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"La
realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ella, no
desaparece". |
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Cuentos y Escritos>Las Seis
Las seis
Carla se despertó sobresaltada, no me dijo nada, solo que me vaya de su lado, le pregunté qué pasaba y me contesto gritando que pasaba todo, que ahora estaba pasando todo lo que en su momento no pasó y que era hora de saldar cuentas. Obviamente no entendí lo que me estaba diciendo. Estaba pasmado, tenía una rara combinación de extrañeza, miedo y sueño. Eran las tres de la mañana y el porcentaje de alcohol que tenia en la sangre era, por lo visto, todavía el suficiente como para que mi mente trabaje al mínimo de su capacidad. -¿Qué dices?- fue la expresión más acertada que mi mente podía esbozar a esas horas y en esas circunstancias. –¡Duérmete!- continué. -Vete de mi lado. ¡Ahora, cerdo asqueroso!- sorprendido le pregunté que había dicho, aunque realmente lo había entendido a la primera. No esperé a que me lo repita cuando le dije que por favor se deje de tonterías y siga durmiendo. –Te estoy diciendo que te vayas, imbécil- cuando terminó de espetar esa frase todas las posibilidades de que ese altercado forme parte de un anecdotario sin importancia de la parte occipital de mi cerebro desaparecieron. -¡Oye, y a ti que bicho te pico! -Por favor Juan –dijo entre sollozos- vete, luego te cuento, es algo importante, pero ahora por favor vete-. No tenía la más mínima intención de moverme de donde estaba, es más no lo hice, había comenzado a enfadarme, faltaban poco más de dos horas para que el maldito despertador perturbe mis pocas horas de descanso y ahora la histérica que tenia como esposa venía a obligarme a que me vaya de la cama, pero será imbécil me dije, y me incorpore para mirarla a los ojos, a ver si era cierto lo que había oído. Lo que vi fue lo más sorprendente que jamás haya imaginado: Carla estaba empapada en sudor, aunque la habitación estaba fría, entre las gotas de sudor me pareció ver hilos de sangre disuelta que descendían de sus cabellos, su cara estaba desfigurada, al ver su boca retorcida me pregunté cómo era posible que estuviese hablando, su cuerpo entero temblaba y su respiración parecía agitada, aunque no se oía cuando exhalaba el aire por sus fosas nasales. Sus párpados inferiores estaban negros, como si estuviera maquillada y su lengua bailoteaba entre sus dientes. La figura de la mujer con la que me había casado era espantosa. En ese momento sentí que de todo lo que sentía, el miedo era lo que iba ganando terreno. -¡Ca... Carla! ¡Que mierda pasa, Carla!
-¡Ve – te! –dijo y pude ver como su cara se transfiguraba cuando pronunciaba esta palabra, le intenté tomar de la cara, pero cuando mis manos tocaron su piel sentí que estaba ardiendo. Me deslicé un poco hacia atrás para tratar de aclarar lo que estaba viendo, por un momento pensé en pincharme un brazo, después de todo era lo que hacían en las películas para ver si lo que estaba ocurriendo no era un sueño, o una pesadilla en este caso. Pero no lo hice, no hizo falta, una bofetada me hizo entrar en el mundo de lo real muy bruscamente. En ese momento pensé de todo, desde si en su familia había algún antecedente de locura hasta la posibilidad que existía de que tantas telenovelas por fin estén surtiendo efecto, el caso es que no hubo tiempo para seguir con el análisis por que ella rompió en llanto, revolcándose en la cama comenzó a rasgarse la ropa, yo estaba verdaderamente asustado, nunca pensé que ver a alguien hacer eso podría ser tan desconcertante. Le llamé fuerte por su nombre -¡Carla!- como dicen por ahí que hay que hacer con la gente que ha perdido la razón, pero la mujer solo respondió dando saltos convulsos en la cama. Para entonces ya estaba de pié. Era evidente que no volvería a dormir, pero las cosas en vez de calmarse iban empeorando.
-¡Está viniendo, no quiero que te encuentre aquí, por favor vete, hijo de puta! –Su voz había cambiado por completo, sonaba gutural, como el alarido que emiten los cerdos cuando están siendo degollados. –Vete, vete, vete, vete! ¡Ah! No, no, no te vayas, quédate, a lo mejor así termina todo antes. Le dije que si, que me quedaba y cuando terminé de decir eso ella empezó a hablar con alguien. Me miró luego y comenzó a hablar como una niña. Está poseída, pensé. –Nosotros lo hicimos, te acuerdas... ¿te acuerdas que lo hicimos, amor? Yo llevo muchos años soñándolo, no te lo dije por que no me hubieses creído- su voz era la de una niña de ocho años, y comencé a estar seguro de que estaba poseída. –Si, Juan, él viene a llevarnos a mi y a ti y a sus hermanitos, viene por nosotros, siempre viene- sus palabras resultaban inentendibles para mi, a medida que hablaba menos la entendía, no entendía quien vino, quien vendría por nosotros, con quien soñaba... pero no quise preguntarle nada, no en ese momento. Ella cayó al suelo desde la cama y un ruido sordo hizo su cuerpo al rebotar contra el suelo. –No quería que te encontrara aquí, pero ya es tarde- ahora su voz se normalizaba –pero es mejor, mejor, mejor, mejor... ¡NO ME DIGAS QUE NO TE ACUERDAS, MIERDA! –Gritó- ES NUESTRO BEBÉ, EL QUE TU Y YO MATAMOS ¿ NO TE ACUERDAS, MIERDA? Su voz cambió de nuevo de tono y se volvió infantil. –el siempre viene en sueños a visitar a su mamá, viene a ver a sus hermanitos- A la par que hablaba iba haciendo muecas con las manos como si fuera una niña que juega con muñecas, yo no hacía más que mirar –pero yo nunca dejo que los vea, cómo piensas que les voy a decir a ellos que yo maté a su hermano mayor, HE, MIERDA, CÓMO PIENSAS QUE LE VOY A DECIR ESO –gritó de pronto- sabes que veo en mis sueños su cabecita aplastada por las curetas y sus bracitos y sus dedos desechos en coágulos de sangre. ¡SABIAS ESO HIJO DE PUTA!, bramó una vez más y luego se tumbó en el suelo, comenzó a girar sobre él, hasta el punto que la mitad de su cuerpo quedó bajo la cama.
Lo que pasó después fue más raro aún, pude ver como ella arrullaba a algo aunque no tenia nada entre sus brazos, oía su voz pero no entendía nada de los que estaba diciendo, su cara seguía desfigurada, y cuando vi sus ojos me di cuenta que estaban en blanco. Me acerqué a ella cuando se dirigió hacía mi, y me dijo, que él siempre venía a verla y que ahora venía a llevarla, luego se acarició el cuello, lo tomó firmemente entre sus flacas manos, se presionó la traquea y se desvaneció.
Son las seis de la mañana y yo aún sigo esperando o que el despertador suene y que todo haya sido una pesadilla o que si no es así me encuentren aquí, junto al cuerpo lacerado de Carla, a ver si me creen lo que les tengo que contar y no me culpen de su muerte, aunque sé que si esto no es una pesadilla (y todo parece indicar de que no lo es) lo más seguro es que crean que yo la estrangulé, yo ya no sé que creer, de lo único que me arrepiento es de no haber salido de la habitación cuando ella me lo pidió.
Madrid, 10 de diciembre de 2005.-
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