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"El martirio es la única forma que una persona sin ningún tipo de habilidad puede convertirse en alguien grandioso".
George Bernard Shaw

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Cuentos y Escritos>La Cita


La cita


Carlos se había levantado muy temprano. Hacía mucho tiempo que no lo hacía, por que, aunque dormía poco, le encantaba seguir tumbado en la cama hasta muy entrada la mañana escuchando a su única compañera actual: la radio. A veces decía en un tono sarcástico, como solo un hombre que ha vivido mucho lo sabe hacer: -el mundo puede prescindir de mi a estás horas…

Aquel día era especial, aunque no agradable. El día anterior había recibido una carta de citación del juzgado de Madrid, en la cual no se explicaba el motivo de la convocatoria ni la fecha en la que debía acudir a la misma. Eso lo desconcertó, le crispaba este tipo de documentos, siempre decía que le tenía una especie de alergia a los burofaxes y a los telegramas colacionados y aunque no eran ninguna de esas cosas, estaba muy cerca de serlo; entonces decidió ir cuanto antes.

Cuando sonó el despertador, eran las 4 de la madrugada, muy temprano para salir e ir a los juzgados de la Plaza Castilla, pero justo a tiempo para poder informarse de las noticias que marcarían el ritmo del día que estaba empezando.

-No escatimes en agua ni jabón, Carlos…- esa frase acompañada de una risita cómplice se perdieron en el plispliteo de las gotas que chocaban incansables contra el suelo de la ducha. Estuvo bajo el agua por lo menos un cuarto de hora, cuando salió, como de costumbre, evitó mirarse al espejo. -Estoy lo suficientemente viejo como para que me lo estén recordando. A esa edad , cuando todo vestigio de vanidad ha desaparecido como un terrón de alcanfor que se sublima sobre las llamas de una vela, uno piensa como Borges: …los espejos y el coito son abominables por que reproducen humanos.

No puso esmero en vestirse, ya no era como antes, no tenía ganas de hacerlo y menos ese día. Cuando terminó bajó las escaleras lentamente, todavía estaba muy fuerte y bajar las escaleras no representaba ningún riesgo, pero uno nunca sabe. Miró su casa desde el descanso de la escalinata, y la sintió muy fría, muy vacía. Estaba tan vacía físicamente, pero tan llena de moléculas metafísicas, de recuerdos, si, de recuerdos, de abrasivos recuerdos. Continuó bajando y se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.

-¿Esther? ¿Estás ahí?… No, no estás.

Sus palabras recorrieron toda la casa y se filtraron por sus poros para finalmente transformarse en una presión intensa en el pecho. Las piernas le temblaron y un nudo en la garganta estuvo a punto de transformarse en llanto. ¡Pum! Un portazo puso punto y final al momento y se marchó.

El día estaba claro, pero el sol todavía no asomaba su cabellera sobre la meseta central. El aire estaba fresco y Carlos abrió los cristales del coche para poder sentirlo. “hoy va a ser uno de esos días raros, en los cuales estás con frío por las mañanas y te cocinas por la tarde”- pensó. Sintió un tenue aroma a café esspreso recién hecho que surcaba el aire, y se le antojó tomarlo; era una de esas cosas que hace mucho tiempo no hacía. De pronto se vio avanzando solo un par de metros por minutos. Y es que sin que se haya percatado la carretera fue poblándose de más y más coches, y aquello de tenemos retención en la salida 14 de la M-30 o transito lento en la A-5 a la altura de Móstoles dejó de ser algo lejano e impersonal como una historia de ciencia ficción y se estaba convirtiendo en una experiencia en primera persona. Si, estaba en medio de un atasco.

Tardó hora y media en llegar a la Plaza de Castilla, hace algunos años, cuando él realizaba ese tipo de viajes todo los días, nunca tardaba más de treinta minutos, pero las cosas cambiaron y como él no era un nostálgico, sabia que si cambiaron fue para mejor. Aparcó el coche a unos metros de los juzgados, miró al vetusto edificio con cierto dejo de culpabilidad, como se mira a los sensores que están en las puertas del supermercado, esos que por más que uno esté seguro de no haber tomado nada que pueda activar la alarma siempre los mira como si sonarán. Al final soltó un -¡bah!- y giró la llave de contacto hacía la izquierda . Al bajar del coche y cerrar la puerta un quieres un café se le escapó de los labios. La mente es tan compleja que en ocasiones hechos tan triviales como cerrar la puerta de un coche pueden hacer disparar la parte más sensible de nuestros recuerdos.

-Ay Esther -dijo suspirando- No vuelvas a hacer eso, la gente puede pensar que estoy loco si me ven hablando solo. ¿Quieres tomar un café? Esta vez lo dijo en su mente, sin mover los labios. Entró al bar que estaba a unos pasos del aparcamiento y el murmullo que estaba suspendido en el aire le golpeo en la cara. Quiso preguntar si podían ir a otro sitio, donde haya menos gente, pero se contuvo. Se acercó a la barra y apuntando un dedo al techo dijo: un café, un brandy y un…

-¿Perdón?

-He, disculpe, solo eso, un café y un brandy…

En su cabeza la dulce voz de Esther le dijo que esta vez no había sido su culpa, que ella no tuvo nada que ver y que se estaba portando bien. Cuando el camarero sirvió el pedido se puso a hacer cuentas y los números le asustaron: hacia por lo menos 13 años que no tomaba lo que antes de que enfermara Esther era su desayuno habitual: La copa de brandy y la taza de café.

Cogió la taza con una mano, mientras con la otra agitaba un sobrecito de azúcar. Comprobó que ya no lo hacia cómo antes y es que cada vez que hacia algo se daba cuenta que ya nada era como antes, pero él no era nostálgico, y sabia que si las cosas cambiaban era para mejor, incluso esas. Echó medio contenido del saquito en el liquido oscuro y humeante, le dio 4 ó 5 vueltas a la cucharita y empujó ligeramente la taza a un costado. Tomó la copa de brandy y le dio un movimiento circular en sentido de las agujas del reloj y el contenido dibujo una caprichosa forma elíptica dentro de la burbuja de cristal. Asomó la copa a sus fosas nasales, como si se tratase de un gran vino crianza y lo olfateó. -Bébete el café, cariño, que luego ya no lo tomas frío.- La voz de Esther recorrió cada uno de los surcos y cisuras de su encéfalo hasta llegar al punto en el cual él la reconoció y mientras flotaba en aquel vaho alcohólico de brandy respondió mentalmente: vale.

Aquella relación con Esther ya llevaba años. Él sabia que ella solo habitaba en su mente, aunque en ocasiones llegó a desconfiar de ello. En un principio ella solo le “visitaba” por las noches, cuando él ya estaba por dormir, luego, con el tiempo, las visitas fueron cambiando de hora y de frecuencia, Carlos no tardo en acostumbrarse a ellas, y lo que en un principio le preocupó, poco a poco se fue transformando en una agradable compañía. A medida que las visitas de Esther aumentaron él disminuyó sus salidas. Un año después de que haya muerto su esposa Carlos todavía salía por las tardes, iba al bar, a jugar a las cartas con sus amigos, después de tres meses de que hayan empezado las visitas de Esther él ya no solo no iba al bar, sino que no salía de casa salvo casos de urgencia.

Algo no andaba bien en su cabeza y él lo sabía, pero como ocurre en estos casos Carlos dejó a un lado la lógica y se aferró a la fe. Era maravilloso pensar que Esther esté rompiendo aquella barrera entre el cielo y la tierra y que esté viniendo a estar con él. En una ocasión le preguntó si realmente era así, pero ella le dijo que prefería no hablar de ello. Además, Carlos pensaba que si aquella situación no hacia mal a nadie, y al contrario le hacia tanto bien a él, para qué buscar el pelo en la sopa. Claro está que él nunca habló de aquello con nadie y se cuidaba mucho para no ser descubierto en las sesiones de charlas con su esposa.

Las primeras conversaciones fueron breves, él preguntaba cómo se sentía donde estaba, ella preguntaba cómo lo estaba llevando, después, con el tiempo las conversaciones se centraron en recordar momentos que habían vivido juntos, recordaban aquellas tardes en las playas de Almería o aquellas mañanas con chocolate caliente y croissant en los Pirineos, hablaban de cosas especiales del pasado viviendo ese momento muy intensamente, pero también hablaban de cosas cotidianas. Hacía tres años que comenzaron a hacer un juego: Uno de los dos decía una fecha al azar, por ejemplo 3 de enero de 1980 y entre los dos trataban de recordar que hicieron exactamente ese día. Las primeras veces les costó mucho trabajo, una vez estuvieron más de un mes escudriñando en sus recuerdos tratando de quitar a la luz qué habían hecho un día antes de navidad del año 47’. Al final lo recordaron y Carlos estalló en una alegre carcajada: Aquel día había ido de compras y había cogido por equivocación una bolsa con regalos que no eran suyos, ya entrada la noche se dio cuenta que las dimensiones de los paquetes no correspondían a las cosas que él había comprado, entonces abrió uno de los paquetes y sorpresa: era un par de calzoncillos azules extra grandes, y cómo no había nada material que compartir bajo el árbol, decidieron compartir su amor en aquel lugar, como dos adolescentes que se entregan al arte de amar desenfrenadamente.



Abrió la boca y dejo caer en su interior una gran cantidad de brandy que se mezcló con su saliva y lentamente se deslizo por su garganta, sintió a medida que el liquido iba deslizándose hacia su interior un ardor intenso que luego fue transformándose en placer.-No es Osborne pero está bien- pensó Carlos. Esther le recordó una vez más que se bebiera el café, Carlos esta vez la obedeció de inmediato y se bebió todo el contenido de la taza de un golpe.

-Está bueno, se parece a aquel café Illy que nos bebimos una vez en Milano.

-¿Perdón?- dijo el hombre de la barra levantando la cabeza pero sin dejar de prestar atención a lo que estaba haciendo.

-No, nada, perdone usted- Carlos se apresuró a justificarse- Es que estaba pensando en voz alta-. Y en realidad era eso lo que estaba haciendo, respondió a una pregunta que Esther le había hecho en su mente. ¿Qué tal está el café? Había preguntado la mujer y él había contestado en voz alta.

-Ya veo…- dijo vacilante el camarero, luego volvió a lo suyo.

Carlos comenzó a incomodarse en ese sitio, pero Esther le decía que se calme, que eso era normal, que no pasa nada, cariño…- El siempre sucumbía al tono meloso de voz que Esther sabía utilizar muy bien. -Disfruta del momento, cielo, no temas de lo que la gente pueda pensar, ellos no saben lo que está pasando entre nosotros. ¿No te da cierto morbo eso? Somos como dos amantes que se miran mientras están con sus respectivos esposos, solo ellos saben lo que pasa, solo ellos saben todo lo que en su mente se está gestando…

Pero cómo a aquel que se le ha roto la cremallera y cree que todos lo están mirando justo ahí, Carlos temía ser visto con ojos raros y acusadores y aunque sabía que como siempre ella tenía razón él no podía evitar incomodarse.

Para cuando bebió el segundo trago de brandy Carlos estaba sumido en sus recuerdos, algo que no era raro en él por el hecho en sí, puesto que en la soledad de su hogar hacía eso la mayor parte del tiempo, sin embargo, en publico trataba siempre de evitar hacerlo, cosa que en este caso no ocurría. El brandy se mezclaba con sus jugos estomacales y el ardor subía por su tráquea, impregnando toda la cavidad bucal de vapores etílicos para luego salir disparado por sus fosas nasales como los perdigones que salen por los cañones de una escopeta calibre 12. De repente sintió cómo ese fuego que salía de sus entrañas se trasladaba vertiginosamente atravesando una barrera espacio-tiempo invisible que perimetraba una porción de su mente y al instante se vio en el otoño de mil novecientos setenta y seis: El tenía una rémington al hombro y ella, Esther, unos prismáticos Beltiks colgados al cuello.

-La reala se acerca- dijo la mujer mientras llevaba los prismáticos frente a sus ojos tremendamente azules. El puesto de espera estaba en una colina y frente a ellos se extendía una suave pendiente llena de jaras entre las cuales se podían oír pisadas.

-Creo que ya están aquí- respondió en voz baja Carlos. Era la primera vez que la pareja iba a una montería y él estaba muy nervioso. El espacio en la pequeña choza que hacía las veces de puesto de espera era muy reducido. Carlos salió de la cabaña y sintió el frío aire de los Montes de Toledo, que surcaba aquellos campos cacereños en su rostro.

-¡Mira, Carlos, está nevando!- dijo Esther cuando cruzó el quicio de la diminuta puerta detrás de su esposo. Carlos miró al cielo, cosa que no hacía falta, por que la nevada era realmente copiosa, y mirar al cielo, para cerciorarse de lo que estaba ocurriendo, no era necesario. Una estela de vapor salió de la boca del hombre cuando intentó decir algo, pero se contuvo abruptamente cuando un perro salió gimiendo en un claro a unos cincuenta metros de él. El animal volvió a entrar en la espesura de los arbustos. Carlos sabía que el momento estaba cerca, pronto no sería un perro el que asomaría sus narices por entre las jaras, sino un ciervo y él estaba ahí esperándolo. Miró a su mujer y le hizo una seña llevando el dedo índice sobre la boca -Shhh-, la mujer le mostró su vientre abriendo la cremallera de su abrigo -se está moviendo- dijo sin emitir sonido alguno. Carlos le lanzó un beso y le regaló una sonrisa. Esther estaba esperando al primer hijo de la pareja, ya llevaba seis meses de embarazo y ambos estaban desbordantes de alegría. -Esta pieza es para él- Carlos movió lentamente los labios para que su esposa los pueda leer, ella hizo lo mismo y dijo -Te amo-.

Las jaras empezaron a tronar con más fuerza y por la mitad de la maleza se veían movimientos abruptos. La mujer volvió a mirar con los prismáticos, aunque en realidad no hacía falta la utilización de este instrumento para ver con claridad el sitio donde debía estar la presa para efectuar el disparo. Carlos estaba temblando, no sabía bien si de frío o de la emoción, así que presionó fuerte la culata del rifle contra su hombro derecho y observó por la mirilla, luego levantó la cabeza para tener una visión más general de lo que estaba ocurriendo en frente. Un par de perros volvieron a aparecer de entre las jaras, dieron varias vueltas y volvieron a introducirse en lo que ahora parecía, visto desde la caseta de espera, una porción de mar picado. Para entonces los ladridos sonaban desde todas las direcciones, eso era absolutamente excitante para él, era el clímax de un instinto básico. De pronto un silencio sepulcral cubrió como un velo aquella dehesa extremeña, Carlos solo pudo oír los copos de nieve que se estrellaban contra su cazadora verde, un escalofrío recorrió todo su cuerpo, sabía que el momento estaba cerca.

Unas cuernas sobresalieron súbitamente por sobre las matas verdes, cubiertas en parte por nieve, y luego un esbelto animal dio, de manera grácil, un salto y se quedó en medio del descampado mirándolo fijamente, como desafiándolo, Carlos respiró hondo, ladeó la cabeza sobre su hombro derecho, buscó con su objetivo el cuello del animal y disparó.

-¡No!

El grito de la mujer se confundió con el estruendo de la Remmigton 3,75 y juntos, ambos sonidos se pasearon por toda la comarca, en forma de eco. Carlos, sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo, soltó el arma y vio cómo el ciervo se alejaba dando saltos por la ladera de la colina. Se dirigió hacia la mujer que estaba arrodillada en el suelo con las manos en el vientre.

-!Cómo es posible que lo hayas hecho, Carlos!

-¡¿Hacer qué?! El hombre estaba desconcertado.

-Lo mataste, no lo ves, no ves que lo has matado.

Carlos seguía sin saber lo que estaba pasando, luego miró hacia donde había efectuado el disparo y vio un bulto blanco tendido en el suelo. En un principio pensó que se trataba de un perro grande, un mastín o algo así, luego cuando se acercó más se dio cuenta que no era un perro, era un cervatillo. -Por Dios, no lo había visto- murmuró el hombre. Mientras la mujer seguía llorando desconsoladamente junto a la cabaña, repitiendo sin cesar: Lo mataste, lo mataste… Carlos, tratando de consolarla se acercó, la mujer ahora se tumbó al suelo y su rostro se desencajó - Carlos, nuestro bebé…- gritó y luego se desmayó. Esa misma noche le dijeron a Carlos que su mujer había perdido al niño.



El anciano suspiró para no sucumbir ante el luctuoso recuerdo otoñal. Pero, cuándo terminaría aquel sentimiento de culpa, él sabía que no mató a su hijo, y que hizo todo lo necesario para salvarlo, que causas ajenas a aquel suceso fueron las que causaron el aborto espontáneo de Esther, pero no podía evitar pensar que de alguna forma él era el responsable de lo que ocurrió.

-Vamos cariño, ya no pienses en eso. Ya lo hablamos muchas veces y no creo que quieras empezar a discutirlo ahora.

-¿Cómo está él? Preguntó el hombre en un susurro imperceptible.

-Pues está mal, -dijo la mujer con tono de enfado- no quiere ver a su padre así. Esther, con aquella astucia gatuna que poseen las mujeres estaba revirtiendo un sentimiento de culpabilidad con otro. Carlos tuvo ganas de encender un cigarrillo para completar el cúmulo de actividades que no hacía desde hace mucho tiempo, pero no sabía cómo utilizar las nuevas maquinas expendedoras de tabaco, pensó que eso era una suerte y desistió de aquella idea. Tomó su copa y dejó que aquel liquido aterciopelado recorra su tracto digestivo. Se acomodó en la incomoda butaca en la que estaba sentado y miró hacia fuera del bar, vio el reflejo del interior del recinto pero él no estaba en aquella imagen -Joder, el maldito glaucoma- dijo y preguntó cuento debía. Cuando el camarero le trajo el cambio se dio cuenta que las horas habían avanzado demasiado a prisa, y ya no tenia ganas de ir a los juzgados, además que importa si voy o dejo de ir, que podría ser tan grave, creo que el juzgado puede esperar.



Carlos conducía despreocupadamente rumbo a casa. Esther había intentado hablarle en más de una ocasión pero él no contestaba. Es que a Carlos le dolía mucho aquel recuerdo del setenta y seis, parecía mentira, siempre que la charla con su esposa se ponía buena, cálida e interesante aquel cáncer de los recuerdos tenia que hacer metástasis en su cabeza.

Los carteles le indicaban que estaba cerca de su pueblo, así que decidió aminorar la marcha para coger la salida 42. Cuando soltó el acelerador se fijó como la aguja del velocímetro bajaba de 180 a 90 paulatinamente. Recordó que bajo el puente de la A-5 solía estar un puesto de la guardia civil, y pensó que lo mejor sería respetar la velocidad indicada en la carretera. Cuando pasó frente a la gasolinera su velocidad no sobrepasaba los 60 kilómetros por hora. Avanzó a esa velocidad por unos trescientos metros y cuando llegó a una bifurcación, justo antes del puente, frenó por completo. Giró, tomando el desvío que lo llevaba al pueblo esperando ver el las balizas del coche de la benemérita, pero lo que vio lo desconcertó tanto como lo había desconcertado la carta de citación del juzgado. Un niño semi desnudo, de entre seis u ocho años, andaba por la carretera rumbo al pueblo. Carlos miró por los retrovisores y no vio a nadie, miró a lo lejos, hacía el pueblo y a los costados para ver si no había alguien más con el chico, pero nadie estaba con él. Se acercó con el coche lentamente y paró junto a la personita escualida que seguía como si nada. -¿Oye, hijo, te pasa algo? El chico seguía sin inmutarse por su presencia y continuaba dando pasos poco firmes. -¡Chico, espera! Paró completamente el coche y abrió la puerta para bajar. La puerta hizo un clac al abrirse, sonido que el chico pareció escuchar por que se detuvo de inmediato. Carlos lo advirtió y se quedó mirándolo, el tiempo pareció detenerse y el niño lo miró fijamente a los ojos, caminó hacia el coche, como lo estaba haciendo antes, Carlos pudo ver que sus ojos estaban completamente blancos y en su mente vino la imagen horrible de un hombre que había conocido de niño que sufría de cataratas. El niño no dejaba de mirarlo, el vio como el chico a pesar del frío no temblaba ni tenía la piel erizada. El niño llegó hasta la ventana y Carlos se sintió muy incomodo. ¿Qué te pasa? Pregunto con voz ahogada.

-Tienes que ir rápido a casa, te están esperando.- dijo el niño con una voz áspera, muy rara y giró para volver sobre sus pasos.

-¡Oye, espera, voy a llevarte a tu casa! El chico dio tres pasos más y se perdió en una repentina niebla que invadió el lugar. Carlos por primera vez en años sintió miedo.

Cuando llegó a su casa todavía estaba desorientado, buscó sus llaves para abrir la puerta y cuando introdujo la llave en la cerradura la puerta se abrió.

-Te estaba esperando- dijo la voz de Esther entre las sombras -pasa, entra, que tenemos que hablar.-

Cuando entró el hombre vio a su mujer. ¡Esther! Dijo sorprendido, es que a pesar de estar hablando hace mucho tiempo con ella él nunca la había visto, ni siquiera en sueños, desde que murió. -¿Qué pasa?¿Quién era el chico de la carretera, Esther? La mujer no dijo nada, simplemente hizo un gesto con la cabeza, apuntando hacia un lugar dentro de la cocina. Carlos se acercó para mirar. -Mira, esta mañana sufriste una disfunción cardiaca. A veces dejamos que los que no están preparados salgan a dar un último paseo. La citación del juzgado en realidad no era en la Plaza de Castilla, sino aquí, en la cocina… Esther se acercó y Carlos pudo ver detrás de ella al niño de la carretera con los ojos en blanco y sonriendo levemente a la nada- Carlos intentó hablar pero ya no lo pudo hacer, la mujer se acercó al cuerpo que estaba tirado en el suelo de la cocina y le dio un beso en la boca- Tranquilo cariño- Dijo- Ya estás aquí, con nosotros.


Madrid, otoño de 1995.

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Augusto Daniel Román

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