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realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no
desaparece". |
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Cuentos y Escritos>Madrugada de Martes
Madrugada de Martes
La noche estaba fría. Era martes de madrugada y lo único que surcaba a esas horas las calles de Asunción eran miles de hojas secas que habían sucumbido a los primeros aires fríos del minúsculo invierno subtropical. Estaba cansada. Conducía casi por actos reflejos. Recuerdo que al girar para tomar la calle Choferes del Chaco encendí un cigarrillo. Mis ojos pesaban lo que puede pesar un barco en el desierto. Sentía como mi coche, mi vida, y mis penas discurrían en silencio por la noche Asuncena.
Frené. Cosa rara. A las tres de la mañana solo frenan en un semáforo dos tipos de personas: los que buscan putas y las parejas que necesitan calentar la cena antes de llegar a un albergue transitorio... y aunque no estaba en ninguna de aquellas circunstancias, lo hice. Si. Me detuve, me quede mirando fijamente la luz roja. Me arrellané en el asiento del coche y exhalé la última bocanada de humo de tabaco. Estaba sola. Todo lo que estaba a mi alrededor me indicaba qué tan sola estaba; no solo en ese momento en particular, sino en mi vida. Si, mi vida era un vaivén de soledades. Bajé la ventanilla del coche, sentí el viento del sur, aquel que hacía bailar a las hojas en la calle, y sentí como acariciaba mi rostro. Volví a mirar la luz roja que para entonces ya significaba una compañía para mi y sentí que alguien me miraba. Un escalofrío arrebató mi cuerpo y sentí al mismo tiempo ganas de irme de ahí.
Un ruido sordo vino de la parte de atrás del coche. Miré sobre mi hombro y la vi. Estaba vestida de blanco. Su ropa volaba graciosamente con el viento. Estaba agachada hacia la ventana trasera, como tratando de decirme algo. Me agache ligeramente para verla mejor y ella me hizo una mueca, como si estuviese preguntándome algo. No me dijo nada. Pero pude entender que preguntaba si la podía llevar. Tampoco recuerdo que le haya contestado nada yo. Es más, estoy segura que no lo hice, sin embargo una sensación de la misma intensidad me dice que si, que yo la invité a subir al coche... y así lo hizo. Cuando el semáforo se puso en verde ella estaba sentada a mi lado, con la espalda recta, ligeramente echada hacia delante, mirando siempre para el frente. El cansancio de mi cuerpo había desaparecido para cuando doble la esquina de Mariscal López, para dirigirme hacia San Lorenzo. Por segunda vez en la noche la escuche hablar. -“Ya no vas a estar cansada, nunca más”- me dijo y pude ver, esta vez con más precisión, que no movía los labios para hablar. Pensé que sería ventrílocua, una ventrílocua un poco rara que se pasea a la madrugada por una calle vacía, con un camisón blanco y largo, pero lo que en ese momento más me sorprendió no fue que ella me hable sin abrir la boca, sino que lo haga yo sin mover ni un solo músculo de mi cara, que hable tan solo con pensarlo. Me pidió que la baje después de unas tres calles, oí que me decía claramente “frente al edificio del Citibank” y así lo hice. Desde esa noche me visita en mi cama, trata de hablar conmigo. Me habla de José, aquél hijo que nunca tuve y me habla de mi madre, a la que jamás conocí. Yo hago que no la oigo, pero por las dudas, no dejo de pasar todos los martes de madrugada al costado del cementerio de la Recoleta, por si ella esté allí, y por fin le pueda ver los ojos.
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