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Cuentos y Escritos>La Víspera
(Para mi Abuelo, que tantos cuentos me contaba)
La Víspera
Hoy es la víspera del día de mi muerte. Lo sé. No me lo dijo nadie, pero es como si todos, con sus miradas, con sus palabras me lo dijeran. Lo supe hace siete años, y hace catorce. Lo supe justo aquél día del que la memoria me juega una broma y solo recuerdo fragmentos efímeros y truculentos.
Ya han pasado 21 años desde que aquélla tarde noche vi el rostro al ser más despiadado de todos. No puedo decirles el nombre. No puedo decirles que se trataba del demonio. No sé quien era, solo sé que desde que lo miré a los ojos, o más bien, desde que los miramos, nuestras vidas no fueron las mismas. Domingo y Arcadio ya no pueden contarlo. Sus vidas se apagaron como seguro se apagará la mía. Lo supe con la misma certeza que tengo ahora de que mi muerte está a la vuelta de la esquina, hace siete años y hace catorce. Tampoco sé como lo sé, solo sé que lo sé. Creo que es una especie de castigo. Ni Domingo ni Arcadio sabían lo que yo sé. Ellos simplemente vivieron sus vidas hasta que un día se apagaron. A Arcadio llegue a decirle que moriría, que yo lo sabía. Claro, no me creyó, fue mejor así.
Los recuerdos revolotean sobre mi cabeza cómo mosquitos al atardecer. Mis ideas son febriles. Están agonizando. Yo estoy agonizando.
Mi agonía comenzó un día de octubre de 1952. Alfredo Stroessner todavía no era presidente y yo vivía a la vera del Río Paraguay, en un islote que cada mes de mayo dejaba de ser mi hogar cuando la creciente lo ocupaba. Vivía en aquél lugar desde que la revolución terminó, en el 47. No hacía mucho, recuerdo que en ese entonces todavía tenía pesadillas con el pelotón de fusilamiento apuntándome, mientras el viento norte besaba mi cara y la luna tardía y pálida miraba atónita la escena, acompañada por el sol conformando, ambos astros, una dualidad terrorífica.
Pescaba, cazaba... Haber estado en una guerra civil trae muchos inconvenientes, sobre todo si uno pertenece al bando perdedor, es por eso que necesitaba hacer eso para poder mantener a mi familia. Sin embargo, para octubre del 52 ya había vuelto al pueblo de Puerto Casado, confiando en que la gente no me reconocería, y así fue. Tenía amigos, y aunque todavía no trabajaba en la taninera, estaba a punto de hacerlo. Aquel cuatro de octubre subí al Toyopé a las cinco de la mañana, como ya lo había hecho en otras tres oportunidades para ir a cazar. Disponer de un medio de movilidad como una camioneta en esa época era todo un lujo, además, siempre que podía aprovechaba ese tipo de oportunidades por que implicaba, no solo no caminar hasta dónde estaban las mejores presas, sino que, sobre todo, era ir con gente baqueana, que conocía el terreno, y que por supuesto, sabía dónde estaban los mejores venados. Domingo tenía entre sus piernas flacas y largas una pava con agua caliente para el mate. Yo iba a ser el encargado de cebarlo, porque era el que iba pegado a la ventanilla de la camioneta. El camino estaba en muy mal estado. No hacía mucho tiempo que se terminó de reparar el tendido de las vías del tren que transportaba tanino desde el corazón del chaco, y las maquinarias que utilizaron para hacerlo dejaron enormes baches, a veces infranqueables, para un vehículo pequeño como el nuestro. Así que, en esas circunstancias, la tarea de cebar el mate no era cosa de niños, era muy delicada, y sobre todo de alto riesgo. Nadie quería terminar con una quemadura de tercer grado en todo el brazo en uno de los lugares más inhóspitos de la tierra... Después de dos horas de camino llegamos al sitio ideal. Sabíamos que el rugir del motor a diesel debería haber ahuyentado a cualquier ser vivo que merodeaba por esos lares, así que al descender de la camioneta, tomamos nuestros rifles, -yo tenía un .30 de la guerra del Chacho que me habían vendido en el almacén de don Alfonso por unos pocos pesos reales-, y nos dirigimos a pié a la espesura de palmas y algarrobos. Caminamos otros treinta minutos, siempre en dirección norte para no perder el rumbo. Solo los que conocen el chaco saben lo peligroso que es perderse en aquel paisaje aterradoramente monótono, donde todos los sitios parecen ser el mismo sitio, donde no existen puntos de referencia, donde hasta el sol parece moverse en el firmamento y bailotear con las libélulas antes de que estas depositen sus larvas en las esporádicas charcas de octubre.
Caminábamos separados, a unos metros unos de otros. Yo tenía una alforja pequeña, aparte del rifle, que colgaba de mi hombro. En ella tenía dos hogazas de pan y un pedazo de andaí hervido del día anterior. Arcadio era el encargado de llevar el agua. Y Domingo cargaba también con una alforja grande con más pan y un poco de cecina. Mientras caminábamos vimos varios armadillos, a mi me entraron ganas de dispararles, pero me contuve, sabía que aunque comer andaí y pan ya no tenia ninguna gracia, encontrar una presa de mayor porte era cuestión de tiempo y de sigilo. De pronto Arcadio vio algo, yo desde donde caminaba pude ver su rostro, quebrado por un rictus de sorpresa infinita. Domingo preguntó que qué pasaba, pero Arcadio no respondió. Yo traté de buscar con la mirada lo que lo había sorprendido. No vi nada, así que me acerqué hasta él.
Yo sabía lo que todo cazador sabe. Aunque había vivido toda mi vida en Asunción, el haber tenido que vivir escondido desde que terminó la revolución, me hizo conocer todo lo que se refiere a la caza y la pesca. Sabía cosas tan triviales como que la boga, una especie de carpa de aguas templadas, se pescaba con maíz, o que el pacú se pescaba con frutas, y que la naranja era la que mejor resultados tenía como señuelo. Sabía que debajo de las plantas escuálidas de los apepús descansaban, enrollados sobre sí mismos, los tatú bolita, y que para cazarlos lo mejor era utilizar una vara puntiaguda y clavarlos en el abdomen. Sabía también que a los jaguareté nunca había que mirarles a los ojos, porque tenían el extraño poder de la hipnosis, y que si uno los miraba por espacio de cinco segundos era seguro que terminaría siendo la cena del mamífero cazador más grande de los bosques suramericanos. Sabía además que el mboí chiní solo mordía por la noche, y que el mejor antídoto para su mordedura era beber la sangre de su cascabel. Sabía todo esto y también sabía que si uno veía un ciervo blanco, totalmente blanco, eso significaba que donde el animal posaba su hocico para pastar, en ese lugar, en ese mismo lugar había un tesoro, la famosa plata yvyvy enterrada por los combatientes de la guerra grande, allá por el 1869, cuando las tropas paraguayas huían del enemigo que había tomado ya la capital. Decían los lugareños que nunca había que disparar a aquel ciervo, puesto que no era un ciervo, sino una especie rara de mala visión, hijo malhabido de Tupá y Queraná, deidades ancestrales de las tribus guaraníes. Decían además que si el ciervo blanco se dejaba ver era por que la persona o las personas que lo veían eran dignas del tesoro que él escondía. Y habían también unas normas de procedimiento para desenterrar el tesoro. La primera regla era, no contar a nadie de la existencia del tesoro. La segunda, esperar por lo menos siete años para comenzar a gastar el dinero producto del tesoro desenterrado. Y la tercera y última regla era, que si un hombre que por casualidad pasaba por el sitio dónde se estaba desenterrando el tesoro y pedía alguna cosa, se la tenía que dar. Sea lo que fuere.
Lo que Arcadio había visto fue el ciervo blanco. Ahí estaba, esbelto, robusto, impávido a nuestras atónitas miradas. Nosotros mudos no podíamos creer lo que veíamos. Los tres sabíamos lo que aquello significaba, y nos miramos unos a otros para averiguar si todos veíamos lo mismo. Yo balbuceé la palabra ciervo con dificultad y Domingo dijo: blan... blanco. ¡Si! Los tres lo estábamos viendo. Estaba a unos veinte metros y nuestra presencia parecía no inmutarle. Arcadio sugirió que nos acerquemos a él y así lo hicimos...
El animal no se movió. Lo rodeamos una y mil veces, pero el bicho solo levantaba la cabeza de vez en cuando para mirar al horizonte que terminaba en el palmar. No lo conversamos. Los tres, intrínsecamente, sabíamos lo que teníamos que hacer. El único que hizo un comentario fue Domingo que dijo en guaraní: Debe ser grande lo que está enterrado aquí, por eso lo cuida tanto. Y lo era... realmente lo era.
En la camioneta de Arcadio siempre habían palas. La cacería había terminado abruptamente y ahora parecíamos tres mineros a punto de internarnos en unas de esas cavernas subterráneas para ir a por carbón. Por un momento tuve miedo, no por lo que estaba ocurriendo, aunque a decir verdad la presencia del ciervo me ponía un poco nervioso, sino por mi situación en todo ese asunto. Yo era el solo el “conocido” de estos dos hombres, -no se podía decir que fuésemos amigos en aquel entonces- que más bien por caridad me habían llevado a cazar. Ambos sabían que solo tenía a una mujer que me llore, que a decir verdad ellos jamás habían visto. La cacería es peligrosa, siempre puede ocurrir un accidente, y por momentos creía que podía ser yo victima de uno de esos accidentes. Pero me tranquilizaba el hecho de que el ciervo blanco se nos mostró a los tres. Eso quería decir que ninguno de los tres teníamos pensamientos malos, ni que éramos hombres malos, y aunque hay quien dice que el dinero transforma al hombre en el animal más básico de la creación, este no fue el caso.
Comenzamos a cavar a las nueve de la mañana más o menos. La tierra era dura y los primeros centímetros fueron muy difíciles de perforar, pero lo hicimos. Me llenaba de felicidad el alma pensar que mis problemas habían terminado. Era la mejor cacería de mi vida, podría vivir sin problemas, podría regresar a Asunción con mi esposa, podría ser nuevamente una persona de bien, como cuando trabajaba en la Corned Beef del barrio Sajonia. A las seis de la tarde de aquel seco octubre, después de haber cavado incansablemente dos metros y medio de profundidad, llegamos hasta un gran cofre de madera, medía, aproximadamente, metro y medio de largo, y unos noventa centímetros de ancho. La madera estaba en buen estado, me preguntaba quién había sido capaz de cavar tanto para enterrar un tesoro, en una guerra, y aún más, quien lo había traído hasta aquí, y cómo... no tenía mucho sentido, pero lo cierto era que ahí estaba el baúl y que todo lo que él contenía podría contener era nuestro. No lo intentamos extraer del buraco, suponíamos que pesaría demasiado. Tenía un candado corroído. “-¿Si alguien tuvo tanta tenacidad para llegar hasta este punto, sea quien fuere la persona que enterró esto, creía realmente que un candado, un simple candado, lo detendría?”- Pensé-. Domingo lo rompió sin dificultad y entre los tres, ayudados de cuerdas, intentamos abrir la tapa. A lo lejos, a medida que el sol iba marcando su retirada, escoltado por el canto del corochiré, el ulular de los carajá enraresía el aire. La temperatura al entrar el sol había descendido unos 5 grados y la diferencia se notaba en nuestras pieles. Como el chaco es un desierto disfrazado de paraíso terrenal, a veces pierde la compostura y muestra sus garras, como el león ra'y, que aunque lo domestiques nunca olvida que sus garras pueden ser muy efectivas para dar un estatequieto a cualquiera que ose molestarlo.
Creo que mi mente se negaba a creerlo. Pero allí estaba. El resplandor del oro que salía del pozo era tan fuerte que la luna no mostraba su pálida cara por vergüenza. Ninguno de los tres estaba en condiciones de hablar. Arcadio dijo que nos retiráramos un poco. Dijo que el oro, cuando está guardado por mucho tiempo, despide un gas que puede matar al que lo aspire. Así que lo mejor era dejar que nuestro tesoro se aireé un poco. Ahora, después de haber cavado todo el día bajo el calcinante sol del trópico de Capricornio, no iba a joderlo por no esperar unos minutos a que el oro se aireé. Era mucho, muchísimo oro. Cuando abrimos la tapa pude ver desde pendientes, hasta una coronita, de esas que usan las princesas, llena de perlas y zafiros... había de todo, anillos enormes como los mamboretá; cadenas interminables, rosarios de coral, y muchas cosas más que yo no pude identificar. Domingo dijo que lo mejor sería que entremos por turno, desnudos, para evitar especulaciones, y que mientras uno estaba adentro los otros dos lo vigilarían desde arriba. Luego de quitarlo por completo pesaríamos el tesoro y lo dividiríamos entre tres. “No me importan lo que hagan con él” -dijo Arcadio- “pero no se olviden que se dice que no podemos gastarlo hasta que hayan pasado siete años”. El primero en entrar fue Domingo, cargo una cantidad razonable como para poder levantarla del pozo y subió. Cuando terminó de incorporarse, todavía en el borde del pozo, bajo la luz lastimera del Lampíun, vi su rostro crispado, y sus ojos inyectados de miedo que se perdían en el oscuro paisaje chaqueño que todavía la tardía luna no besaba con su blancos rayos de penas. Miré intentando ver lo que había dejado paralizado a Domingo, y lo que vi me dejó igualmente petrificado: El ciervo blanco comía plácidamente de la mano de un hombrecillo negro como el bleque, con un sobrero, como el que dicen que llevaba Emiliano R. Fernández en la guerra del Chaco, y una ropa de color marrón rotosa como la de un ex combatiente. El hombre giró sobre si mismo, en aquel momento me pregunté un millar de cosas, desde qué hacía un hombre tan despreocupado en aquél paraje tan remoto del mundo, hasta que ese era el día de mi muerte, y que aquella era la visión que tiene todo moribundo de su muerte. Caminó lentamente hacía nosotros, Arcadio retrocedió un poco, lo sé por que al hacerlo me pisó un pié, yo no me moví. Los tres estábamos estupefactos con lo que estaba aconteciendo. Dio tres pasos más y extendió la mano mirando fijamente a los ojos de Domingo, aunque pensándolo bien, creo que nos miraba a los tres. Movió la mano en un gesto de demanda, Domingo meneo la cabeza y como victima de un espasmo dijo: ndarekoi mba'eve ndema'erá che ru... Pero si tenía, se había olvidado de una de las condiciones para que el tesoro pueda quedarse con quien lo desenterró: Dar lo que sea a cualquiera que se acerque a pedir algo..., quizás con un anillo pequeño hubiese bastado, quién sabe. En aquel remoto paraje del mundo que alguien se acerque ya era sobrenatural, así qué, Domingo y Arcadio, y yo nos equivocamos, y él, el hombre que alimentó al ciervo blanco desde su mano, lo supo, aunque nosotros dos no lo dijimos en voz alta, lo pensamos, pensamos en decir lo mismo que dijo Domingo: No tenemos nada para usted, caballero... Fuimos necios... Pero pagamos caro por ello. En aquél momento, el ciervo blanco, que miraba la escena con la pasividad de siempre, el hombrecillo haraposo y el tesoro se convirtieron en miles de pequeñas hormigas rojas, de las que pican. Mientras nos alejábamos del lugar, consternados, yo pude ver como moriría Domingo, luego Arcadio y luego yo, todos con siete años de diferencia, pude ver el momento exacto de mi muerte, y la de mis amigos y supe desde ese día que hoy sería el día que escribiría esto, el día de la víspera de mi muerte.
Madrid, 24 de noviembre de 2007.- ______________________________ Este Relato es producto de la ficción, basado en una historia que me contaba mi abuelo, todo lo que él contienen es ficción y ningún dato puede ser tomado como correcto.
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