EL NIÑO QUE QUERIA PINTAR AL MUNDO:

MAURICIO RIZO.

(Semblanza autobiográfica)

 

1963. Amaneció el día común y corriente, la gente como siempre salió a hacer sus deberes, todo pareció normal hasta que mi mamá, Ana María, comenzó a sentir unos dolores de estómago, amenazaba con tomarse un purgante, pensando que la cena del día anterior le había caído mal, pero no ¡Eureka! ¡Era yo!... Un 13 de Febrero, me tocó el mes más pequeño del año, no se la hora y aunque ya estaba presente aun no tenía conciencia. Vi por primera vez la luz.


Pasaron algunos años y como todo niño, viví mis días entre jueguitos, sueños, ilusiones y problemas que a esa edad se dan. Poseo vagos recuerdos de haber construido alguna cosa con la que desempeñé mis juegos .

 

Entre 1967 ó 1968  como todo niño tuve que ingresar a una escuelita. El tener por primera vez un lápiz y un cuaderno, fue para mi una cosa maravillosa. Tanto la fragancia como el enfrentarme a la superficie inmaculada del papel, volvían loco mi corazón. Recuerdo que cada vez que me daban un lápiz de grafito nuevo, de color amarillo lo olía incesantemente...¡Qué experiencia!

 

 

Cierto día el profesor, Carlos Chavarría Zeas, hijo de un hacendado del lugar, tal vez para mantenernos ocupados, porque tenía que bregar con niños de diferentes edades, tenia que ingeniárselas para controlar tanto inquieto infante de diferentes grados de primaria, nos puso a dibujar, palabra nueva para mi, me fascinaba, me parecía muy bonita. El profesor Chavarría, realizó un concurso, donde premió el esfuerzo de todos, pero como mi destino estaba trazado y con toda la modestia del mundo, mi dibujo fue el mejor.

 

Después de esto, mi vida no tuvo par, porque bastó saber que mi dibujo se hubiese destacado, para no dejar escapar espacio vacío en mi cuaderno, que lo habitaban mis dibujos. Lamentablemente el cuaderno y todos los que posteriormente me daban, se terminaban. Porqué se terminan las cosas.  Mis cuadernos, mis lápices todo. Mi maestro me suplía con algunas hojas limpias, de ese papel de envolver, papel de empaque, que para mi no importaba, todo lo encontraba maravilloso.

 

Mis padres se enojaban porque "no aprovechaba" el material escolar, que ellos me proporcionaban, para que desarrollara mis tareas. Ellos eran de escasos recursos y fácilmente entendible,  por qué ellos se enojaban. Además, eso no era limitante para desarrollarme en mi loca  desesperación, mi obsesión por representar todo lo que veía a mi alrededor.

 

Mi infancia se desarrolló en un lugar,  un tal San Pedro de Buculmay, distante de la cuidad Jinotega a  unos 22 kilómetros y como todo lugar alejado un poco de la civilización. ¡No había luz eléctrica!. La gente tenía que salvar grandes distancias a pie, tanto para asistir a su trabajo, como ir en busca de su alimentación. Son largas jornadas para medio alimentarse y por la noche alumbrarse con hachones y cocinar con lo que ahora llamaríamos "La tropileña". En todas las casas había una y la mía no era la excepción, de esta después de las tareas de cocina, salían unos trozos negros, residuo de lo quemado, carbón, material precioso para mi. Con ellos seguía elaborando mis trazos infantiles.

 

De nuevo no había espacio en mi casa de habitación, suelo, paredes, muebles -escasos y rústicos- que no aprovechara para expresarme. Tal vez en la mente de las personas que me veían, pasó más de una  vez la idea de que yo tuviera algún problema mental, esquizofrenia, locura, que se yo. Porque es realmente preocupante ver a un niño que no se detiene ante nada, que no valen regaños, que no sirve que le quiten lo poco que le dan, (cuadernos, lápices) con tal de ver si así deja de lado toda esa obsesión que lo aqueja.

 

Ahora que recuerdo todas estas cosas, me conmuevo, porque si, porque son cosas que la vida da, vienen ahí, bajo la tapa cuando la descorchas.

 

Recuerdo la escuelita, así llamábamos al lugar donde nos daban el pan de la enseñanza, una casa que habían prestado  para ese fin y que aun tengo presente su olor a moho, sus paredes de tablas  en antaño pintadas, rústicas y  polvorientas y habitadas por arañas. Recuerdo un piso que nos ponía al tanto que había sido enladrillado, aunque le faltaron un buen porcentaje de ladrillos y los que había, estaban por desaparecer.

 

Algunos compañeritos querían imitarme en mi desempeño dibujístico. Lo intentaban pero pronto los aplastaba la decepción del no poder y rápido  se rendían y olvidaban.

 

En mi infancia siempre tuve una mente positiva para enfrentar la vida alegremente. Además de mi labor artística, tenia que hacer como contraparte  las tareas de la casa  y debía ayudar a mi madre a buscar lo que llenara la barriga. Bueno, siempre había barriga llena, aunque no sólo de pan, sino de alguna que otra lombriz, pero con el corazón contento.

 

Mi madre preparaba buen pan en el horno que se encontraba dentro de la cocina. Nosotros le ayudábamos en lo que podíamos. Mi madre, Ana María Centeno, de origen jinotegano, hija de una familia habitante de uno de esos valles de este departamento muy rico en cafetales y agricultura. Mi madre, cuando no estaba amasando el maíz y la cuajada para hacer las rosquillas, estaba pedaleando una máquina de coser marca Singer, -la que todavía conserva-  con la que vistió a casi toda la gente de aquel valle y sus alrededores.

 

Incansable trabajadora, estaba unida en matrimonio sin papeles, aunque mucho tiempo después se arreglaran, a mi padre; Juan Bautista Rizo Rizo. Dos veces Rizo, por que cuentan que nuestros ancestros no permitían el casamiento que no fuera dentro de la misma tribu. Si una  de nuestras mujeres, era enamorada por algún truhán de otra familia con otro apellido, después de ser emboscada en el río, cuando salían a bañarse, el susodicho,  era como que firmara su sentencia de muerte.  O para que mejor se entienda le hacían corte de chaleco y no volvía a probar frijoles.

 

Mi padre era un hombre de oficio sastre y con unos nervios de acero. El, se internaba sólo durante  la noche en la montaña, donde no se veía ni la palma de la mano. Lugares que sólo podían ser habitados por ánimas y espantos en penitencia. De esa noche en la montaña, mi padre salía siempre con un venado a cuestas,  después de haberlo cazado con su escopeta.

 

De mi madre no recuerdo mucho a sus familiares, porque cuando llegué a tener conciencia de mi vida y de las cosas y personas que me rodeaban, ya había desaparecido gentes muy queridos por ella  y pasado a la historia.

 

Con la familia de mi padre, manteníamos más comunicación, gracias a la cercanía en que vivían y logré conocer  más  familiares de él.  Para este entonces ya contaba  con dos hermanos mayores que yo, Edwin Javier el primero e Ivis del Carmen la segunda. Parece que me persigue el número "tres". Nací en el 63, el 13 de febrero, soy el tercer hijo y antes que tres hermanos. Después de mi venían Elizabeth, David y Elvia. Esta última aún habitante del susodicho San Pedro de Buculmay, ahora llamado Venecia. Pero no la Venecia Italiana con sus caudalosos canales gondoleros, de Venecia sólo el nombre, ya que  este lugar fresco y montañoso en antaño, lluvioso casi todo el año,  lo que menos tiene hoy es agua, gracias al avance indiscriminado de la depredación, la frontera agrícola y la contaminación de que son objeto las pocas fuentes de agua que aun quedan.

 

Durante los años 71, 72 y 73  me tocó vencer largas jornadas al lado de mi madre. Caminando por senderos casi intransitables, montaña adentro, vendiendo artículos, ropa, cosas de cocina. Dormíamos en las afueras de las casas  por ser nosotros gente desconocida en aquellos lugares y pasábamos la noche sólo en compañía del ulular de los monos congos, el chirrear de los grillos, el frío, y el ronquido resoplón de algún cerdo muy cerca de nosotros, para poder llevar algo que poner encima de la deteriorada mesa que nos servía de comedor.

 

Los niños en las haciendas desde que empiezan a caminar aprenden a trabajar y aunque cuenten unos pocos años, andan sus billetes en las bolsas producto del trabajo en los cafetales. 

 

Recuerdo que yo fabricaba juguetes de madera, con ruedas de hule sacadas de la chinelas que encontraba por los caminos. Cuando vendía al lado de mi madre, las lavaba y limpiaba bien. Todo esto de manera clandestina, por que si se daba  cuenta mi mamá, ni pensarlo. Pero al ver aquellos niños en estos lugares, sin condiciones, sin la diversión necesaria para el desarrollo de una niñez feliz, yo les vendía juguetes, y ellos eran felices aunque mi propósito también era ganarme  algunos pesos.


 

“Era amigo de cada piedra, de cada maleza encontrada y ahí en mi nuevo escenario recordaba, cuando mi madre me mandaba a cobrar el dinero de las prendas que dejaba para el día de pago en las haciendas”

 

Cuando tenía doce años tuvimos que emigrar de ese lugar, empacar nuestra pocas pertenencias y emprender el éxodo hacia Estelí. Ciudad para nosotros desconocida. Íbamos a empezar de menos que cero, sin gente conocida, sin trabajo, a alquilar un lugar paupérrimo para vivir, no digo casa. Algo nuevo para todos nosotros y para mi entender no teníamos por que andar en esto. Tal vez no comprendía la situación, no se lo que pasaba por las mentes de mi padre y madre, tampoco lo que pasaría por la mente de mi abuelo y su decisión de quitarnos la casa donde habíamos vivido mucho tiempo.

 

Fue terrible la adaptación, pero como el tiempo es la mejor medicina, él lo cura todo. Empecé a recorrer la ciudad y en una de mis tantas salidas, me encontré con un sitio donde pintaba un señor de unos sesenta años, barrigón, achelado, que cuando se enfadaba se enrojecía como un tomate y usaba un bigote  empuntado al estilo de Salvador Dalí.

 

Llegaba diario a observarlo pintar desde la calle, un poco detrás de la ventana. Lo observaba pintar aquel retrato, un poco gigante en blanco y negro, a veces con un poco de color como cuando las mujeres se retocan las mejillas. Uno de tantos días me descubrió detrás de la ventana y me dijo: "Veo que te gusta mi trabajo por que te he estado observando desde hace días; eso me gusta muchacho". Platicamos algunas cosas de mi familia y después me fui.

 

Pasaron los días y yo le pedí a mis padres fueran a hablar con él,  para que me enseñara a pintar, lo que no querían al principio pero que logre con mi insistencia.  Fuimos donde él. El lugar era un estudio fotográfico que en la parte frontal del edificio, en la parte alta del muro y sólo después de la marquesina, se leía Poster Kasty.

 

El me dijo,  después de enseñarle una carpeta de dibujos que eran parte de mi producción de muchos años, pero que no almacenaba toda ya que muchos no existían: Dibujas bien, me dijo, pero yo no te puedo enseñar a pintar porque no soy pintor, lo que hago es retocar los retratos que reproduzco de fotos antiguas, viejas y desechas, rotas y arañadas, para luego ampliarlas y posteriormente retocarlas, hasta dejarlas como recién tomadas, que es lo que estás viendo en este trabajo, si te interesa, te puedo enseñar". 

 

No lo dude e  inmediatamente le dije que si.  Y al día  siguiente estaba ahí muy de mañana. Ese día el miedo me invadió, nunca en mi vida había llegado  hasta ese punto. Había caminado bastante, pero no con la responsabilidad de ahora, pero además me daba alegría, una mezcla que no podía descifrar. Estaba a un paso de lo que siempre soñé, cuando chico y que no se porque me dije siempre para mi, (audible solo para mi adentro) y dado que mis entrañas no se burlarían de lo que decía a tan corta edad, lo pensaba: "Voy a ser un pintor". No sabía cómo , ni qué era lo que hacía un pintor, pero lo pensaba. 

 

Atrás habían quedado todos aquellos lugares que de alguna u otra manera  habían marcado mi vida. Aquellos caminos pedregosos y polvorientos, que tantas veces recorrí de ida y vuelta a la escuela y donde  mis pies pequeños muchas veces ya cansados y adoloridos tropezaban. Era  amigo de cada piedra, de cada maleza encontrada y ahí en mi nuevo escenario recordaba, cuando mi madre me mandaba a cobrar el dinero de las prendas que dejaba para el día de pago en las haciendas, me subía a aquella vieja camioneta Toyota de diesel color verde y  a la que habían adaptado techo y asientos de madera para adecuarla al transporte de personas. 

 

Era pequeño y me trasladaba montaña adentro, el vehículo, accionado su motor,  desprendía su olor a combustible, -oh y que grato era al olfato, no sabía el mal que causaba- ronroneaba sobre aquel camino entre los árboles, subía y bajaba las colinas, meciéndonos como queriendo despegarnos de los asientos. Era como si fuésemos montando un toro. Viajaba al lugar el cual ya conocía, como los ojos bien abiertos, absorto, no miraba la gente que viajaba conmigo, por ir contando las subidas, las bajadas, las charcas, siempre pendiente, de que apareciera de repente, después de aquella vuelta el tal lugar al cual iba, mientras mi respiración se aceleraba. 

 

No conocía nada más, sólo donde  me subía a la camioneta y donde me bajaban. Un lugar donde tantas veces había llegado con mi mama y que al recordarla me invadía la nostalgia. Después de esto, mi travesía era a pie o a golpe de calcetín, como diríamos popularmente. Empezaba mi camino, solo, después de quedar con el ayudante del vehículo al cual mi madre me recomendaba  como y cuando la abordaría al regreso. No lo niego, fui rodeado de personas que sin saberlo me cuidaban, aunque pasara largas horas a solas, por caminos que hoy en día a mi edad, adulta, como estoy, no me atrevería a cruzar. 

 

En esos lugares, mis pies se volvían como  de plomo, respiraba muy hondo, miraba para atrás, y  a todos lados. Cualquier persona que me hubiese visto se habría reído de mi  y diría "ese chavalo se va ca.." temblando de miedo. Me reservo el derecho de la otra palabra, pero  literalmente así era. Sólo de pensar por donde pasé hoy me digo, únicamente loco lo haría. 


 

Mauricio Rizo junto al gran muralista Vlady en su estudio en Cuernavaca, México.

 

Árboles gigantescos a los que me tocaba cabalgar sus raíces, para poder pasar. Otros tenían como aletas que se unían a su talle más arriba, bejucos grandes. Cantos de pájaros lúgubres, aullidos de algún animal escondido. El aspaviento de otros entre las hojas al advertir mi presencia me sobresaltaban. El pecho sentía que se iba a abrir  por mi loco tamborilero incesante percutor galopante. Mis orejas las sentía como de un metro, adormecidas. 

 

El solo hecho de pensar el regreso por aquella jungla, me daba vértigo y horror y se me escapaba un alarido que se enmudecía en mi garganta seca. Por la altura de aquellos árboles, que parecían  se me venían encima. El sol era difícil verlo en sus raíces. Sentía el cuerpo inflamado y adormecido. ¿Cómo se le llamaría a esto, miedo, o es algo más?. 

Mi travesía por aquel lugar se hacia con una rapidez de ladrón. Me sentía como un delincuente que se había robado algo. Casi percibía que alguna rama me tocaba por la espalda,  la que arqueaba y sentía escalofríos al pensar, que el árbol me dijera que le dejara  lo que le había robado, la paz interrumpida. 

 

Mi vista fija en el claro al final me tranquilizaba.  Al salir volvía a respirar muy hondo, al ver la llanura, al sentir el aire  y ver las casas a lo lejos. Que felicidad, me hacia olvidar todo lo que haba pasado y que de hecho no quería recordar. Ya para la tarde o para  el otro día, porque a veces pernoctaba en estos lugares, sentado en una piedra esperando, el regreso del vehículo que me llevaría a mi casa, pensaba en mi suplicio, en  aquel calvario que me había tocado vivir y ahí sentado descansaba como si hubiera trabajado en una larga jornada, por el agotamiento que me producía aquella travesía. 

 

Ahora en este lugar, donde no había más cantos lúgubres,  ni aullidos y que aunque sentía temor ya no era aquella sensación que partía mi ser. Ahí eran el bullicio de la gente, las bocinas de los autos, risas, gritos, los anuncios de las películas por la tarde por los carros parlantes y alguna discusión matizada por el pregón de la tortillera, que con su chillido más bien parecía un insulto. 

 

El día pasaba se hacía más robusto. Mientras mi estomago me reclamaba al advertir a través de mi olfato, todo un sin número de fragancias culinarias de la casa vecina. Aquello era una tortura  y se oía como una orquesta el cazueleo, el picar de la cebolla y las legumbres, las frituras de los peces en su aceite y escuchar trozos de alguna canción en la voz de la cocinera. El lugar era una comidería, que no cerraba de día ni de noche, por eso su nombre de "El amanesquero", aunque muchos le llamaban el mosquero. Claro era mas fácil el vocablo y donde varias veces mi hermano invitado por mi, tuvo que empeñar su reloj al no tener yo con que pagar la cuenta. 

 

Primero, me dijo aquel hombre barrigón y de bigotes a la manera daliana, aprenderás a sacar fotos  para que después las podás retocar. Creo que un niño es como el cemento fresco, todo lo que se quiera grabar en el es más fácil que con un adulto y más aun cuando se va hambriento por saber. 

 

Aprendí en menos de lo que me había propuesto y creo que mi maestro se debe haber sorprendido, estaba ansioso y como una esponja le capté todo. Aprendí todo lo que había que aprender en aquel sitio.


 

“Cuando íbamos por la carretera hacia León, en la vuelta, por donde se divisa la laguna de Asososca, estaba un contingente de guardias nacionales. Nos detuvieron e inmediatamente me bajaron,  un muchacho de mi edad, era un delincuente o un revolucionario. En ese tiempo la edad era el delito”.

 

El revelado de la fotografía me resultaba interesante. Ver como aparecían las imágenes en el papel como fantasmas, en aquella luz  rojiza, para que el papel no se dañara.  Era toda una aventura aquel proceso, desde que tomaba la fotografía, se sacaba el negativo, después se trasladaba al papel. Pero lo que más me apasionaba era retocar aquellas fotos. Donde habían desde pequeños hasta formatos del tamaño de una hoja de plywood. Era impresionante trabajar aquellas superficies, frotar el óleo, raspar, volver a frotar, difuminar.  Aunque se hiciera un trabajo previo en el negativo con lentes y lupas, lápices de grafito a los que le hacia una punta de alfiler. Ah, como me gustaba aquel trabajo, tal vez porque se acercaba a lo  que yo mas quería en el mundo, pintar.

 

Supongo que con mi llegada, mi maestro se encontraba  más holgado en su trabajo. Era todo un personaje. Inventor de sus caballetes grandes y amplios, que atrapaban al cuadro por atrás con pernos cabeza de mariposas y rematados en punta. Esta se asemejaba a una pinza como de un metro, que giraba en una balinera al centro, lo que permitía que el cuadro también girara a la redonda. Para subirlo y bajarlo  y colocarlo a la altura adecuada, esta misma  pinza, rodaba sobre rieles con unas pequeñas balineras y que a la vez, estaba unida a través de un cable que  pasaba por una polea en la parte alta del caballete, a una pesa cilíndrica de plomo de unas  veinte pulgadas de largo y cuatro de ancho. La silla era muy peculiar, hecha de varillas de hierro enjuncada y con rodos en las patas. Además era una silla a la cual le había unido con soldadura una  especie de canasta, también de varillas de hierro. Todo esto diseñado por el que ahora era mi maestro. Aquella silla, contenía todo el arsenal de trabajo y con la facultad de arrastrarse donde quisiera con todo y silla, mesa de trabajo y un grueso cuerpo. 

 

En cierta ocasión le escuché decir a mi hija de once años "las mujeres a medida que crecen se ponen más maduras, mientras que los hombres se vuelven verdes". Esto me impresionó y me hizo mucha gracia como mi hija a su corta edad, pensara y dijera todas esas cosas. Y era  esto lo que sucedía con este señor amante de la amistad de jovencitas vendedoras del flaquito y circular bastimento  a las que enamoraba mientras compraba sus productos. 

 

Por las tardes,  cuando el sol proyectaba la sombra de su estudio sobre la casa de enfrente, él cruzaba la calle y se paraba en la acera, con gesto de satisfacción, con las piernas separadas y la espalda ligeramente hacia atrás, guardando muy bien el equilibrio. Con los brazos cruzados sobre su abultada barriga, piropeaba a cuanta dama pasara por ahí, silbando como lo hiciera un jilguero cada canción de Gardel, las que cantaba a todo pulmón mientras trabajaba tratando de imitar el acento del zorzal criollo. 

 

Mi vida y el dibujo, a pesar de  tantas cosas que tenía que hacer, ir y venir nunca se separaron, más  se perfeccionaba, el trabajo en el retoque me fortalecía, me daba ideas. Mis dibujos, mis retratos que antes eran lineales,  ahora sentían la necesidad del sombreado y era así como yo le deseaba. Sentía que mi mano se deslizaba suavemente y aparecieron las formas más complejas, pero intuitivamente, sabia que no era ahí donde tenía que llegar. 

 

Comencé a probar los colores en óleo. Era una experiencia nueva para mi y que aunque ya había coloreado  solo eran lápices o crayolas, el óleo era diferente, mágico, me invitaba a usarlo y aunque a veces se me volvía rebelde, imposible, era sólo debido a mi inexperiencia, a mi falta de conocimiento.



 

La escuela que había estado olvidada por un tiempo, volvió a ser para mi motivo de mucha alegría, mi mente se volvió a expandir tal como sucedió al principio, la cercanía de los compañeros salvaba las momentos tristes aunque hubieran rivalidades. 

 

Pronto se comenzaron a destacar mis dibujos entre mis compañeros y era motivo de orgullo. En la escuela tenía mucho trabajo. Las pizarras en los pasillos las dejaban limpias para que pintara con tizas de colores, algo alusivo a las madres, fiestas patrias, purísimas, navidades, etc. 

 

Voy a recordar el período 78-84. Han pasado  unos años y ahora me veo en la ciudad de Managua. Es solo un recuerdo aquel señor de vientre abultado, enamorado y admirador de Gardel y al que su sobrina,  tenía que preparar un batido en la licuadora: jugo de piña, no se que más, con dos huevos de amor, lo que llevaba era una mezcla alaste,  la que bebía como desesperado de un solo jalón y creo que sin respirar, con tal de tener fuerzas para responderles a las chicas que metía en el estudio y que para poder satisfacer sus demandas, me desalojaba de mi trabajo fotográfico con tal de quedarse a solas.

 

Había seguido practicando y para esto he necesitado a mi primo como modelo. Quería demostrarle lo que podía hacer y por eso ni cortos ni perezosos fuimos a comprar algunos materiales, con su dinero a una librería en Ciudad Jardín. 

 

Había venido a esta ciudad, solo después que mis padres regresaron a su antiguo lugar de origen, gracias a una tía fallecida de la cual heredaron una casa. 

 

Vivía con mi abuelo, mientras estaba de paso, porque para estas fechas era como un nómada. Estaba en su apogeo el asunto revolucionario, no lo entendía muy bien, o no era de mi interés. Mi interés giraba alrededor de lo que siempre fue  mi obsesión. 

 

Cierto día mientras trabajaba en el camión de mi abuelo como ayudante, nos contrataron para llevar unos  objetos que habían saqueado del centro comercial el punto. Llenamos y partimos hacia donde habíamos venido, al Open tres. Que dicho sea de paso, después del triunfo revolucionario, cuando pasó de "Open 3" a "Ciudad Sandino", elaboré la manta con la que  inauguró su nuevo nombre. Cuando íbamos por la carretera hacia León, en la vuelta, por donde se divisa la laguna de Asososca, estaba un contingente de guardias nacionales. Nos detuvieron e inmediatamente me bajaron,  un muchacho de mi edad, era un delincuente o un revolucionario. En ese tiempo la edad era el delito. 

 

El guardia que tenia enfrente, era chele y de ojos celestes, alto como aquellos árboles que me daban vértigo y horror, me agarró la mano y la levantó, he hizo un ademán como si fuera a besármela, inmediatamente se la arranqué, porque mi instinto de conservación y mi intuición de macho no me lo permitía. Volvió a ver a otro guardia  que estaba a unos dos metros de distancia. Este era chaparro, moreno, grueso y de lentes oscuros, con una expresión de resentimiento que le volvía la cara de piedra. Este, le hizo una seña con el dedo pulgar hacia abajo  y con esta seña se me volvió a poner el cuerpo como cuando pasaba por aquel frondoso bosque, sombrío, de pájaros lúgubres y aullidos desconcertantes. 

 

El guardia volvió a agarrar mi mano después de un rato y silencio tenebroso, que me hizo pensar terriblemente,  que podía acompañar a aquellos cuerpos que se revolvían en un recodo accidentado de la cuesta del plomo entre las llamas, mientras mis acompañantes estaban quietos, impávidos, como si fuesen figuras de cartón. La llevó a su nariz, la que olfateo hasta el codo, además de mis rodillas, no encontró nada de restos de pólvora y me soltó. 

 

Ya en el camión  en el que iban muchas personas, me sentía fuera de mi, un poco sordo y sin apetito de hablar con nadie, con mi respiración a mil por uno, y  con todo aquel aire que llenaba mis pulmones, no era suficiente para oxigenar mis neuronas. 

 

Volví a mi casa después del triunfo revolucionario, después de fracasar varias veces en el intento de  entrar a la Escuela de Bellas Artes que casi siempre se encontraba en huelga. La gente del lugar, mi antiguo San Pedro de Bulculmay, me admiraban, y si algo deseaba me lo facilitaban. Creían que yo había combatido, sólo porque no me habían visto en varios años. Era divertido. 

 

Volvía al terruño que había caminado hacia muchos años, los amigos que antes eran mis compañeros de la escuelita, ya no los reconocía. Yo, nuevo en el lugar, era para ellos como un forastero que les llegaba a ocupar parte de su territorio. Pero mi interés se centraba en mi carpeta bajo el brazo, la que albergaba parte de mis últimos trabajos, algunos óleos y dibujos. Trazos a los que les dedicaba el tiempo que me quedaba después de las labores de mozo, tiempo en el cual verdaderamente trabajaba. 

 

Muchos de mis trabajos habían perecido, bajo la inclemente percepción de gente que veían en aquel pasatiempo, una gran pérdida, tanto de tiempo como de dinero. Dinero que yo ganaba, no lo escatimaba, y con lo que  compraba mis materiales. 

 

Dejaba en el lugar donde vivía todas mis pertenencias, además de mi pequeño tesoro. Uno ve  aquellos trabajos como sus amigos con los que se  consuela cuando la agonía de sentirse solo te fatiga. Pero cierto día no pude consolarme con ellos, no estaban, los busqué por todos lados, nada. Escuché que me los habían echado a la basura. A alguien se le ocurrió que mis trabajos, producto de las largas horas de esfuerzo e imaginación, que eran el producto físico de tanta labor mental, eran y debían estar entre los deshechos. Al principio me sentía mal, mas aquel gesto de mezquindad, sólo me sirvió para valorar a las personas de mi entorno. Era muy confiado, en cualquier persona creía y me guiaba por todo lo que oía y decían. Pero este hecho me ayudó a comprender que no sólo habían quienes entendían y valoraban positivamente mi labor artística, sino también gentes de espíritu enano, de visión no mas allá de sus narices. Aquello,  fue un golpe muy bajo y me dolió, pero solo para volverme más fuerte. 

 

Todos los retratos que elaboré, adquirieron muy buena calidad, muchos fueron en grafito debido a la falta de pintura adecuada. No había donde escoger. Pintaba con lo que podía, a veces con acuarela, combinándola con lápices de color o crayolas, dejando los oscuros y sombras fuertes para el protagónico carboncillo.

 

Algunas obras encargos de instituciones financieras, beneficios de café, etc. las he tenido que pintar con pinturas para casas, pintura de muy mala calidad, parecía elaborada con masa de maíz y entintada con algún colorante, combinándola con otros materiales. 

 

Cabe destacar que hasta este momento no había visto pintar a nadie, por lo tanto no conocía a ningún pintor, mi intuición y mi autocrítica que siempre ejercí sobre mi trabajo, jugaron un papel muy importante para el desarrollo del mismo. Un libro de arte tampoco lo había tenido y donde hasta ahora había dejado mi juventud, no había tenido la oportunidad de visitar una biblioteca. 

 

Para estas fechas,  había ocurrido lo que podría llamarse "la reseción del color", porque era sumamente difícil para mi conseguir pintura roja o negra y no sabia como hacer. Entonces me dijo un señor, tío de mi novia en ese entonces, que él me la podía conseguir. 

 

Viaje con él hasta su lugar de trabajo, aproximadamente unos 50 kilómetros. Para poder sacarla de  aquel lugar, hubo que hacer malabares. En un saco macén rellenado con maíz en grano, iba el tal tarro con pintura negra. Pasar por el lugar de inspección era una agonía, de habérmelo detectado, hubiera pasado mis buenos días conservándome en alguna celda. 

 

“A veces cuando alguien me pide consejo para mejorar su trabajo, también le recomiendo la técnica de adición. La de aplicar color, tomar el color con el pincel y aplicarlo. Es decir, desarrollar la habilidad de poder agarrar el color (la pasta) y lograr también dejarlo en la superficie de la obra, y no de sustracción que sería de lamer y lamer con la escobilla del pincel la superficie de la obra”

 

Vertía la pintura de aceite, de esa pintura rústica para paredes, sobre el boceto previamente elaborado y en donde invertía gran parte de mi tiempo. Pienso  que el éxito de mi trabajo, se basó más en la especialidad y delicadeza del boceto, más que en la propia pintura. Pintura que lograba no sin antes haber dado ciertos matices oscuros, los más oscuros, también los más claros para después comenzar a dar especies de veladuras. Esto sobre un soporte de madera, velaba y velaba aquel trabajo, hasta conseguir lo que perseguía, después, lo dejaba secar durante varios días, cuando la pintura aplicada no se percibía al tacto, ya cuando no se siente pegajosa, entonces empezaba con otra técnica sobre el mismo trabajo, encima de aquel que ya había elaborado, cortaba en dos pedazos una gillette, con la que raspaba y raspaba la emulsión pintada, hasta conseguir transparencias. O en otros casos, utilizaba una técnica parecida a la plumilla, solo que aquí aplicaba una que llamaría de sustracción y no de adición  como la plumilla. 

 

A veces cuando alguien me pide consejo para mejorar su trabajo, también le recomiendo la técnica de adición. La de aplicar color, tomar el color con el pincel y aplicarlo. Es decir, desarrollar la habilidad de poder agarrar el color (la pasta) y lograr también dejarlo en la superficie de la obra, y no de sustracción que sería de lamer y lamer con la escobilla del pincel la superficie de la obra, como cuando uno está limpiando esa superficie y lo único que se logra es ensuciar el color. 

 

A veces el  ser humano necesita estar solo para  pensar, crear, para poner su mente en orden, o simplemente para desarrollar la meditación, o sencillamente porque ama la soledad. Para esto se eligen lugares apartados, lejos del mundanal ruido. Yo escogí el mío en un río cercano a mi casa, de nombre Cuyalí, el cual, según el lugar en donde iba pasando adoptaba su nombre Yo visitaba de vez en cuando el río. Me sentaba en las piedras del centro a meditar, a oír el jolgorio del agua y el regocijo de la corriente, la cual me transportaba a otro mundo.  Dentro del agua al alcance de la mano habían vetas de barro con las que hacia figuras pequeñas, esculturas de animales o de alguna vaca echada, la que era posible pudiera estar por ahí, sirviéndome de modelo. 

 

Después de esto  ya en mi casa de noche, porque era mi fascinación trabajar en la soledad, en el silencio nocturno, y alumbrándome con hachones de pedazos de ocotes extraídos de la madera de pino, ocupando dos o tres espejos comenzaba mi trabajo, del que emergía un busto mío en el que era fácilmente reconocible. Esto de hacer pequeñas esculturas de barro es algo innato en mi. Ahora me gustaría tener tiempo para poder hacerlas, la pintura me absorbe todo mi tiempo, siempre me di cuenta de mis habilidades para crear estas cosas. Es decir, aun antes de hacerlas sabía que las podía realizar, por eso al hacer el busto mío, mi yo de barro, sabía que no podía fracasar. Mi habilidad no paró ahí, el material era lo de menos, barro, madera, cuero, con todos elaboré múltiples objetos. 

 

Después de haberme apasionado la fotografía, en la cual trabajé durante varios años llegando incluso, a ser el responsable de los estudios fotográficos a mi corta edad, gracias a que le imponía seriedad y responsabilidad a mi trabajo. En el campo de la fotografía me destaqué, para mi no importa el trabajo, cualquiera que sea en el que me encuentre, siempre le imprimo una gran dedicación.

 

Después trabajé en la sastrería, talvez por influencia de mi padre, por ser él sastre, pero además por el asunto de la sobrevivencia. Logrando desarrollarme ampliamente  en un corto tiempo, porque pude hacer todo lo que significa la sastrería, tal como pantalones, camisas, camisetas, chaquetas, sacos (levas), etc. 

 

En cuero hice bolsos de todas las índoles y diseños, empastaduras de libros, como por ejemplo la Biblia, a la cual le hice una pasta que se cerraba con un zíper, también quepis, como los que usan los militares, elaborados en cuero de venado y de variados colores. Obviamente  de esto hace muchos años  y ya no tengo la misma práctica. 

 

En madera también incursioné. La madera me apasionaba y aun lo hace. Con ella elaboré en mis ratos libres, juguetes curiosos, carritos de madera, y hasta un rompecabezas, con sus partes en macho y hembra de una sola pieza. Fue un rompecabezas  que tenía alrededor de 120 unidades para ensamblar. 

 

Bien, pero esto de la soledad también me atacó por el lado negativo. La soledad  me llevó a escribir el siguiente poema  que titule negativamente, talvez porque mi carrera, mi obsesión por el arte se había estancado. El poema lo hice cuando tuve la oportunidad de viajar a Cuba becado,  a estudiar y desarrollarme en lo que más amaba y que por falta de experiencia deje escapar. 

 

FATAL SOLEDAD

 

Soy una oscura sombra 
En medio de un día oscuro 
Soy un hombre inmaduro 
Y alguien a quien nadie nombra 
Soy un pensamiento nefando 
Y triste y amargado y violento 
Soy como el tamo en las redes del viento 
Y no veo el sol pues viajo palpando 
Tras esta viles fatigas del vivir 
Nada bueno acontece 
Sólo algo que me estremece 
Morir así, morir... 
Brumoso y afligido 
Me encuentro 
Y aquí en mi adentro 
Solo miro 
Una tenebrosa oquedad 
Con mísera burbuja de aire 
En que respiro 
Mi infortunio 
Mi soledad. 

 

Noviembre del '82

 

A principio de los años'80 o mejor dicho en el segundo año de esta década, tuve que volver a esta Managua que tiempo atrás había dejado. Motivado por profundizar en el área que más me atraía, la pintura. Y con la  que ya me mantenía, aunque cobrando sumas irrisorias por debajo de lo que podían costar, a veces hasta sumas ridículas por mi falta de experiencia en el arte de valorar mi trabajo. No comencé por el lado por el que comienzan muchos, por amor al dinero, nunca me desveló el dinero, no fue nunca un problema. No lo tenia, pero tampoco lo codiciaba, con que lograra satisfacer mis pequeñas demandas de materiales, era feliz. 

 

Comencé a cobrar por mi trabajo, sólo y después que muchas personas más audaces que yo en los negocios, me convencieran, aunque a mi me costó muchísimo. Siempre que realicé una obra  me preguntaban cuanto costaba, la pensaba y para no sentirme mal, pedía me dieran lo que quisieran. Nunca concebí en terminar una obra pensando en agarrar el pago, para mi fue siempre motivo de orgullo ver mis trabajos terminados. Aún lo es. Aunque ahora también pienso en el asunto monetario, de algo tengo que vivir y agradezco a Dios el que me diera un trabajo que amo y el que realizaría aun a riesgo de no vender ni uno sólo de mis trabajos. 

 

Volví a Managua, después de haber pintado un sin número de retratos en los que de alguna manera me especialicé. Estos trabajos  se convirtieron en mi escuela. Al óleo, medio óleo, híbridos, con pintura de aceite, acrílica para paredes de casas, combinando múltiples técnicas, -al carboncillo, grafito, lápices de color, etc. Lo importante era trabajar. 

 

Aquí comencé a trabajar en el paisaje. Aunque ya había trabajado en mucho paisaje, aun con estos materiales rústicos, el nuevo material, la tinta de imprenta, no represento mayor problema. 

 

Había llegado a pintar paisajes invitado por una señora de nombre Maria Elsa Garay. Los hijos de esta señora fueron, pioneros en el arte de negociar mis cuadros, tanto aquí en Managua como en los departamentos y fuera de la frontera, en Honduras. Tanto el traslado como el cambiar drásticamente de técnica como de material y de tema, significó para mi un problema, pero  con  el bagaje que tenía y acostumbrado a los retos, pronto se convirtió en mi mejor aliado. 

 

Ahora sí pensaba en cobrar, pues tenia que además de alimentarme a mi, a mi pequeño hijo, - 1° de Octubre de 1984 -  también a su madre, Nereydha Verónica Palacios. 

 

Ya conocía de oídas a muchos pintores a los que querían mucho y respetaban. Conocí, como dije, de oídas, a un Valencia muy bueno en su trabajo paisajístico. Un Santy  que muchos años después quiso imitar mi trabajo. Otoniel Aguilar -padre de un buen amigo mío plumillista y amante del Güegüense. Con él tuve la oportunidad de pintar lado a lado aunque no por mucho tiempo como habría deseado. El que me enseñó el secreto de pintar estos cuadros que le llamábamos decorativos. En mi trabajo del retrato había desarrollado una gran paciencia y trabajaba meticulosamente, lo que hacia también en estos paisajes. 

 

Con Otoniel aprendí y aunque fueron solo unas horas las que estuve cerca de él, me enseñó a elaborarlos rápidamente, no había que sumirse en tanto problema, cuatro manchas, dos o tres pinceladas, medio retoque y listo, el cuadro estaba terminado. .El cuadro que antes necesitaba hasta dos días  y que en base al tiempo que me dilataba en mis antiguos trabajos era tiempo record, ahora eran sólo horas, llegando a pintar hasta cuatro en un solo día. 

 

A León Frank del que me hablaban mucho, lo conocí años mas tardes. Con él  conocí a Napoleón Martínez, gran pintor de bodegones, vivanderas de las mercados, paisajes y barriadas y que al igual que León Frank, muy distinguido en su pintura, polifacético y amante de lo moderno, de las técnicas. Con ellos me unió una muy buena amistad y salíamos a mercadear nuestro trabajo. A Frank lo conocí personalmente  gracias a la amabilidad de otro buen pintor, el matagalpino Norman Palacios y con quien compartía mis conocimientos adquiridos hasta ese momento. 

 

Tiempo después tuve la oportunidad de conocer a otro pintor de nombre Luis Manzanares y con el que conservo muy buena amistad. Después de esto, conocí a otro grupo de pintores recién egresados de la ENBA y que años más tarde los afiné en sus conocimientos con los   adquiridos en mi labor de tantos años. 

 

El conocer a esta primera pléyade de pintores y ya destacados en el campo del arte y los negocios, fue para mí como un nuevo despertar, porque aunque se tengan conocimientos uno nunca lo sabe todo y con ellos comencé  a ver desde otra óptica mi pintura y los negocios. 

 

Aquélla obsesión de antes no me había abandonado, muy por el contrario vivía como ermitaño en el aposento  de las casa donde moraba, pintando e investigando, teniendo como base las criticas que sobre mi trabajo hacían, pintores con nombre y sin él, así como de personas fuera del entorno pictórico. 

 

Comencé a trabajar obsesivamente como desesperado, de día, de noche. Me molestaba que alguien me interrumpiera, como queriendo ganarle en mi loca carrera al tiempo, pintaba y pintaba. A la hora en que llegasen a visitar me encontraban frente a mi caballete, el que conservo todavía. Tanto llego a obsesionarme mi trabajo que no quería ni dormir, sentía que me atrasaba, no había cansancio que doblegase mi ímpetu. Aquel fervor por pintar iba en aumento cada día, lo único que deseaba era estar en contacto con el óleo como si lo acabase de descubrir, todo por aminorar el tiempo de mi aprendizaje, algo que todavía conservo y como con un juguete nuevo no quería cerrar los ojos para que no me lo quitaran.

 

“El aspecto de la luz es muy complejo, un estado de luz principal tiene su contraparte o contra luz principal. Estas derivan en una serie infinita de luces de mayor a menor, o de la misma calidad, y las que dan origen al color. Este a su vez se desprende en pequeños estados de color y dan a la obra terminada una poliluminicencia, una policromía exquisita, porque básicamente la obra es eso, luz,  color o luz y color. He ahí el objeto de mi pintura.”

 

Al tiempo comencé a sentir los efectos y aunque me rendía y mi cuerpo me pidiera descanso, no me limitaba seguir en lo mío. Aunque durmiera porque mi cuerpo lo necesitaba y para no hacerlo  empecé a adquirir unas pastillas que le daban a los guardafronteras y las que no recuerdo como llegaban a mis manos, para los años 87-88. Con éstas lograba trabajar más tiempo sin dormir, al principio todo lo veía bien, aquellas pastillas me ayudaban de cierta manera a mantenerme despierto. Pero  tiempo después tuve que abandonarlas gracias a que ya no me servían. Llegué a ingerir hasta cuatro unidades y no había forma de mantener mis ojos alerta. Entonces, opté por cambiar de ritmo y me vi obligado a bajar el gas para poder seguir consciente. 

 

Pero aunque abandoné esta práctica mi cuerpo quedó seriamente lesionado y no tardé en caer seriamente enfermo. En ese momento estaban frescas las elecciones del '90 y estábamos  estrenando a una mujer como presidente. 

 

Cierto  día como de costumbre, me levanté muy de mañana, siempre lo he practicado, no puedo estar acostado en una cama para cuando el sol sale, siempre fue una necesidad en mi y tengo que estar de pie antes que cualquiera. Miré por la ventana hacia la calle y sentí que algo en mi visión no era normal, de cerca todo bien, de largo era el problema. Más tarde, empecé a perder el control de mi ojo izquierdo, al punto que se me paralizó con la pupila metida en el extremo derecho del mismo ojo. Aquello fue terrible, sin  ver bien, ya no podría pintar. Mi cabeza que en cualquier momento estallaba. Estaba perdiendo la coordinación de mis movimientos porque toda la parte derecha de mi cuerpo se había dormido. No hallaba que hacer, sólo pensaba en mi mujer y mis hijos, los que ya sumaban cuatro incluyendo a mi ultima hija de unos cuatro meses. 

 

Lo que antes había ido bien ahora descendía. Entonces llamé a mi buen amigo el oculista  Doctor Humberto Castrillo Martínez, quien para poderme atender abandonó parte de sus ocupaciones. Tiempo atrás, el Doctor Castrillo había comprado algunos de mis cuadros. El  me ayudó a salir de aquel atolladero. Compré lo que él me recetó, me internó en el Lenin Fonseca donde me realizaron una arteriografía y junto a las oraciones de mis padres y amigos, salí de aquel quejumbroso sombrío y tenebroso bosque. 

 

Volví en unos cuantos meses a estar listo, con mi frente otra vez erguida y con mi disposición al cien por ciento. Después de esto, mi pintura adquirió un nuevo espíritu, una nueva personalidad y la meta que siempre me tracé aun cuando apenas elaboraba dibujos boceteados, fue siempre llevarla al más alto nivel. 

 

Empecé a investigar la luz - vi en todos los trabajos de mis compañeros amigos pintores, que aunque eran verdaderas tesis de color, contraste, fuerza, etc, no tenían aquel algo que me calaba y que necesitaba conocer. Mi pintura estaba en pañales, me aquejaba el no poder resolver ciertos aspectos, pero con mi insistencia, perseverancia y disciplina resolví. El paisaje que siempre estaba en mi memoria lo quería cambiar, hacerlo mío y que la gente dijera después del estudio exhaustivo de los diferentes estados de la luz : " el paisaje de Mauricio, la luz de Mauricio". 

 

No sabia como hacerlo al principio, siempre comencé todo a partir de nada, sólo con mis uñas, mi mente positiva, mi espíritu de superación y de batalla que siempre me acompañó. El que aunque estuviera cansado no me permitía soltar el pincel y dejar de lado el lienzo sólo porque no encontraba aquel color, aquella forma, aquel estado de luz que perseguía. Pronto comenzó a germinar. Lo que antes era solo una vaga idea se entalló en su propia personalidad y hela ahí, agradezco su compañía hasta hoy. 

 

El aspecto de la luz es muy complejo, un estado de luz principal tiene su contraparte o contra luz principal. Estas derivan en una serie infinita de luces de mayor a menor, o de la misma calidad, y las que dan origen al color. Este a su vez se desprende en pequeños estados de color y dan a la obra terminada una poliluminicencia, una policromía exquisita, porque básicamente la obra es eso, luz,  color o luz y color. He ahí el objeto de mi pintura. 

 

La tridimencionalidad era otro problema para mi, no solamente querer hacer ver la distancia con sólo reducir las formas de tamaño, sino hacerlas sentir y que de verdad había un espacio con toda la fuerza física que implica. 

 

Los valores tonales, la fuerza de la pincelada, el empaste, no sólo  como lo hacían nuestros grandes maestros de la antigüedad. El color fuerte, la pincelada, el  empaste grueso para los primeros planos y lo lamidito y velado para los fondos y planos en lejanía. Si no, que se puede hacer todo esto y demostrar que con una superficie pastosa hacer que todos los planos queden en su debida distancia. El color es el de todo y no la superficie y se puede lograr con buenos empastes  de fondo como de protagonismo en primer plano, cuidando siempre el valor tonal. Han sido mis métodos adquiridos en la práctica durante todos estos años,  los que me han ayudado siempre, unido a mi análisis lógico de las cosas logro salir de mis enredos. Mas la observación directa de la naturaleza, el estar en contacto con ella, son fuente y material para que nuestra mente enriquezca nuestro trabajo. Es lo que siempre recomendé tanto a mi hermano, al que introduje en el campo de la pintura, hace ya mucho tiempo, como a todos aquellos se me han acercado pidiéndome un consejo para mejorar su labor artística, logrando siempre llenar sus inquietudes. 

 

En 1996, y para los últimos meses del año, realicé mi primera exposición personal.  Fue una experiencia única. Siempre he sido muy nervioso y a la vez demasiado exigente conmigo mismo. Las cosas siempre tienen que ser impecables, limpias, y pinté cada cuadro con especial cariño. Los nocturnos, el muro con trinitarias, los atardeceres, etc. Siempre escogí aquel momento apacible, cuando las luces del día se dan cita o cuando una releva a la otra, cuando se desaperciben, se transparentan en sus colores casi imperceptibles y como gemas nacidas de la atmósfera, las atrapo con mi pincel humedecido y las enjaulo en el iris de mi lienzo. Hacer que ese momento me fuera personal, aquella que se identificara conmigo, tanto los paisajes bodegones o retratos necesitaban que mi mano guiara aquel pincel a escoger el color apropiado, más cercano y hacer de la naturaleza una nueva creación. 

 

La luz del atardecer o la noche misma donde el toque cálido de un color lumínico y resplandeciente, en medio de tonalidades grises y oscuras fuese para mi motivo de inspiración. Los atardeceres nos regalan múltiples momentos de delirante regocijo lumínico-colorista, que han servido de plataforma para poder expresar aquello que talvez, me seria difícil decir con palabras. 

 

Mauricio Rizo conversando con José Luis Cuevas/ México D. F. Oct. 2001

 

Mi trabajo todos estos años se ha centrado en pintar el paisaje nicaragüense, me gusta muchísimo y creo que es un verdadero reto. Si uno quiere aprender a pintar debe hacerlo pintando paisaje. El te enseñara todo lo que debes aprender. Porque a diferencia de algunas personas que ven en el paisaje una pérdida de tiempo, creo que se debe simplemente a que no pueden hacerlo. Ya que algunas personas me han dicho que pinto fotografías, particularmente creo que no ven exactamente el fondo del asunto y que no se trata meramente de pintar el paisaje y recogerlo fotográficamente. Creo además mi deber dejar constancia del paisaje nicaragüense.