que más amaba y que por falta de experiencia deje escapar. Soy una oscura sombra Noviembre del '82. Comencé a cobrar por
mi trabajo, sólo y después que muchas personas más audaces que yo en los
negocios, me convencieran, aunque a mi me costó muchísimo. Siempre que
realicé una obra me preguntaban cuanto costaba, la pensaba y para no
sentirme mal, pedía me dieran lo que quisieran. Nunca concebí en terminar una
obra pensando en agarrar el pago, para mi fue siempre motivo de orgullo ver
mis trabajos terminados. Aún lo es. Aunque ahora también pienso en el asunto
monetario, de algo tengo que vivir y agradezco a Dios el que me diera un
trabajo que amo y el que realizaría aun a riesgo de no vender ni uno sólo de mis
trabajos. Volví a Managua,
después de haber pintado un sin número de retratos en los que de alguna
manera me especialicé. Estos trabajos se convirtieron en mi escuela. Al
óleo, medio óleo, híbridos, con pintura de aceite, acrílica para paredes de casas,
combinando múltiples técnicas, -al carboncillo, grafito, lápices de color,
etc. Lo importante era trabajar. Aquí comencé a
trabajar en el paisaje. Aunque ya había trabajado en mucho paisaje, aun con
estos materiales rústicos, el nuevo material, la tinta de imprenta, no
represento mayor problema. Había llegado a
pintar paisajes invitado por una señora de nombre Maria Elsa Garay. Los hijos
de esta señora fueron, pioneros en el arte de negociar mis cuadros, tanto
aquí en Managua como en los departamentos y fuera de la frontera, en
Honduras. Tanto el traslado como el cambiar drásticamente de técnica como de
material y de tema, significó para mi un problema, pero con el
bagaje que tenía y acostumbrado a los retos, pronto se convirtió en mi mejor
aliado. Ahora sí pensaba en
cobrar, pues tenia que además de alimentarme a mi, a mi pequeño hijo, - 1° de
Octubre de 1984 - también a su madre, Nereydha Verónica Palacios. Ya conocía de oídas
a muchos pintores a los que querían mucho y respetaban. Conocí, como dije, de
oídas, a un Valencia muy bueno en su trabajo paisajístico. Un Santy que
muchos años después quiso imitar mi trabajo. Otoniel Aguilar -padre de un
buen amigo mío plumillista y amante del Güegüense. Con él tuve la oportunidad
de pintar lado a lado aunque no por mucho tiempo como habría deseado. El que
me enseñó el secreto de pintar estos cuadros que le llamábamos decorativos.
En mi trabajo del retrato había desarrollado una gran paciencia y trabajaba
meticulosamente, lo que hacia también en estos paisajes. Con Otoniel aprendí
y aunque fueron solo unas horas las que estuve cerca de él, me enseñó a
elaborarlos rápidamente, no había que sumirse en tanto problema, cuatro
manchas, dos o tres pinceladas, medio retoque y listo, el cuadro estaba
terminado. .El cuadro que antes necesitaba hasta dos días y que en base
al tiempo que me dilataba en mis antiguos trabajos era tiempo record, ahora
eran sólo horas, llegando a pintar hasta cuatro en un solo día. A León Frank del que
me hablaban mucho, lo conocí años mas tardes. Con él conocí a Napoleón
Martínez, gran pintor de bodegones, vivanderas de las mercados, paisajes y
barriadas y que al igual que León Frank, muy distinguido en su pintura,
polifacético y amante de lo moderno, de las técnicas. Con ellos me unió una
muy buena amistad y salíamos a mercadear nuestro trabajo. A Frank lo conocí
personalmente gracias a la amabilidad de otro buen pintor, el
matagalpino Norman Palacios y con quien compartía mis conocimientos
adquiridos hasta ese momento. Tiempo después tuve
la oportunidad de conocer a otro pintor de nombre Luis Manzanares y con el
que conservo muy buena amistad. Después de esto, conocí a otro grupo de
pintores recién egresados de la ENBA y que años más tarde los afiné en sus
conocimientos con los adquiridos en mi labor de tantos años. El conocer a esta
primera pléyade de pintores y ya destacados en el campo del arte y los
negocios, fue para mí como un nuevo despertar, porque aunque se tengan
conocimientos uno nunca lo sabe todo y con ellos comencé a ver desde
otra óptica mi pintura y los negocios. Aquélla obsesión de
antes no me había abandonado, muy por el contrario vivía como ermitaño en el
aposento de las casa donde moraba, pintando e investigando, teniendo
como base las criticas que sobre mi trabajo hacían, pintores con nombre y sin
él, así como de personas fuera del entorno pictórico. Comencé a trabajar
obsesivamente como desesperado, de día, de noche. Me molestaba que alguien me
interrumpiera, como queriendo ganarle en mi loca carrera al tiempo, pintaba y
pintaba. A la hora en que llegasen a visitar me encontraban frente a mi
caballete, el que conservo todavía. Tanto llego a obsesionarme mi trabajo que
no quería ni dormir, sentía que me atrasaba, no había cansancio que doblegase
mi ímpetu. Aquel fervor por pintar iba en aumento cada día, lo único que
deseaba era estar en contacto con el óleo como si lo acabase de descubrir,
todo por aminorar el tiempo de mi aprendizaje, algo que todavía conservo y
como con un juguete nuevo no quería cerrar los ojos para que no me lo
quitaran.
Al tiempo comencé a
sentir los efectos y aunque me rendía y mi cuerpo me pidiera descanso, no me
limitaba seguir en lo mío. Aunque durmiera porque mi cuerpo lo necesitaba y
para no hacerlo empecé a adquirir unas pastillas que le daban a los
guardafronteras y las que no recuerdo como llegaban a mis manos, para los
años 87-88. Con éstas lograba trabajar más tiempo sin dormir, al principio
todo lo veía bien, aquellas pastillas me ayudaban de cierta manera a
mantenerme despierto. Pero tiempo después tuve que abandonarlas gracias
a que ya no me servían. Llegué a ingerir hasta cuatro unidades y no había
forma de mantener mis ojos alerta. Entonces, opté por cambiar de ritmo y me
vi obligado a bajar el gas para poder seguir consciente. Pero aunque abandoné
esta práctica mi cuerpo quedó seriamente lesionado y no tardé en caer
seriamente enfermo. En ese momento estaban frescas las elecciones del '90 y
estábamos estrenando a una mujer como presidente. Cierto día
como de costumbre, me levanté muy de mañana, siempre lo he practicado, no
puedo estar acostado en una cama para cuando el sol sale, siempre fue una necesidad
en mi y tengo que estar de pie antes que cualquiera. Miré por la ventana
hacia la calle y sentí que algo en mi visión no era normal, de cerca todo
bien, de largo era el problema. Más tarde, empecé a perder el control de mi
ojo izquierdo, al punto que se me paralizó con la pupila metida en el extremo
derecho del mismo ojo. Aquello fue terrible, sin ver bien, ya no podría
pintar. Mi cabeza que en cualquier momento estallaba. Estaba perdiendo la
coordinación de mis movimientos porque toda la parte derecha de mi cuerpo se
había dormido. No hallaba que hacer, sólo pensaba en mi mujer y mis hijos,
los que ya sumaban cuatro incluyendo a mi ultima hija de unos cuatro meses. Lo que antes había
ido bien ahora descendía. Entonces llamé a mi buen amigo el oculista
Doctor Humberto Castrillo Martínez, quien para poderme atender abandonó parte
de sus ocupaciones. Tiempo atrás, el Doctor Castrillo había comprado algunos
de mis cuadros. El me ayudó a salir de aquel atolladero. Compré lo que
él me recetó, me internó en el Lenin Fonseca donde me realizaron una
arteriografía y junto a las oraciones de mis padres y amigos, salí de aquel
quejumbroso sombrío y tenebroso bosque. Volví en unos
cuantos meses a estar listo, con mi frente otra vez erguida y con mi disposición
al cien por ciento. Después de esto, mi pintura adquirió un nuevo espíritu,
una nueva personalidad y la meta que siempre me tracé aun cuando apenas
elaboraba dibujos boceteados, fue siempre llevarla al más alto nivel. Empecé a investigar la
luz - vi en todos los trabajos de mis compañeros amigos pintores, que aunque
eran verdaderas tesis de color, contraste, fuerza, etc, no tenían aquel algo
que me calaba y que necesitaba conocer. Mi pintura estaba en pañales, me
aquejaba el no poder resolver ciertos aspectos, pero con mi insistencia,
perseverancia y disciplina resolví. El paisaje que siempre estaba en mi
memoria lo quería cambiar, hacerlo mío y que la gente dijera después del
estudio exhaustivo de los diferentes estados de la luz : " el paisaje de
Mauricio, la luz de Mauricio". No sabia como
hacerlo al principio, siempre comencé todo a partir de nada, sólo con mis
uñas, mi mente positiva, mi espíritu de superación y de batalla que siempre
me acompañó. El que aunque estuviera cansado no me permitía soltar el pincel
y dejar de lado el lienzo sólo porque no encontraba aquel color, aquella
forma, aquel estado de luz que perseguía. Pronto comenzó a germinar. Lo que
antes era solo una vaga idea se entalló en su propia personalidad y hela ahí,
agradezco su compañía hasta hoy. El aspecto de la luz
es muy complejo, un estado de luz principal tiene su contraparte o contra luz
principal. Estas derivan en una serie infinita de luces de mayor a menor, o
de la misma calidad, y las que dan origen al color. Este a su vez se
desprende en pequeños estados de color y dan a la obra terminada una
poliluminicencia, una policromía exquisita, porque básicamente la obra es
eso, luz, color o luz y color. He ahí el objeto de mi pintura. La
tridimencionalidad era otro problema para mi, no solamente querer hacer ver
la distancia con sólo reducir las formas de tamaño, sino hacerlas sentir y
que de verdad había un espacio con toda la fuerza física que implica. Los valores tonales,
la fuerza de la pincelada, el empaste, no sólo como lo hacían nuestros grandes
maestros de la antigüedad. El color fuerte, la pincelada, el empaste
grueso para los primeros planos y lo lamidito y velado para los fondos y
planos en lejanía. Si no, que se puede hacer todo esto y demostrar que con
una superficie pastosa hacer que todos los planos queden en su debida
distancia. El color es el de todo y no la superficie y se puede lograr con
buenos empastes de fondo como de protagonismo en primer plano, cuidando
siempre el valor tonal. Han sido mis métodos adquiridos en la práctica
durante todos estos años, los que me han ayudado siempre, unido a mi
análisis lógico de las cosas logro salir de mis enredos. Mas la observación
directa de la naturaleza, el estar en contacto con ella, son fuente y
material para que nuestra mente enriquezca nuestro trabajo. Es lo que siempre
recomendé tanto a mi hermano, al que introduje en el campo de la pintura,
hace ya mucho tiempo, como a todos aquellos se me han acercado pidiéndome un
consejo para mejorar su labor artística, logrando siempre llenar sus
inquietudes. En 1996, y para los
últimos meses del año, realicé mi primera exposición personal. Fue una
experiencia única. Siempre he sido muy nervioso y a la vez demasiado exigente
conmigo mismo. Las cosas siempre tienen que ser impecables, limpias, y pinté
cada cuadro con especial cariño. Los nocturnos, el muro con trinitarias, los
atardeceres, etc. Siempre escogí aquel momento apacible, cuando las luces del
día se dan cita o cuando una releva a la otra, cuando se desaperciben, se
transparentan en sus colores casi imperceptibles y como gemas nacidas de la
atmósfera, las atrapo con mi pincel humedecido y las enjaulo en el iris de mi
lienzo. Hacer que ese momento me fuera personal, aquella que se identificara
conmigo, tanto los paisajes bodegones o retratos necesitaban que mi mano
guiara aquel pincel a escoger el color apropiado, más cercano y hacer de la
naturaleza una nueva creación. La luz del atardecer
o la noche misma donde el toque cálido de un color lumínico y
resplandeciente, en medio de tonalidades grises y oscuras fuese para mi
motivo de inspiración. Los atardeceres nos regalan múltiples momentos de
delirante regocijo lumínico-colorista, que han servido de plataforma para
poder expresar aquello que talvez, me seria difícil decir con palabras.
Mi trabajo todos
estos años se ha centrado en pintar el paisaje nicaragüense, me gusta
muchísimo y creo que es un verdadero reto. Si uno quiere aprender a pintar
debe hacerlo pintando paisaje. El te enseñara todo lo que debes aprender.
Porque a diferencia de algunas personas que ven en el paisaje una pérdida de
tiempo, creo que se debe simplemente a que no pueden hacerlo. Ya que algunas
personas me han dicho que pinto fotografías, particularmente creo que no ven
exactamente el fondo del asunto y que no se trata meramente de pintar el
paisaje y recogerlo fotográficamente. Creo además mi deber dejar constancia
del paisaje nicaragüense. |