| Por Mario Gallo Cuento Nro. 9 La bandeja que se deposita sobre la mesa. Hamburguesas, papas fritas y gaseosas. Todo envuelto prolijamente. Marco da el primer mordisco, sus ojos que miran a otros como él, que se sientan como él, que dan el primer mordisco como él, que van de aquí para allá bajo esa burbuja que los aísla de todo. Marco saborea su hamburguesa y se pregunta si ésta será la verdadera Argentina. Sus hijos y su mujer disfrutan el almuerzo. Qué barato, dice uno de los chicos. Qué barato es todo esto por sólo cinco pesos. ¿Cuánto se tarda en juntar cinco pesos? Una hora. Un día. Un mes. Los perfumes pesados llegan de todas partes, como una marca territorial, como las secreciones glandulares de los perros y los gatos. A unos metros, una cola interminable y famélica espera su turno en el fast food. Un payaso ridículo y maligno los recibe. Pobre imbécil. Todos serán atendidos. La foto estúpida del empleado del mes sonríe estúpidamente junto a otros estúpidos empleados del mes. Nuestro ritual de la alimentación ha sido reemplazado por estos negocios de negreros. Todos serán atendidos. Con tal que paguen el precio, todos serán atendidos. ¿Cuál será el precio que deba pagar El Mugrita para que lo atiendan? A él y a su familia. Afuera hace cuarenta grados de calor, pero aquí no. Aquí está fresco. Aquí la temperatura es agradable todo el año. Se podría vivir en este lugar para siempre. Una multitud podría vivir en este lugar para siempre, de espalda a todo lo malo, todo lo triste. Una especie de tribu. En esta Argentina de la burbuja, las cosas y la gente son siempre lindas. ¿Será ésta la verdadera Argentina? ¿Será ésta la Argentina de todos y para todos? ¿Será ésta la Argentina que propusieron los jacobinos de mayo? ¿Será ésta la Argentina que defendimos en el sur, los que fueron y los que se quedaron, las tripas paralizadas por el miedo a morir? ¿Será ésta la Argentina de Marco y su familia por el solo hecho de que pueden pagarse una hamburguesa con papas fritas y gaseosas, postre incluido, a cinco pesos –por ahora- cada uno, un precio razonable –por ahora-? Todos metidos acá adentro, encerrados, como en un bunker, como en un moderno fortín con cúpula. ¿Acaso, en este fortín, nos estaremos defendiendo de algo? ¿Acaso nos estaremos defendiendo de un malón moderno? Y de ser así,¿qué campaña al desierto aguantará para eliminarlos a todos? ¿Qué personaje culto e instruido, con unos huevos de acero, se arrimará a esas cercanas tolderías a dialogar con estos nuevos caciques? En esta burbuja la vida no tiene sobresaltos. Todos sonríen. Todos compran. Todos huelen a zorrino. Todos comen “burgers”. En esta burbuja hasta las viejas están montables. Porque aquí, en la burbuja, la vida está como estancada, el tiempo no va para atrás ni para adelante. Los sentimientos no van para atrás ni para adelante. Es como estar hibernando, pero para siempre. Nada puede destruir esta felicidad, este bienestar continuo, permanente. Aquí no se siente miedo. Afuera, la muerte acecha. Afuera, los malones acechan. La gente mira películas y come hamburguesas. La gente mira películas, come hamburguesas y habla por teléfono celular. En la burbuja, la gente que mira películas, come hamburguesas y habla por teléfono celular al pedo supone que forma parte del progreso. Más y más personas sin rostro se suman a la cola del fast food para que los atiendan. Algunos están impacientes. Algunos se molestan por una espera de dos minutos. Paren, muchachos, que acá el tiempo se detuvo para siempre. Gesticulan; se mueven nerviosos, como con parásitos; toman posturas quebradas, antinaturales. Otros, los que han interpretado el mensaje, lo toman con calma y matan el tiempo mirándole el culo o las tetas a alguna que otra pendeja peligrosamente desinhibida, de reojo. Marco muerde la hamburguesa que se está enfriando. ¿Quién se atrevería a gritar en esta maldita burbuja que la realidad está afuera? ¿Quién se atrevería a correr el riesgo y quedar pagando, pagando como un boludo? ¿Entre todos los seres que están metidos en la burbuja habrá alguno que se pregunte la cuestión que planteó El Mugrita aquella mañana de domingo? ¿Habrá alguno al que realmente le importe si se olvidaron o no de los pobres? Marco ha venido ciento de veces a la burbuja. La vio construir. La vio crecer. La vio devorarse a todo lo que tenía alrededor. ¿Por qué justo ahora, después de tanto tiempo, se hace estos planteos? A lo mejor, porque llega un momento en que todo hombre no puede andar por la vida haciéndose el distraído. ¿Marco estará buscando una forma de humanización, o prevención, para él y toda su familia? Sobre la mesa alguien ha dejado un papel. El papel se deposita suave sobre la mesa. El papel se deposita suave y silencioso sobre la mesa. Una mano pequeña y morena, y sucia, ha depositado un papel sobre la mesa de Marco. Otro náufrago de la vida ha arrojado a ese mar que es la casual mesa de Marco y su familia, entre un cardumen de servilletas manchadas con rouge, grasa y salsa de tomate, un SOS resignado. ¿Será la resignación, como se dijo, desesperación silenciosa? Este pequeño náufrago ha arrojado tantos mensajes como mares imaginarios encontró a su paso. Pero en la burbuja nadie le prestará atención. Nadie lo ayudará. En la burbuja sólo lo apolíneo tiene espacio. Todos sin decirlo se preguntan cómo entró esa rata. Todos sin decirlo se preguntan qué hace ahí. Todos sin decirlo se preguntan dónde está el irresponsable de la seguridad de este sagrado edificio. Este náufrago es una molestia, un estorbo, un peligro latente, una mancha, un recordatorio maldito. Un mal presagio. Este náufrago es, al mismo tiempo, un mensaje del mundo exterior que nadie está dispuesto a ver ni oír. -Nos están invadiendo -dice molesta y por lo bajo la mujer de Marco-. Ya no se puede ni venir al Shopping. Marco se pregunta: ¿cómo se puede estar tan solo entre tanta gente? ¿Cómo se puede morir de soledad entre tanta gente? Marco mira al pequeño náufrago, mira a sus hijos que comen y vuelve a mirar al pequeño náufrago. Marco, la grasa de la hamburguesa que se le cuaja en el estómago y entre los dientes y en la lengua, se pregunta: ¿cómo uno puede seguir caminando por la vida diciendo que es feliz? Carmen lo mira y, dándose cuenta de que está en otra galaxia, ostensiblemente disgustada le recrimina qué le pasa, en qué está pensando. -En nada, mujer - dice él-, pienso en nada. del libro EXCURSIÖN editorial DUNKEN |
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