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"Día vendrá en que el engendramiento de Jesús por el Supremo Hacedor como su padre, en el vientre de una virgen, será clasificado junto a la fábula de la generación de Minerva en el cerebro de Júpiter." Tomás Jefferson

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Cuentos y Escritos>El Secreto


El Secreto

Todavía lo tengo impreso en la retina. Es cierto que he evitado hablar de ello por mucho tiempo, pero un impulso, que se mueve dentro mío como una lombriz en los intestinos, está haciendo todo lo posible por romper esa piel que la recubre y ya no soporto la angustia que eso implica, así que he decidido contrátelo. Espero que no me juzgues por ello.

Todo empezó una tarde de junio 1990, hacía frío y durante todo el día había llovido. A las cinco fui a la casa de Álvaro. Sus padres no estaban, nunca estaban, ambos trabajaban todo el día, incluso los sábados, y ese fin de semana teníamos la casa de para nosotros solos. A él lo cuidaba Gabriela, una muchacha del interior con grandes tetas y un culo redondo y duro. Recuerdo que Pedro solía decir que sus corpiños debían ser parecidos a una carpa de circo. Cosa que todos pudimos comprobar que era falso.

Lo que también pudimos comprobar era el olor a pescado de su entrepierna que primero nos parecía nauseabundo y luego de unos minutos se transformaba en el elixir secreto en el que a cualquier ser humano le hubiese gustado naufragar. Y nosotros, los cuatro, lo hicimos muchas veces, era nuestro secreto. Claro, Gabi no era dueña de una belleza extraordinaria, creo que ni siquiera era dueña de una belleza ordinaria, lo que quiero decir es que si bien es cierto que todos sentíamos algo hacía ella, ese algo no era lo suficientemente fuerte como para salir a la calle tomados de la mano o para llevar su foto en la billetera. Ahora tal vez no piense lo mismo pero, es que cuando uno tiene catorce años es un perfecto idiota y lo peor de todo es que no lo sabe.

¿Qué cuando pasó por primera vez algo con Gabi? Tendría que hacer un ejercicio mental muy exhaustivo para poder decirlo, es que me confunden los hechos, así que voy a decirte cuando descubrimos Álvaro, Pedro, Danny y yo que éramos victimas de la misma pasión.

Fue unos seis meses antes de aquella tarde de junio. Para ser más preciso fue en navidad del 89. Fui a casa de Álvaro, le había quitado a la canasta de navidad una botella de vino, y quería compartirla con Álvaro escuchando el disco nuevo de Slayer que se había comprado, no recuerdo si fue Raining Blood o Season in the Abbys, lo que si tengo claro es que era de Slayer. Cuando llegué a la casa Álvaro, él no estaba, había salido con Danny para comprar la remera de Sepultura que hace tanto tiempo venía queriendola. Gabriela sacó medio cuerpo por la ventana de la cocina, había estado bañándose, lo supe por que llevaba el pelo mojado y estaba liada en una toalla (brillante deducción). Me informó de lo de mi amigo y me guiñó el ojo. Yo, como todas las veces anteriores, (que habían sido muchas y que entre ellas estaba mi vergonzosa primera vez) comenzaba un proceso vertiginoso de enrojecimiento de rostro, cosa que nos pasa a los muchachos más veces de las que quisiéramos, y estuve a punto de dar vuelta y salir corriendo, pero la carne es débil y más aun a esa edad. Así que me dije manos a la obra.

Aunque no era la mujer más hermosa del mundo, era maravillosa, era lo que toda mujer debe ser para un hombre en ciernes, era una maestra, (sé que estarán pensando que he cambiado el objeto sexual edípico por esta señorita, pero les puedo asegurar que no, mi madre nunca olió tan mal) me enseño el paraíso y sus alrededores envuelto en su piel y sus efluvios corporales y yo me dejaba macerar por sus pasiones. En realidad no podía hacer otra cosa, al estar con ella me quedaba paralizado.

Me llevó a la cama de Álvaro, me desvistió y comenzó a inundar mi piel con la suya, yo la miraba, siempre la miré cuando estábamos juntos, me encantaba ver su rostro, me hacía sentir hombre. Cuando el momento más álgido para ella (para mí todos los momentos eran álgidos, es lo bueno de las hormonas en la adolescencia) comenzaba a circundar nuestros cuerpos llegaron Álvaro y Danny. Gabi se lanzó, como si fuera una combatiente de Vietnam, debajo de la cama. Yo, caracterizado por la agilidad de mis movimientos, me quedé tieso en la cama sin poder moverme, recuerdo que lo único que hice fue pensar la frase -¡Gran puta!- y no me estaba refiriendo a ninguna mujer sino a mi suerte. Cuando la puerta se abrió yo todavía estaba en pelotas sobre la cama, Gabriela salió furibunda de su escondite y me dijo en guaraní que me mueva, que me levante, pero, cómo explicarle que no me podía mover, que algo me anclaba a la cama.

Claro, lo que pasó luego fue que fui blanco de muchas bromas a partir de ese momento, hasta que la reivindicación de la verdad llegó cristalina y filosa, ese momento en el que parece que los océanos se abren y un rayo justiciero rompe la tierra. Como ya dije, estaba siendo el bufón de la noche. Álvaro, Danny y Pedro estaban descargando artillería pesada contra mi debilitado autoestima de treceañero.

Es raro, con los años uno aprende a ser un poco como el Martín Fierro1, y ahora, aparte de no alardear de mis conquistas, mis niveles de exigencia también han bajado considerablemente. En estos temas del amor es así, cuando uno es un principiante pretende que puede lograr pasar el nivel más difícil, sin embargo cuando uno va adquiriendo más experiencia parece ir declinándose por los niveles más fáciles de juego y todas las conquistas son excepcionales. (a menor capacidad mayor tolerancia diría un ex profesor de física). Con lo cual, ahora que lo pienso, yo podría estar saliendo con ella sin ningún problema en este momento. Es más, creo que ahora me gustaría fisicamente, teniendo en cuenta me que gustaba más por lo que (me) hacía que por cómo se veía.

El caso es que yo estaba siendo apabullado, no solo por los comentarios sobre mi desnudez, sino por ser el galán de una sirvienta. Es que los chicos pueden ser muy crueles, y desgraciadamente casi siempre son más de lo que pueden serlo incluso. Yo no decía nada y aunque dicen que el que calla otorga, en ese momento el silencio era mi mejor defensa. El Fight Fire With Fire no funcionaba tal y cual estaban las cosas. Era como pretender ganar una partida de poker en un casino con un par de dos, o sea, prácticamente imposible.

De pronto, el rayo justiciero surcó la pesada atmósfera que nos rodeaba. La puerta se abrió y la luz vengadora entró escoltada por las enormes tetas de Gabriela. Mis amigos enmudecieron, se la veía furiosa, es que no era para menos, al burlarse de mi lo que realmente estaban haciendo era denigrarla a ella. Un silencio abrumador se apoderó de la habitación. Luego el relámpago calcinante recorrió como una centella el recinto rodeándonos a todos. -Y ustedes qué es lo que pueden decir- dijo la mujer con un guaraní entremezclado con español -Ustedes también comen de este puchero- Sus metáforas sonaban muy complicadas para mi inexperta mente y por un momento pensé que realmente estaba hablando de comida, luego aquel rayo de la verdad me iluminó y mi alicaída alma se empezó a incorporar revitalizada.

En mi cabeza las piezas empezaron a unirse y desde ese momento hice caso omiso a lo que Gabriela seguía diciendo (lo demás ya era producto de su enojo, yo ya tenía materia prima para fabricar una gran bomba nuclear). Lo que mi ángel guardián estaba diciendo era que ellos, los castos y píos hijos de mil putas de mis amigos, habían hecho lo mismo que yo, también habían sucumbido a la conquista de Gabriela. ¡Ay, Dios de los mares del norte, la venganza se estaba sirviendo con caviar y champagne del bueno! Pero de pronto algo hirió mi alma, y creo que nos pasó a todos por igual. Cuando el proceso de digestión de las palabras finalizó en mi cabeza me di cuenta de algo terrible, mucho más terrible que las burlas de mis amigos: Yo no era el único. Es la maldición de ser hombre, y más cuando tus hormonas te piden exclusividad a la hora de practicar el acto de procreación. Yo no era el único que estaba con Gabriela y aunque hace unos minutos estaba pensando que no me importaba en absoluto esa mujer y que maldecía la hora de haberme acostado con ella, que por qué lo hice, ahora me sentía traicionado, tanto que casi le increpé pidiéndole explicaciones.

Tragué un poco de saliva y trate de disimular mi herida de amor, como estoy seguro que todos los que estábamos en aquella habitación lo hicimos.

-¿Vos también?- dijo Álvaro mirando Danny, que parecía ser el más afectado por lo que estaba ocurriendo. Solo el silencio respondió a esa pregunta. Yo me pregunté que qué sintieron estos imbéciles cuando se estaban burlando de mi. Pero pronto esa pregunta se disipó, ya no tenia sentido pensar eso, ahora ya no solo éramos amigos sino que también cómplices de amoríos furtivos, y eso nos convertía cada vez más en adultos. ¡Qué tontos éramos, pero qué bien lo pasábamos!

Lo que no entiendo ahora, (en su momento ni se me pasó por la mente) es por que no lo hicimos en grupo. He de suponer que fue una cuestión de principios de ella, por que para que mentirnos ahora, ella era la que dictaba las reglas del juego, la expresión perrito faldero era la que mas se adecuaba a nosotros, en los seis meses siguientes ella fue nuestro más preciado secreto, nuestra más efectiva droga y nuestro pasatiempo favorito, aquello en lo que pensábamos cuando nos preguntaban ¿Cuál es tu hobby? Y respondíamos -Leer-



Aquel día frió de junio, después de seis meses de la navidad del 89, cuando llegue a la casa de Álvaro, él me abrió la puerta y me dijo que pase a su cuarto, que estaba en la parte trasera de la casa, al cual se podía acceder por el garaje y así lo hice. Pedro y Danny ya estaban dentro bebiendo cerveza y oyendo Kill em all de Metallica. La noche pronto cubrió con su manto de tinieblas la ciudad, y nosotros como aves nocturnas salimos. Fuimos a un concierto de un grupo que nos gustaba mucho. Se llamaba Stink y hacían Death Metal. Junio estaba mostrando la cara más fría del invierno austral en esos días y nosotros estábamos armados con mucho alcohol para hacerle frente. Los acordes de las guitarras entumecían mi mente y había sucumbido a una especie de catarsis histérico cuando sonó Mass Hipnosis de Sepultura, magistralmente interpretado por aquella banda de pelilargos desgarbados. A nuestra edad todo nos parecía sonar bien, y sumado a la edad estaba el alcohol que lo transforma todo en maravillas por lo menos en un primer momento.

El concierto terminó como a la una y media de la madrugada. La pregunta que surge en estos casos cuando tienes menos de dieciocho años es: ¿Y ahora qué hacemos? Claro que la respuesta es obvia. Nada. Nada o ir a casa de alguien a continuar con la juerga... y como si tuviéramos miles de alternativas nos quedamos pensando donde proseguir. La respuesta evidentemente la conocíamos: a la casa de Álvaro.

A las dos ya estábamos sentados en el piso y por nosotros ya hablaba el alcohol. Estábamos comentando el concierto y Álvaro, un apasionado de la batería, nos explicaba cómo Richi, el baterista de Stink, tocaba el doble bombo. Seguramente hicimos mucho ruido, por que despertamos a Gabriela que estaba en su habitación. No pasaron dos minutos desde que Álvaro empezó con su explicación de la técnica que tenía Richi a la hora de pisar los pedales del bombo cuando Gabriela golpeó la puerta. Álvaro nos dijo que bajáramos la música y que hiciéramos silencio, como si éramos nosotros los que estábamos zapateando como un bailarín de flamenco epiléptico. Abrió la puerta y la exuberante figura de Gabriela apareció a contra luz. -¿Qué pasa, están mis viejos? Preguntó Álvaro nervioso. La muchacha respondió que no y le pidió que salga. Mi amigo salió y nosotros guardamos el más absoluto silencio, no por precaución, sino para escuchar lo que decían. No pudimos oir nada. Danny se acercó a la puerta de puntillas y se apoyó a ella para oír mejor. -Parece que ya no están aquí- dijo y se volvió a sentar.

Pasaron unos diez minutos cuando yo perdí la paciencia y dije que saldría a ver que estaban haciendo que Álvaro no venía. Una mezcla de celos y curiosidad me invadía. Cuando salí al pasillo no ví ni oí nada, así que caminé hacia el fondo de la casa, por donde estaba la habitación de Gabriela. Llegue hasta un punto desde dónde podía ver su puerta, la cual estaba entornada, y pude observar como dos sombras se movían rítmicamente. Volví a la habitación y me preguntaron dónde estaba Álvaro, está tocando la batería, contesté.

Pasaron los que me parecieron los cinco minutos más largos de mi vida, hasta que Pedro rompió el silencio y dijo -Y si nos vamos a ver lo que están haciendo. No hizo falta que termine la frase para que Danny esté ya frente a la puerta tratando de ver como nuestro amigo le daba duro al bombo, pero no pudo ver nada. Decidimos acercarnos más, pero solo oíamos el gemido de Gabi. Los celos me invadieron así que más que ver ahora lo que quería era interrumpir. Fui hasta la puerta, pero los amantes se habían desconectado de la realidad. Los gemidos, que ahora eran gritos, nos hipnotizaron y Pedro abrió por completo la puerta. Gabriela amago con tirarse al suelo como lo había hecho cuando me descubrieron a mi con ella, pero no lo hizo. Álvaro estiró la sabana que estaba doblada y cubrió ambos cuerpos desnudos.

-Salgan- Dijo la muchacha pero Pedro lo que hizo fue tocar sus blancos muslos, la chica se retiró y se cubrió los pechos con la sábana. Todos avanzamos hacia ella como si de una presa se tratase, ella comenzó rehuyendo de nosotros, pero luego se relajó y de nuevo comenzó a gemir, pero esta vez suavemente, todos acariciamos su cuerpo y ella se estremecía en la cama. Estábamos como idos, éramos como bestias, la parte más básica de nuestra conducta estaba aflorando y ahora me viene en mente una frase de Hobbes que nos definiría muy bien: El hombre es un lobo para el hombre…

No intentamos desvestirnos, no hacía falta, el solo hecho de estar con ella en esas circunstancia saciaba nuestra libido mucho más que cualquier penetración. La muchacha surcaba los bordes del orgasmo y el clímax no solo se veía en su cuerpo en forma de una riada de placer, sino que se podía oler, saborear y tocar. Los movimientos que habían empezado suaves cada vez se iban convirtiendo en violentas convulsiones que la hacían saltar en la cama. Eso nos llevó al limité, no recuerdo haber visto la cara de mis amigos en aquellos instantes pero puedo suponer que estaba tatuado en sus rostros una imagen de fiereza, como las que tienen las hienas cuando se alimentan de un cadáver. Nuestras caricias se iban transformando a medida que ella surcaba el paraíso en fuertes roces dérmicos. Yo la miraba extasiado, veía como su rostro se crispaba de placer, como sus dientes se cerraban con fuerza y sus ojos se desorbitaban, en ese momento comprendí por que los niños creen, al ser testigos del coito, que ese es un acto de violencia extrema, y es que si quitábamos de contexto ese rostro cualquiera diría que aquella mujer estaba siendo victima de un tribunal de la Santa Inquisición.

El cuerpo de la chica comenzó a temblar y yo sentía que un torbellino de emociones quemaba en mi sangre. Un grito desgarrador salió de su boca, abrió los ojos y pude ver que ella estaba en otro mundo, la cama se movía y ella saltaba sobre ella, otro grito se escapó de garganta, y su cuerpo sudoroso se retorcia sobre la cama, subía muy alto su pelvis y luego la bajaba con fuerza, cada vez lo hacía con más fuerza y con más frecuencia, se movía de forma desenfrenada y mi mente estaba colapsando. De pronto, luego de un fuerte golpe en la pared ella se quedó quieta en la cama. No dejamos de acariciarla hasta que un grito de Pedro nos bajó abruptamente del cielo lujurioso donde estábamos. -¡Tiene sangre en la cara! Yo la miré y la verdad es que no solo tenía sangre sino que no tenía expresión. Todos nos apartamos y la miramos. Tenia la boca semiabierta, los ojos tampoco estaban cerrados del todo, y de la nariz le salía un hilo rojo de sangre. No nos movimos hasta que Álvaro se abalanzó sobre su pecho y apoyó el oído para intentar oír su corazón.

-Hijo de puta, está muerta! Las palabras de Álvaro parecían salir de una tragicomedia del cine negro inglés. Yo tomé el cuerpo en mis brazos traté de levantarla pero no pude. Humedecí mis dedos y se los puse frente a sus fosas nasales pero no sentí absolutamente nada. No éramos médicos, pero no hacía falta serlo para saber que Gabriela estaba muerta. En ese momento no intentamos explicar que fue lo que la mató. Ahora creo que se golpeó la nuca contra la cama y murió, de lo que comúnmente se conoce como desnucamiento.

Lo que hicimos después fue quizás el error más grande de nuestras vidas, pero esa fue la única solución que se nos ocurrió. A pesar de todo, esa noche nos consideramos con suerte. Los padres de Álvaro recién volverían el domingo por la tarde y estábamos en la madrugada del sábado. Teníamos tiempo suficiente para solucionar el error ortográfico del destino. No podíamos llamar a la policía, que tal vez hubiera sido la solución más razonable, o simplemente dejar el cuerpo donde estaba, total, quien sospecharía de unos niños de catorce años. Pero no lo hicimos, lo que hicimos fue peor que llevar una camiseta con la inscripción ¡Soy un Asesino, y qué!

Jamás ninguno de nosotros había cavado un pozo en su vida, ni siquiera creo que habíamos tenido una pala en nuestras manos, éramos lo que se dice unos niños incompetentes en estos menesteres, pero pensábamos que nunca era tarde para aprender, y cómo siempre decía Pedro: si puedo hacer una ecuación cuadrática perfecta, sin equivocarme, por que no voy a poder hacer algo que solo necesita fuerza. La cuestión era que para hacer un pozo se necesita algo más que fuerza, pero eso lo aprendimos sobre la marcha.

Lo que hicimos no era lo que se dice un pozo, pero estaba muy cerca de serlo. Lo habíamos hecho en las tierras de Don Jacinto, un terreno baldío que estaba cubierto de maleza. Nos demoramos algo así como tres horas en cavar un hoyo que era más largo que profundo, pero dada nuestra falta de experiencia en cuestiones necrológicas creímos que estaba bien. A pesar de que cuando terminamos ya era de mañana nadie nos vio salir del terreno. Ese día Danny, Pedro y yo nos quedamos en casa de Álvaro. Recuerdo que inventamos cada uno una cosa distinta para convencer a nuestros padres de que nos dejaran quedarnos en casa de nuestro amigo, lo que yo inventé fue muy absurdo, pero lo importante fue que ese día me quedé allí, esperando que se haga de noche para terminar con nuestra tarea. No hicimos nada ese día. Todos nos quedamos en la sala de la casa y evitamos hablar de lo ocurrido. Vimos la tele y comimos solo unas galletitas como desayuno almuerzo y cena.

Ese día no solo fue largo sino también aterrador. Las imágenes de Gabriela tendida en la cama desnuda arrebataban mi mente a cada instante, y todos lloramos de miedo por lo menos una vez durante es día. Nos preguntamos una vez más si lo correcto era enterrarla, y la verdad que no veíamos otra alternativa. Cuando el sol se ocultó aquel sábado por la tarde las horas parecieron durar doscientos minutos. Una lluvia tenue comenzó a caer a las 2 de la mañana del domingo, justo cuando nos dispusimos a entrar a la habitación de Gabriela. No encendimos la luz pero el cuerpo parecía irradiar una extraña luminosidad de muerta joven o por lo menos eso era lo que creí ver. Yo fui el encargado de tomarla de las axilas para llevarla hasta una alfombra que nos serviría de transporte. Grande fue mi sorpresa cuando sentí cómo el cuerpo estaba frío como un pedazo de metal y rígido como una pieza de yeso. Sabia lo que era la rigidez cadavérica, lo había visto en perros, gatos o ratas muertos, pero jamás la había sentido tan de cerca como aquella noche. Es que sentí que la muerte estaba tumbada, tomándose la libertad de dormir una siestesita en aquella cama dura y chirriante.

Hagamos esto rápido- dijo Danny, era él quien la sostenía de las piernas. Hasta ese momento no sabía que los muertos pesaran tanto. Nosotros dos no logramos moverla, así que Pedro y Álvaro entraron para ayudarnos. La movimos con dificultad, por que sumado al peso del cadáver, el espacio de la habitación era muy reducido. Cuando salimos por la puerta un haz de luz iluminó la cara de Gabriela, parecía suplicarme algo, parecía pedirme con la mirada que no la enterrara en aquel lugar, que yo iba a ser dueño de ese cuerpo por el resto de mi vida, pero ya era muy tarde, la decisión estaba tomada. Las finas gotas de lluvia comenzaron a mojar el cuerpo desnudo de la muerta. Noté que estaba hinchada y un suave olor fétido parecía salirle de la boca. La imagen era aterradora así que intenté pensar en otra cosa, pero la idea ya bailoteaba en mi cabeza y creo que hasta hoy sigue allí.

La llevamos a duras penas hasta el foso que habíamos cavado la noche anterior. La bajamos en el suelo y la desliamos de la alfombra en la que estaba envuelta. Danny iba hacer una especie de plegaria, pero Pedro se lo impidió. No había tiempo para eso. La empujamos con unos palos hacia el interior del hoyo y cuando cayó hizo un ruido sordo, parecido a cuando metes un pie en el lodo con fuerza. Tomamos la pala y la cubrimos con toda la tierra que pudimos. Danny nos contó, cuando todavía hablábamos del tema entre nosotros, que había soñado con la imagen del rostro de Gabriela que se empezaba a cubrir de tierra dentro de la fosa, y que ella le pedía ayuda.

Las matas nos ayudaron a cubrir el sitio, y a la mañana siguiente, cuando Álvaro fue a ver cómo había quedado el sitio nos dijo que estaba perfecto, que no se notaba nada.

Ahora lo único que nos faltaba era fabricar una historia sobre la desaparición de la chica. Una historia que por supuesto nosotros no la íbamos a contar, sino que ellos, los padres de Álvaro, tenían que ir deduciendo por si solos, y aunque puede parecer esto difícil no lo fue tanto. Danny nos contó que conocía a una chica que se había fugado con un novio, y sin someterlo a ningún análisis tomamos esa como una buena alternativa: La gente tenía que creer que Gabriela se había fugado con alguien. La mañana del domingo, antes de irnos a nuestras respectivas casas cada uno llevó una parte de la ropa de Gabi y la escondió o la tiró (yo particularmente la tiré en un tacho de basura, lejos de mi casa). Llevamos todo el dinero que había en un cajón del ropero (fuimos unos gusanos) y ordenamos la habitación como si ella lo hubiese hecho. No, ya sé lo que están pensando, pero no escribimos la carta de despedida, pensamos que sería muy obvio. Así que lo que dejamos claro era que la chica se había ido, y así lo creyeron.

Un aspecto que no tuvimos en cuenta fue el de los familiares de ella, pero resultó ser huérfana. Los padres de Álvaro la habían traído de un internado de una ciudad del interior. Esto nos alivió saber. Nadie la estaría buscando.

Pero aunque todo parecía perfecto en realidad no lo era, no lo era por algo fundamental: Nosotros sabíamos lo que había pasado. Volví a ir a la casa de Álvaro en esa semana por lo menos dos veces más, y les juro que el hedor era impresionante. Parecía que cuando pasaba por el patio baldío esa hediondez salía de entre las hierbas a atacarme y eso me dio miedo, ¿y si buscaban lo que olía mal? Pero no lo hicieron, ese era un cementerio de perros atropellados y gatos lujuriosos que morían por un poco de placer, como Gabriela, y la gente los ignoraba. Pero quizás ese olor no todos lo podían percibir, solo yo y mis amigos, porque era nuestro, por que ahora, más que nunca el cuerpo de Gabriela era nuestro.

Luego de dos meses decidimos que lo mejor era que no nos volviéramos a dirigir la palabra y hasta hoy no lo hacemos, aunque estoy seguro que aquella lombriz que está carcomiéndome las tripas también vive en ellos, la misma lombriz que me atormenta estará atormentándoles a ellos y eso me consuela, saber que no estoy solo, aunque a estas alturas lo único que quiero es que esto acabe. Ojala la presión que siento en el pecho disminuya después de haberte contado todo esto, es lo que más quiero, si no, te juro que sería capaz de ir a reunirme con Gabriela, esté dónde esté…


San Lorenzo, Diciembre de 2004.-


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Augusto Daniel Román

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1<<Todo bicho que camina va a parar al asador...>>

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