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"La mayoría de los hombres prefiere y encuentra más fácil creer que tomarse el trabajo y la preocupación de investigar". León de Gandarías

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Cuentos y Escritos>El Luisón


El Luisón

El Luisón salió jadeando de las sombras. Gabriela lo miraba sumida en el pánico. No lo podía creer, tenia miedo, ya no a la bestia sino a la muerte. Se tocó la entrepierna; no sintió dolor, pero sintió como un liquido tibio lo cubría todo. No estaba segura de lo que había pasado. Ni siquiera sabia si eso era un sueño o era real. Tendida en el baldío, con las piernas abiertas, el pubis lleno de sangre y media pierna izquierda cercenada, trató de incorporarse. Sabía que si eso era real estaba a punto de entrar en un shock hemorrágico. Estaba sangrando demasiado. Sus actos ya no eran racionales. Levantó el tronco de la hierba húmeda y sentía que la vista se le nublaba. Hurgó con su vista sus partes íntimas pero lo que vio fue a un murciélago pequeño, pequeñísimo, lamiendo la sangre que poco a poco empezaba a coagularse. Quiso mover las piernas para espantarlo pero no podía moverla. Al instante siguiente vio que más vampiros diminutos se acercaban hincando sus codos en el suelo y mirándola a los ojos, como si tuvieran inteligencia de humano. Gritó. El eco de aquel intento desesperado de librarse de las ratas voladoras que lamían su sangre y masticaban ahora su carne, le golpeó en la cara y ella cayó de golpe, secamente. Volvió a abrir los ojos, y vio la luna llena que bañaba con sus rayos de plata el baldío. A lo lejos le pareció ver a un hombre que caminaba furtivo entre los matorrales, quiso llamarlo, pero sus fuerzas se habían esfumado. Sintió un cosquilleo en la parte de pierna que le faltaba y en su sexo ensangrentado. Su mente empezó a elaborar una entramada red de paliativos para lo que estaba viviendo.

Al día siguiente despertó. Estaba empapada en su cama. Se tocó la frente. Tenía fiebre. Dio un respiro profundo. Se dijo que qué noche, que qué sueño e intentó seguir durmiendo. Cuando se puso de lado para conseguir esa mistica concentración que todos necesitamos para dormirnos se dio cuenta que algo anadaba mal. No estaba en su casa. Parecía su casa, era idéntica, pero no era la suya. Se incorporó y le produjo un gran alivio comprobar que ahora si lo podía hacer, pero su alivio se fue transformando de nuevo en pánico cuando a sus pies vio a aquella enorme bestia durmiendo, con miles de pequeños murciélagos haciéndolo compañía.




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Augusto Daniel Román

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