Huaraz,
Director: Pelayo Luciano Salazar
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Machu Picchu
y su futuro

Una movida de último minuto del gobierno peruano impidió lo que parecía inevitable: la inclusión del santuario nacional de Machu Picchu en la lista del patrimonio mundial en peligro. Si bien cabe alegrarse de que semejante baldón no haya caído sobre los peruanos -porque es uno de los símbolos que identifican a nuestro país en el mundo- hay que decir con toda claridad que solo se ha obtenido una prórroga y que la situación volverá a plantearse a menos que el Estado cumpla aquello a lo que se ha comprometido.

Este compromiso ha sido expuesto por el viceministro de Turismo Sergio Bravo -cabeza de una delegación integrada por los ministerios de RREE, Comercio Exterior y Turismo e INC de Cusco- ante el Comité de Patrimonio Mundial de la Unesco reunido en Suzhou (China) y lleva el nombre de Proyecto de Reordenamiento y Rehabilitación del Valle de Vilcanota, que es la zona en la cual se encuentra Machu Picchu y su entorno.

Al decir entorno se involucra al causante principal (pero no el único) de la situación: el pueblo de Aguas Calientes, demostración de lo que puede causar el desprecio de la ley en materia de urbanización salvaje y especulación irresponsable. En Aguas Calientes, un poblado de 3.000 personas ubicado al pie de la ciudadela inca, existen dos hoteles de seis pisos, hostales, restaurantes, un mercado artesanal, prostíbulos y edificaciones en laderas que sirven de desfogue natural en una zona de lluvias.

Aunque no pocos expertos insisten en que lo mejor sería su erradicación a otro lugar, el Plan Vilcanota se compromete a convertirlo en un poblado ecológico, con crecimiento ordenado y zona de servicios al turismo, con hoteles, restaurantes y tiendas de artesanía, impidiendo y regulando la expansión que se ha constituido en la mayor amenaza para la estabilidad de la ciudadela inca.

Como parte de este plan se reubicará las construcciones que ocupan 279 personas, las cuales habitan laderas de cerros del lugar, zona vulnerable a desastres naturales como deslizamientos y avalanchas, tal como quedó demostrado hace pocos meses, cuando la crecida de una vía de agua ocasionó el bloqueo de un cauce, inundación de viviendas y varias muertes.

El proyecto propone también recuperar los bienes históricos, ecológicos, culturales y sociales del santuario de Machu Picchu, muchos de los cuales no han sido suficientemente estudiados ni puestos en valor. Debe preservarse los canales de drenaje que se encuentran en servicio y la vegetación protectora que es esencial para el medio ambiente, pues impide la erosión y permite el desarrollo de la fauna y flora propias, etc.

No debe olvidarse que de estas medidas no puede excluirse a la ciudadela inca, que no es una mina de oro cuya explotación puede expandirse ilimitadamente. Hay que tomar en cuenta estudios geodinámicos y de calidad de suelo, los cuales han establecido que Machu Picchu solo puede aceptar un máximo de 2,200 visitantes por día, o de lo contrario sufrirá un deterioro irreparable.

De acuerdo a lo que se ha anunciado, el Estado ejecutará este proyecto en un plazo de tres años, con una inversión de ocho millones de dólares y la participación de varios municipios del Cusco, el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, el INC, Inrena y el Consejo Nacional de Medio Ambiente. Esta confluencia luce frondosa y burocrática. Ojalá dé paso a una estructura ejecutiva eficaz y rápida.

Esto último es fundamental, pues no se trata de esperar a que estemos en vísperas de una nueva reunión del Comité del Patrimonio Mundial para tomar medidas cosméticas que nos saquen de apuro. Ahora existe un compromiso en firme del Estado peruano para proteger Machu Picchu de la amenaza que se cierne sobre su futuro, y el cumplimiento de ese compromiso será evaluado con rigor por la Unesco. Si el santuario es declarado en peligro, será por causa de nuestra propia desidia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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