Vigésimo
tercer Acto: Acuerdo
Dentro
de diez minutos sonaría el timbre, indicando que las clases acabarían. Tendrían
todo diciembre desocupado y el examen de historia que tenían en frente terminaría.
Aoshi
miró a sus amigos, quienes también estaban dando sus exámenes: Kenji y Reika
respondían apresurados las preguntas que les faltaban, Ryo estaba haciendo
tiempo mientras aguardaba con su examen lleno, Madison estaba dudando si marcar
alguna opción, Tetsuo trataba de ver el examen del costado y Lena era la que se
veía más tranquila durante la resolución (después de Ryo, claro). Ésta vez
Yamaki tenía la confianza de que este sería el mejor examen que hubiera dado
en todo el año.
Cuando
se acabaron las clases, los cinco salieron juntos, dirigiéndose hacia la casa
de Ryo, adonde también irían Maaya y Mizuki.
–No
puedo creer que me hayan faltado cinco preguntas – renegó Reika.
–Eso
es sólo la cuarta parte de lo que me faltó llenar – comentó Tetsuo.
–Te
vi más relajado en el examen, Aoshi – comentó Madison – ¿A qué se debió
ese milagro?
–Estudié
– contestó él despreocupado – ¿Me van a decir ahora que eso no es normal?
–¡Sí!
– respondieron todos al unísono.
–Está
bien... Ya les cuento a qué se debió esa iniciativa – Aoshi se quitó la
guitarra y la mochila de los hombros y aflojó la corbata de su uniforme – ¿Recuerdan
que mis papás llegaron ayer?
–Sí.
Van a pasar navidad con ustedes – dijo Tetsuo – ¿Qué tiene que ver? ¿Tu
papá te obligó a estudiar?
–Mucho
peor... Lo que pasó fue que ayer estaba a punto de irme a dormir cuando empiezo
a escuchar... – se detuvo al sentir escalofríos, con lo cual sus amigos
entendieron – Escuchar a tus papás teniendo sexo no es nada agradable. Tenía
que pensar en otra cosa para no escuchar, así que cogí el libro y me puse a
leer en voz alta. Aunque en ese momento envidiaba a la enana de Emi, que se había
quedado a dormir con una de sus amigas. Hoy, cuando vi esa hoja, ya tenía todas
las respuestas.
Los
demás se le quedaron mirando e imaginaron lo feo que debía ser escuchar ese
tipo de cosas y recordaron cómo eran los papás de Aoshi. A cada uno le dio un
escalofrío por igual.
–Aunque
fue una suerte. Apuesto a que te habías olvidado de que hoy era el examen de
historia – inquirió Kenji.
–Sí
pues – rió con una ceja torcida – Como sea. Al menos pasé el examen.
–Yo
creí que eras alérgico a la educación – bromeó Ryo.
–Igual
yo... Aunque no sé si puedas decirme eso “Comelibros” – se burló el
castaño.
Antes
de irse, Kenji vio que Sakura se iba en otra dirección en su bicicleta. No había
ido a saludarles como hacía siempre, lo cual captó su atención. Al darse
cuenta de que se podría estar preocupando más de la cuenta, sacudió la cabeza
y pensó que tal vez Sakura tenía que ayudar a su padre en la herrería.
Cuando
trató de llamarle, Sakura ya había doblado la esquina y ya no estaba a la
vista.
*
* *
–¿Esto
es lo mejor que consiguieron? – preguntó Antíope al ver la casa en la que
estaban.
Era
una casona grande, al estilo tradicional. De varios pasillos de madera, un gran
jardín seco y muchas habitaciones con puertas de papel. La muralla que rodeaba
la casa se veía reconstruida, ya que la pintura y el cemento se veían
diferentes en una sección, como si algo hubiera derribado esa sección. Minos
dejó sus maletas en la entrada y vio el lugar. Inhabitado, pero aún bien
cuidado, considerando el tiempo que el lugar había sido abandonado. Según había
sido informado por los Cazadores Divinos que soltaron el dragón en octubre, se
había celebrado un aniversario de fallecimiento de Genma y Joyce “Masako”
Okubo. Al recordar ese dato, no evitó sentirse extraño, con una mezcla de
sentimientos que lo confundieron momentáneamente.
–Hace
tiempo que no vengo. Creo que han descuidado mucho el lugar... – comentó el
Cazador Divino.
–¿Hace
tiempo? Puedo concluir que estuviste aquí antes – comentó su compañera de
trabajo.
–Para
ser exactos, vivía aquí con mis hermanos y hermanas... – después de un
momento de nostalgia, el guerrero se quitó los lentes oscuros, con los cuales
cubría la cicatriz de su ojo izquierdo – Bueno. Primero desempacar y
descansar. Yo debo hacer una llamada.
Mientras
Minos hablaba por el celular, Antíope miró fascinada todo el espacio que tenían.
Ambos llegaron con el equipaje a la sala principal.
–Bien...
Parece que seremos dos en esta casa tan grande – comentó la ex amazona.
–De
hecho seremos tres – dijo otra voz masculina.
Ambos
voltearon hacia la puerta y vieron a otro hombre. Se le veía mayor que Minos,
de unos 45 años de edad. El hombre usaba el cabello negro recogido en una cola
que le llegaba hasta la mitad de la espalda, ojos grises, lentes cuadrados y la
barbilla sin afeitar. Tenía la misma capa e insignia de los mercenarios
perteneciente al gremio de los Cazadores Divinos. Minos fue sonriente hacia él
y le saludó con un abrazo fraternal.
–Accueillez,
ami[1]
– le dijo Minos alegremente.
–¡Minos!
¡C'était
longtemps...![2]
– contestó el otro.
Antíope
vio al otro cazador divino que acababa de llegar. Era obvio que el individuo era
francés. Hablando de él, el recién llegado volteó a ver a la mercenaria.
–No
hemos tenido el placer de presentarnos – el hombre tomó de la mano a Antíope
y le dio un beso, haciendo gala de los típicos modales de su cultura – Jean
Lucas Marcel. También designado a la división en Japón.
–Veo
que ha practicado mucho para hablar sin el acento característico, señor Marcel
– sonrió la amazona – Antíope Avalon.
–Todo
un gusto, madmoiselle. Sólo “Luc”.
–Con
confianza, nomás – intervino Minos – Luc es parte del equipo y los dos
somos los encargados de esta región. Su nombre clave es Aiacos.
–¿Cómo
puede ser que me sepa el nombre de pila y el nombre clave de Luc mientras que tú
no me has querido decir nada de ti? – Antíope levanto una ceja mientras
miraba acusadoramente a Minos.
–Porque
soy algo reservado con mis datos – dijo guiñando el ojo con la cicatriz.
–El
buen Minos me habló maravillas de su trabajo en combate, madmoiselle –
comentó el francés – Espero poder medir sus fuerzas en combate.
Minos
trató de hacerse el indiferente al notar las miradas que se estaban
intercambiando ellos dos. Rodó los ojos hacia arriba y fue por el equipaje de
su amigo.
–Dentro
de un momento vamos de ronda – dijo Minos, pero luego vio a los otros dos riéndose
y torció una ceja mientras sonreía con ironía – No te molestes, que yo
llevo tus cosas, Luc.
*
* *
En
casa de Ryo, los muchachos estaban tomando refrescos y hablando de lo complicado
que había sido ese año. Para Tetsuo, Madison, Maaya y Mizuki era la primera
vez que estaban en la gran casa de Ryo, por lo que aún se encontraban
sorprendidos al comprobar que la familia Tenryo era muy adinerada.
Estaban
en la habitación del muchacho, la cual era realmente grande y espaciosa. Tenía
varios estantes con modelos a escala de aviones, trenes y autos, un gran
televisor conectado a todos los equipos posibles (consolas de juegos, DVD,
videocasetera, etc.), una laptop sobre el escritorio y una gran ventana que daba
al balcón por el cual habían entrado Kenji y Aoshi una vez.
Snape
miraba a los muchachos desde su jaula de plástico mientras descansaba en la
rama sobre la cual acostumbraba enroscarse. De vez en cuando Kenji volteaba a
ver y se ponía azul cuando miraba a la serpiente.
–Lo
bueno es que aún tendré los entrenamientos en los equipos y con Lina-san –
siguió comentando Maaya.
–Si
no fueras diosa, ya te hubieras muerto con tanta actividad física en tu agenda
– Aoshi abrió una lata de gaseosa y comenzó a tomarla.
–Buen
punto – le siguió Reika.
–De
cualquier forma no haré la preparación sola – Maaya lanzó una mirada
triunfante al ver cómo los demás recordaron que sufrirían una dolorosa rutina
de entrenamiento por las próximas tres semanas.
–¿Cuáles
son los planes para navidad? – preguntó Ryo en general para el grupo.
–Como
siempre. En casa con regalos, mis papás haciendo la cena y yo haciendo tregua
con la enana de mi hermana – respondió el castaño.
–Papá
estará ocupado con los preparativos. Habrán muchos clientes en la tienda y hay
que trabajar hasta cerrar. De ahí la cena será normal.
–Los
tres con Lina, Perséfone, Yamato, Cerbero y Misty-san... Creo que Roy también
estará en la cena si no está trabajando en el caso de los Cazadores – comentó
Kenji.
–Y
como siempre, Lina se pondrá a pelear con su “yo interno” cuando Yamato
vaya también – sonrió Madison.
–Papá
y mamá regresarán para éstas fechas. Me prometieron que me traerían ese
nuevo software de la nueva compañía asociada – comentó un emocionado Ryo.
–¿Tú
qué harás Mizuki? – preguntó Reika.
El
muchacho blanco se quedó callado y desvió la mirada hacia su bebida. Cuando
iba a decir “Estaré solo”, se vio interrumpido cuando Tetsuo intervino:
–Estará
en mi casa. El abuelo dice que prefiere ver caras nuevas y habría que llenar la
mesa si los desconsiderados de mis padres vinieran a Tokio de vez en cuando.
Mizuki
parpadeó asombrado. También no podía evitar sentirse bien al saber que Tetsuo
lo había tomado en cuenta para las fiestas. Él nunca había tenido ese tipo de
celebraciones. El doctor Takase le decía siempre que eran simples fiestas
comerciales para motivar a las masas.
–¿Por
qué creen que Takatsuki no haya querido venir? – se preguntó Kenji.
–¿Takatsuki?
– Ryo volteó hacia el rubio – Supongo que no te escuchó cuando la
llamaste.
–No
creo que estuviera tan distraída para no escucharme... Parecía que le pasaba
algo.
–¿Tanto
para no vernos? Tal vez tengas razón – comentó Reika.
Madison
entonces recordó cuando estuvo hablando en casa de Sakura sobre sus madres.
Formó la hipótesis de lo que podría ser esa actitud en la más joven del
grupo, pero no creyó conveniente comentarlo con los demás si se trataba de
algo muy personal de su amiga.
*
* *
Cada
vez que pasaba el tiempo, el frío se hacía notar con más fuerza. Después de
haber manejado su bicicleta por un rato, Sakura por fin decidió volver a su
casa con unos paquetes del mercado. Aún estaba insegura de volver, porque sabía
que su padre y ella tendrían que ir a Kyoto para cumplir y ver a su madre allá.
Ella no veía alguna razón para ir y verla, ya que consideraba que su madre no
merecía verla, así como tampoco merecía el buen trato que aún quería darle
Katsuya.
–De
todas formas creo que también lo dirá este año – dijo para sí misma
mientras seguía manejando su bicicleta – Claro... Todos los años le digo a
papá que no iré a verla y él siempre me responde lo mismo.
Al
estar tan distraída, no se fijó en el camino. Pudo reaccionar a tiempo para
ver a un niño cruzando la pista. Giró bruscamente, cayéndose de la bicicleta
sobre el parque.
–Auch...
Pondré más atención la próxima vez... – dijo Sakura aún adolorida.
–¿Te
encuentras bien? – preguntó el niño.
Sakura
lo vio. Era pelirrojo, grandes ojos pardos, pecoso y de mirada muy inocente. Le
reconoció el uniforme, el cual era de los niños de primaria del Colegio
Nagumo. La manera en la que él hablaba le daba a entender que era un japonés
recién aprendido con dificultad.
–Estuvo
cerca. Disculpa por no haberte visto antes... – dijo Takatsuki.
–Descuida.
No muchos me notan... – comentó Bruno con una expresión triste.
–Vamos...
No es para tanto... – la chica sonrió y se sentó en la hierba, ya casi
recuperada.
Vio
de que todo lo que llevaba en las bolsas del mercado estaba desperdigado por el
parque, así que ambos se dedicaron a recoger cada cosa.
–¿Qué
haces solo por acá? A esta hora la mayoría de los niños de tu edad están ya
en sus casas... – preguntó Sakura.
–Es
que... No sabía qué hacer...
–Supongo
que no eres de aquí.
–Sí...
Vengo de Milán. Empecé hace una semana en un colegio... Pero no me gustaba
estar ahí... Me miran como... como...
–Ya
veo... Puedo entenderte. Recuerdo cuando papá y yo nos mudamos de Kyoto y
vinimos aquí. Me sentía muy extraña al ser la nueva en mi clase... Primero me
dijeron que me meta al club de arquería para enfocarme en actividades que me
ayudaran a socializar. Fue un buen comienzo porque ahí pude conocer a... –
Sakura se detuvo sonrojada al recordar el momento en el que conoció a su senpai
– ... a muchos de mis amigos de ahora...
–Sería
bueno... Aunque la señora Hilde dice de que no debo hacer muchos amigos. No
entenderían lo que soy y me odiarían por ser... diferente...
–¿Por
ser extranjero? Eso se puede arreglar e incluso es divertido ser interesante.
–No
es eso... es que... – Bruno volteó la vista – No, olvídalo.
–Bueno.
Si quieres te llevo a tu casa. Yo soy Sakura ¿Cómo te llamas tú?
–Me
llamo Bruno...
Sakura
enderezó su bicicleta y llevó al niño frente a ella mientras pedaleaba. Bruno
miró a Sakura y le pareció simpática. Se sintió bien viajando en la
bicicleta junto con ella, entre los brazos de la chica mientras manejaba.
–Tus
papás deben estar preocupados si estás afuera solo – comentó ella.
–No
tengo papás...
–Ya
veo – se avergonzó al mencionarlo, pero decidió seguir alegre frente al niño
– Entonces vives con algún tío o algo así...
–La
señora Hilde me adoptó luego de que en mi pueblo hubiera un tornado... Antes
de eso vivía con mis tíos, pero nunca me gustó estar ahí.
–Sé
a lo que te refieres... No es lo mismo y siempre el trato que se te da es muy
diferente ¿Te trata bien la señora con la que vives ahora?
–Podría
decirse... Aunque tengo que compartir la habitación con Francis y no me cae
para nada, pero la señora Hilde también los está cuidando. Lena dice que lo
ignore; ella sí me cae bien.
Entonces
Sakura cambió la expresión a una más sorprendida. Los dos nombres le eran
familiares. Lena era el nombre de la chica rusa de intercambio que estaba en el
salón A de 2do de Preparatoria, el mismo donde estaban Kenji y los demás;
mientras que el otro nombre, “Francis”, era el del muchacho que atacó a sus
amigos ese día de Halloween en la discoteca Devil’s Nest.
Miró
a Bruno, pero no era posible que estuviera hablando del mismo Francis, el que
decían era Dionisio. Tal vez podría acertar con respecto a Lena Ivanovich,
pero no se veía como si ellos dos fueran también reencarnados.
–Es
por allá – le dijo el niño al llegar a otra avenida.
–Sí...
– Sakura viró y siguió pedaleando mientras trataba de hallarle alguna conexión
a los que mencionó Bruno con los dioses a los que están buscando.
Tal
vez se trataba de otra coincidencia, pero no podía quitarse ese extraño
presentimiento de la mente.
*
* *
Goro
y Katsuya estaban sentados con una actitud muy a la defensiva, mientras Hilde
Wetzell, quien realmente era la tan temida Hera, estaba consciente de que los
otros dos dioses la miraban de esa manera. La única que parecía actuar como si
nada era Marla, la cual tomaba el té con tranquilidad.
–No
entiendo para qué nos convocaste a esta reunión – dijo el herrero a Marla.
–¿Y
por qué tienes que prestar mi casa? – dijo Hanajima.
–¿Y
para qué tengo que verlos a ellos dos? – se quejó Hera.
Marla
Winslow, siempre serena y sonriente, aclaró la garganta con un par de tosidos
para empezar a hablar.
–¿Recuerdas
ese asunto pendiente que fui a hablar con Hilde la semana pasada, Goro? – dijo
la norteamericana.
–Si
no lo recordara... – murmuró al llevarse una mano a los ojos al recordar cómo
había quedado el auto que le prestó a su amiga ese día.
–¿De
qué tanto me perdí? – preguntó Takatsuki, dando a entender de que no entendía
nada.
–Verás...
Fue algo muy... gracioso... – trató de decir Hestia.
–¿“Gracioso”?
Lo habría definido de cualquier forma menos con esa palabra – dijo Hilde, aún
con mala cara.
*
* *
El
incidente al que se referían las dos diosas era el siguiente: Cuando Marla fue
a confrontar a Hilde el día de su llegada, habían quedado en discutirlo fuera,
en un café de categoría, muy al estilo de la reencarnación de Hestia.
–¿Ya
te decidiste por algo? No te preocupes, que todo va por mi cuenta – sonrió
Marla, aún ojeando el menú.
Hera,
algo irritada por la actitud despreocupada de la otra diosa, estuvo a punto de
aplastar el vaso de agua que sostenía con la mano izquierda.
–¿Tenías
que sacarme de mi casa para traerme por un almuerzo? ¿Éste es el gran asunto
de importancia? Sí que son bien organizadas tus prioridades – preguntó irónicamente.
–Creo
que las dos vinimos a Japón por el mismo motivo. Y creo que sabemos cuál es
– Marla jugó con el borde de su vaso con la yema del dedo índice.
–Ese
par de desgraciados de Apolo y Artemisa... – Hilde arrugó la servilleta al
murmurar esos nombres.
–¿Aún
sigues con eso? Los pobres chicos no tienen la culpa... Aunque en parte sí es
la razón principal.
–No
me vayas a pedir que no les haga nada, porque será algo más que no cumpliré.
–No
te lo iba a pedir. Lo que sí quiero preguntarte es sobre los robos que hacen
tus muchachos.
La
mujer de cabellos negros volvió su vista hacia Marla y se mantuvo con expresión
neutra.
–¿A
qué viene la acusación?
–Por
favor... Pareciera que me subestimas. Sé que tenías que mentirme para que esos
chicos no reaccionaran explosivamente en el edificio, así que dejémonos de
hacernos las locas con el asunto, querida.
–No
se te puede ocultar nada... Aún sigues teniendo esa perspicacia – cerró los
ojos al sonreír levemente – ¿Porqué Hanajima aún no me ha reclamado al
respecto?
–Porque
Goro será muy observador, pero tiene tanto en qué ocuparse que no vería pequeños
detalles. Lo que sí es que los muchachos que tienes son aún muy inexpertos.
–Esos
detalles se pueden arreglar fácilmente. Lena tiene muchas facultades y podrá
ayudar a los otros dos ¿Cómo sé que no le contarás a alguien más como a
Apolo y Artemisa?
–Hay
otra cosa en la que Goro y tú están de acuerdo... Si intervienen los
Sacerdotes Olímpicos, no habrá tanta libertad. Que ellos se encarguen de los
Cazadores Divinos.
–No
recordaba que ellos estaban aquí – comentó refiriéndose a los Sacerdotes.
–Sí,
se están encargando de vigilar a los muchachos... Aunque hasta ahora no los han
hecho despertar del todo. Según sabemos, los Flanagan le están siguiendo la
pista a una de tus niñas.
–Por
fortuna ella es muy lista. Sabe desviar el funcionamiento de las piedras que
usan.
–Bien.
A lo que iba – Marla aclaró la garganta – Los últimos robos son fáciles
de suponer y obviamente fue Dionisio ¿Para qué tomaron el diamante y los
pergaminos?
–Vaya...
Creí que lo deducirían – Hilde sonrió por primera vez desde que llegó a
Japón – ¿No crees que Hanajima lo quiera saber también?
–Ahora
que lo dices, ¿Para qué negarle la información? ¿Cuándo crees que puedas ir
a casa de Goro?
–En
una semana.
–¿Tanto
tiempo?
–Tengo
que arreglar unos asuntos antes que nada. Y supongo que la agenda de Hanajima
estará llena.
–Para
variar... – comentó irónicamente – ¿Ya escogiste algo de la carta?
–Sí
¿Seguro que tú invitas?
*
* *
Después
de haber sido puestos al día, Hanajima se paró irritado.
–¡Eso
no explica lo que le hiciste a mi auto, Marla! – dijo irritado.
–No
fue culpa mía. Saliendo de eso me perseguían unos periodistas que me
reconocieron, así que tuve que hacer algunas tácticas de evasión – respondió
Hestia – Además tienes para comprar otro Ferrari.
–¡Ese
no es el punto! ¡Se supone que ibas a cuidar ese auto!
–Ya
dejen de hablar de eso – les detuvo Hera, aún más irritada – Si no quieren
que les diga sobre los artículos robados, entonces no veo el caso a seguir aquí.
–Cuéntanos
entonces – Goro se volvió a cruzar de brazos y se sentó en su sillón.
–Primero
supuse que alguien como tú tendría el diamante Yamban. Siempre tienes algún
“artículo de colección” en tu inventario paranormal. Sobre los pergaminos,
creo que podría ser la clave del ritual.
–¿Qué
tiene que ver el pergamino que registra la apuesta con el diamante? – preguntó
Takatsuki.
Hera,
aún seria, no alteró su estado ante la pregunta, pero Goro intervino.
–El
ritual está codificado en el mito que se registró ahí. Tiene que ver también
con los trabajos que te mandé a hacer en la cueva de Okinawa, Takatsuki. Pero
ese es trabajo de otro ritual – le dijo el Dios del Mar.
–La
única falla es que aún no he podido descifrarlo – dijo Hilde.
–No
serías la única. Nadie lo ha descubierto, ni siquiera el arqueólogo que
encontró ese pergamino.
–Supongo
que podremos intercambiar algunas pistas que tenemos... – sugirió Marla.
Al
escuchar eso, Hera y Poseidón se molestaron y miraron fastidiados a Hestia.
–Está
bien. Ya entendí que “no” con eso – dijo ella.
–Y
lo que quieren proponerme es... – dijo la alemana, esperando la respuesta.
–Una
tregua entre nosotros cuatro – completó Hanajima – Cada quien hallará lo
que pueda de los rituales por su parte, pero no pondremos obstáculos al otro,
lo que significa que no te detendré si tú no me estorbas.
–¿Y
piensan que voy a calmarme con ustedes y con Apolo y Artemisa? – dijo Hilde.
–¿Quién
mencionó a Apolo y Artemisa? Atácalos con lo que tengas – le respondió
Hanajima.
Hefesto
casi se atragantó al escuchar lo que Goro Hanajima dijera, mientras que Hestia
no tuvo alguna reacción notoria. Por otra parte, Hera no esperaba que Poseidón
le diera cartas libres en el asunto.
–¡¿Qué
crees que estás diciendo, Hanajima?! – gritó el herrero.
–Tiene
razón al exaltarse. Y tengo entendido que aún tienes algo de afecto hacia el
muchacho ¿Por qué dejarás que lo ataquemos? – preguntó Hera.
–Porque
confío en que se cuidará solo – se limitó a decir.
Marla
ya imaginaba que él respondería eso, aunque ellos dos ya habían conversado
sobre ese tema. Sin embargo la frialdad con la que lo mencionaba era
inquietante.
–¿Entonces
estás diciendo que puedo matarlo cuando yo quiera siempre y cuando mantengamos
la tregua? – preguntó Hilde, esbozando una leve sonrisa.
–Mas
bien sería “Si puedes matarlo”, porque no creo que lo llegues a hacer –
sonrió confiado.
–Apuesta
lo que quieras a que lo haré.
–Entonces
apostaré mi poder.
Al
principio Hera tuvo ganas de reírse, pero al verlo a los ojos se dio cuenta que
Hanajima no bromeaba. Tanto Marla como Katsuya se quedaron boquiabiertos.
–Es
en serio. Si logras matar a Apolo, te entregaré mi poder.
–Esta
apuesta la tendré ganada ¿Qué ganarías tú?
–Solamente
probaré que tengo razón... Y me devolverás lo que mandaste a robar a tus
muchachos.
–De
acuerdo.
Los
otros dos dioses miraron a la reencarnación de Poseidón entre sorprendidos y
confundidos. Goro Hanajima era un hombre metódico, que calculaba todo fríamente,
por lo que era ilógico que se arriesgara al poner las manos al fuego por el
muchacho. Creían que Goro debió tenerle mucha confianza a Kenji para creer en
que no sería asesinado.
*
* *
–Bueno...
Aquí vivo – dijo Bruno cuando llegaron al edificio.
–Entonces
espero que nos veamos otro día... – le sonrió Sakura.
Bruno
vio hacia arriba y vaciló un poco antes de hablar.
–Sakura...
¿Quieres subir conmigo? – preguntó aún tímido.
–Sí,
gracias.
Después
de que Sakura asegurara su bicicleta a la entrada, siguió al muchacho hasta el
apartamento donde vivía. No podía creer que se encontrara en el último piso
de ese edificio tan alto. Ambos entraron al elevador.
–Falta
poco para llegar... – dijo el pequeño.
Sakura
sólo asintió y siguió mirando los botones del elevador. Cuando llegaron al
piso, la puerta se abrió, pero alguien les bloqueaba el camino. Francis vio a
los dos que estaban en el ascensor y se fijó en cada uno.
–Hay
que salir, enano. Acaba de llamar la jefa – dijo algo desganado.
–¿Ahora?
– se notaba que no quería ir, especialmente porque Sakura estaba con él.
–¿Es
algo muy urgente? Si es así, no te detengo... – dijo la chica.
–Descuida.
Ya es algo habitual – el latino le sonrió con su encanto natural, lo que hizo
que la muchacha se sonrojara – Mucho gusto. Francis para servirte.
–Ya
vámonos... – dijo Bruno, visiblemente avergonzado.
Mientras
bajaban nuevamente por el elevador, Sakura miraba de vez en cuando al chico
llamado “Francis”. Recordaba que los muchachos mencionaron ese nombre la
noche de Halloween, pero no podía asegurar de que se trataba del mismo.
Cuando
llegaron a la entrada, Sakura vio un auto llegar y a dos personas bajando de él.
La primera era una mujer de cabellos cortos rizados negros, mientras que el otro
era...
–¿Papá?
– dijo ella al reconocerlo.
–Ya
llegó la señora Hilde – dijo Bruno.
–¿Ella
es? ¿De dónde conoce a mi papá?
–Creo
que es de los contactos... En fin. Ya nos vamos, enano – dijo Francis.
–¡Deja
de llamarme “enano”!
Por
mientras, Katsuya y Hilde bajaron del taxi. Takatsuki reconoció a su hija y se
sorprendió al encontrarla ahí.
–¿Sucede
algo? – preguntó Hilde.
–No,
nada. Ella es mi hija Sakura.
–Tiene
mucho de ti...
–Tenía
que ser así – dijo con su orgullo paternal.
–Será
mejor que la mantengas al margen de todo.
–Ya
había pensado en eso...
Cuando
Hilde se llevó a Francis y a Bruno, Sakura y su papá fueron caminando a la
casa. Katsuya la miraba por ratos, mientras ella caminaba llevando su bicicleta
al costado.
–Papá...
¿De dónde conociste a esa mujer? – preguntó la muchacha.
El
herrero miró a su hija y dudó en contestarle, recordando mantenerla fuera de
los problemas próximos.
–Es
una cliente... – mintió por primera vez a su hija.