
La
Constitución y
el presidencialismo
Rafael
Roncagliolo.-
El
Ministerio de Justicia ha tenido la feliz iniciativa de organizar
un ciclo de conferencias sobre la necesidad de una nueva constitución.
Este ciclo, inaugurado el viernes pasado, debe servir para repensar
los temas de fondo de nuestra institucionalidad democrática.
Uno
de ellos, si queremos una nueva Constitución para el siglo
XXI, es sin duda el del régimen político, lo que,
en su versión más simplificada, se refiere al dilema
entre presidencialismo y parlamentarismo.
Prácticamente
no hay político que no critique el presidencialismo exacerbado
que ha agobiado toda nuestra vida republicana y que es una de
las causas directas y principales de que no tengamos un sistema
de partidos sólidos. El presidencialismo, en efecto, ha
contribuido a constituir a una vida política que gira,
cada día más, en torno a caudillos y no a organizaciones,
y en la que los partidos se reducen crecientemente a la condición
de meras maquinarias electorales.
Entre nosotros, quienes ejercen los protagonismos del gobierno
y de la oposición han sido siempre personalidades individuales
más que colectivos partidarios. Así, todos saben
que, en nuestra historia, cuando un presidente ha nombrado a sus
ministros entre los miembros de su partido, ello no ha significado
que sea el partido el que gobierne.
Pero,
a pesar de la extendida crítica al presidencialismo, a
lo más que llega nuestra discusión constitucional
es, por lo general, a proponer algún aumento en las atribuciones
del Presidente del Consejo de Ministros, lo cual es bueno pero
insuficiente. Los argumentos utilizados para justificar la ausencia
de propuestas parlamentaristas son principalmente dos: el primero
es que el parlamentarismo va contra la tradición; el segundo,
que para salir del presidencialismo se requiere previamente contar
con partidos fuertes.
El
argumento conservador, según el que no deben alterarse
las tradiciones, se inspira en la idea de que es preferible lo
malo conocido que lo bueno por conocer. Un argumento feble, ya
que sólo cabe argüir el valor de la tradición
cuando ésta se ha revelado mejor que otras alternativas,
lo que no puede probarse en el caso del presidencialismo, precisamente
porque nunca hemos experimentado un régimen diferente.
A pesar de que la inmensa mayoría de las democracias contemporáneas
son parlamentarias.
Y
en cuanto al prerrequisito de los partidos fuertes, habrá
que recordar que no los tendremos (a pesar del enorme paso adelante
que es la ley de partidos) mientras no tengan la oportunidad de
asumir corporativamente las funciones del gobierno o de la oposición.
Cuando
ese sea el caso, pondrán mucho más cuidado al elegir
a sus candidatos al Congreso. De modo que pedir que haya partidos
fuertes antes de salir del presidencialismo es, en la práctica,
negarse a cambiar de régimen político. A nadar,
se aprende nadando.
Conviene
recordarlo ahora, precisamente porque la frustración constitucional
que vivimos requiere recuperar un debate que atienda no sólo
a los procedimientos para llegar a la nueva Constitución
sino que, también y sobre todo, a sus temas sustantivos.