Deux Kratos: Pantheon

  

  

Vigésimo Sexto Acto: Vínculos de Familia

  

  

–Buenas noches, señorita Démeter – le saludó Minos desde una rama.

  

Ceres había reconocido instantáneamente aquella insignia dorada que colgaba de su capa negra. El hombre era el Cazador Divino que debía capturarla.

  

–¿Cómo supieron dónde hallarme? – preguntó nerviosa.

–Tenemos buenos contactos... Me gustaría que nos acompañara por las buenas.

  

Sin pensarlo dos veces, Ceres tocó el árbol en el que estaba el cazador divino y le asestó un golpe con una de las ramas, pero el otro fue más rápido y logró saltar hacia otro árbol. Debido a aquella maniobra había perdido de vista a la diosa, ya que ésta había vuelto a escapar.

  

* * *

  

La cena en el departamento de Tetsuo había estado muy amena para Mizuki. Si bien no había un pavo, la cena era principalmente curry con arroz, sopa de fideos con cerdo asado, gelatina y sake para brindar. Aquello evidenciaba el orgullo japonés que tenía el abuelo Akiyama, el cual seguía contando sus anécdotas de guerra, mientras su nieto le miraba con cara de aburrimiento.

  

–... Nos arrastramos con cautela por el campo de arroz. La cabeza en alto para no ahogarnos, pero tampoco podíamos estar más arriba que el arroz, por lo que era muy difícil mantener la postura mientras tratábamos de avanzar por el fango... – contó el anciano veterano.

–Sí, sí... – le dijo Tetsuo aburrido – No tienes que aburrir a Mizuki.

–No está aburriéndome – dijo Mizuki con un inexpresivo tono de voz, muy habitual en él.

–Por fin alguien que escucha gustoso mis experiencias en los campos enemigos – dijo emocionado el abuelo de Tetsuo.

–En fin. Todo sea para darle gusto al viejo Capitán – dijo Tetsuo.

–Y dale. Te vengo diciendo que llegué a Mayor, muchacho inconsciente. Y así dices que te sabes mis historias de memoria.

  

Al ver así a nieto y abuelo discutiendo, Mizuki recordaba que familias así sólo las veía de lejos. Maaya discutía siempre con sus hermanos y con su padre, pero aquello significaba que se prestaban atención. Le hubiera gustado estar así con sus padres de haberlos conocido bien. Fue entonces que se preguntó acerca de los padres de Tetsuo ¿Por qué no cenaban con ellos? Sin embargo, sabía que era imprudente preguntar sobre ello a la mesa. Se dio cuenta también de que no sabía nada sobre la vida personal de su amigo en todo el tiempo en el que se llevaban tan bien.

  

–Muchas gracias por la comida – dijo Mizuki al terminar su plato.

–Si sólo te has servido una vez, muchacho. Es por eso que estás tan delgado – le animó el abuelo para que comiera más – A Tetsuo hay que ponerle frenos si quiero que lo de la semana no se acabe a las dos horas.

–Qué sabes si estás dormido cada vez que cocino – le reclamó el aludido.

–Pero sé del apetito que tienes desde niño. No por nada te cuidé por 7 años.

–Ni modo. Alguien tenía que hacerlo – respondió en modo de broma.

  

Mizuki percibió que esa respuesta de Tetsuo no era del todo burla.

  

–Y este viejo tiene que ir a descansar los huesos – dijo de repente el abuelo al terminar su postre – Feliz navidad, muchachos. Hablen todo lo que puedan. Ah, Tetsuo – dijo recordando algo de repente – Dejé esas cartas en tu cuarto. Aunque sea respóndeles.

–Ya, lo pensaré – dijo indiferente con respecto a las mencionadas cartas – Feliz navidad, viejo.

–Feliz navidad, señor Akiyama – le despidió Mizuki.

  

Cuando el abuelo se retiró a su habitación y pasaron varios minutos de silencio hasta que empezaron a escucharse los ronquidos, Tetsuo sólo inclinó la cabeza hacia abajo y se rascó la nuca.

  

–Tu abuelo es una persona interesante – le dijo el muchacho pálido.

–Dirías lo que yo si te acostumbraras a vivir con él – rió divertido.

–Quería saber... – dijo de repente Mizuki – Por qué tu abuelo se hace cargo de ti.

–A pesar de que diga ser el Mayor de guerra más eficiente, tiene su lado compasivo al dejarme vivir con él – comentó Tetsuo – Y eso que no soy su nieto de sangre.

  

Mizuki parpadeó un par de veces, pero no se sobresaltó. Dejó que su amigo terminara de explicarle.

  

–Me adoptaron cuando cumplí seis años. Todo había sido muy normal, ya que tampoco me prestaban tanta atención que digamos. Cuando ellos se divorciaron, parecieron olvidar que me tenían adoptado y me dejaron con el abuelo. De vez en cuando llaman y sólo preguntan por mí para hacer de cuenta que les intereso.

–Al menos te escriben. Debo suponer que las cartas de las que hablaba tu abuelo son de ellos. Siento mucho haberte preguntado algo tan personal.

–No te disculpes. Te lo tenía que decir en algún momento. Siéntete bien con lo que te voy a decir: De entre todos, Aoshi y tú son los únicos que saben eso. Con eso, ya te vuelvo a señalar que te has ganado mi confianza. Empatado con Aoshi, claro.

–Eso alza considerablemente mi autoestima – bromeó Mizuki por primera vez, sonriendo levemente.

  

Tetsuo rió y le dio una palmada en la espalda. Mizuki había pasado la mejor navidad de su vida gracias a Tetsuo. Por una parte tuvo pena por lo que había tenido que vivir él, pero también se sintió más identificado con su amigo. Recordó el día en el que Tetsuo lo había salvado del control del doctor Takase, cuando él dijo “Sé muy bien lo que es creer que no le importas a tus padres”. Él mismo había creído desde niño que sus padres lo habían olvidado al no llamarlo siquiera, cuando realmente habían sido asesinados por su tutor, y recordaba haberles detestado alguna vez por eso cuando niño. Se sentía bien al saber que alguien más lo comprendía en ese aspecto.

  

–Al menos deberías leer lo que te mandaron – le sugirió Mizuki.

–Tal vez lo haga... No es como si me enviaran una maldición por correo – dijo él irónicamente.

–Feliz Navidad, Tetsuo.

–Feliz Navidad, Mizuki.

  

* * *

  

En Kyoto, la situación que estaba enfrentando Sakura no era ni remotamente agradable. El comedor tenía un ambiente tan denso que difícilmente Sakura podía respirar con normalidad. Su padre continuaba sonriente mientras comía, pero su madre tenía un aura de ira concentrada. Como Sakura, ella también tenía el cabello castaño claro, pero más corto, pero sus ojos eran distintos, no sólo por el color pardo oscuro que tenían, sino también por el rencor con el que miraba a su ex-esposo. La única que trataba de poner de su parte para alegrar la escena era Rumi, la cual no dejaba de hablar de su nuevo trabajo en una tienda de ropa importada.

  

–Tendrían que ver la nueva organización de la boutique. Madame Giselle se asombró y quiso que decorara sus otras sucursales – hizo una pausa al percatarse de que su madre quería la salsa, se la pasó y continuó – Quizás pueda programar también el matrimonio de su hija. Me habló tantas veces de organizarle la boda y...

  

Siguió hablando. Sakura alternó la mirada entre sus padres. Katsuya seguía asintiendo a todo lo que decía Rumi, pero su madre no parecía estar bien. Ya había bebido regular.

  

–Gracias por la comida, Rumi – dijo Sakura al terminar.

–Debes de estar cansada. Mañana te daré mi regalo. Ojalá te quede muy bien – la despidió Rumi.

–Buenas noches, Sakura – le despidió su padre.

–Buenas noches a todos.

  

Sakura vio por un momento a su madre, la cual la veía de manera extraña. Sakura bajó la mirada y se retiró.

  

Después de unas horas, despertó para tomar un poco de agua. Habían murmullos en la sala y de repente se escuchó una fuerte bofetada. Sakura se asomó a ver y abrió grandes los ojos al ver a su padre con la mano en la mejilla roja.

  

–Nunca te lo voy a perdonar... – gruñó la madre de Sakura. Estaba visiblemente bebida.

–Sakuno... – Katsuya tenía aún la mano sobre la mejilla. Aún le ardía por el golpe – Creí que podíamos superar nuestra separación y al menos llevarnos bien.

–No te burles de mí. No me llevaría ni bien contigo después de haber puesto a Sakura en mi contra. Ella ya no me mira bien desde entonces.

–Yo no hice nada para que digas que te odia, porque ni siquiera eso pasa.

–¡Deja de mentirme para tratar de quedar bien! – le gritó – Primero mataste la relación que había entre nosotros siéndome indiferente durante tantos años de matrimonio y ahora también estás haciendo que mi hija se aleje de mí...

  

Katsuya sintió un escalofrío por la espalda, pero no por lo que estaba sucediendo ahora. Algo ocurría en Tokio.

  

–No te seguiré molestando, Sakuno – Katsuya tranquilamente dio vuelta y se dirigió a la puerta – Dile a Sakura que no se preocupe. Que regrese a casa cuando pueda.

  

Antes de que su padre la viera, Sakura subió rápidamente a la habitación y buscó sus cosas. No se iba a quedar más tiempo después de haber visto aquello.

  

–Mamá todavía te ama, Sakura – se paralizó por la sorpresa, pero después se percató de que era Rumi la que le hablaba desde el pasillo. A pesar de la poca luz, se notaba que su hermana mayor aún lloraba – Le duele mucho sentir que es así, pero tú sabes cómo es ella...

–Rumi...

–Traté de poner alegres a todos durante todo el día, pero parece que no resultó – nuevamente rompió a llorar – Mamá aún odia a papá...

–Eso no lo vamos a poder cambiar... – Sakura terminó de cambiarse la ropa y cogió su maletín de mano – Realmente... Me dio gusto verte, hermana. Pero debo irme ya. Papá todavía me necesita, y creo que mamá te necesita a ti ahora.

–Ten entonces... – Rumi le extendió un suéter violeta envuelto en papel semitransparente –Al final me decidí por este color. Creo que te quedará bien.

–Gracias, Rumi.

  

Antes de alcanzar a su padre, Rumi la detuvo de nuevo.

  

–Sakura... ¿En verdad odias a mamá?

  

La chica miró a un costado por unos instantes. Volteó nuevamente y gritó antes de salir de la casa:

  

–¡Mamá! ¡Todavía te quiero! ¡No sigas enojada con papá!

  

* * *

  

Minos evitó otra rama que intentaba golpearlo. Supuso que Démeter estaba escondida no muy lejos, ya que debía tener contacto con los árboles para dominarlos.

  

–Podemos tratar de resolver esto por las buenas. Acompáñenos y trataré de evitarle más dolor – dijo el Cazador Divino con la voz en alto.

  

Ceres, al escucharlo, gruñó incrédula. Sabía perfectamente lo que ocurriría si esos Cazadores de Dioses la atraparan.

  

–Es él o soy yo... – con esto en mente, Ceres sabía que debía encargarse del individuo. De repente comenzó a toser mucho y la mano con las que se había cubierto la boca estaban manchadas de sangre. Su enfermedad estaba traicionándola.

  

Limpió la sangre con la manta que traía sobre los hombros y se concentró para darle un golpe certero a su perseguidor. Sin embargo, al comenzar su ataque, se percató de la presencia de alguien más y se alejó rápidamente del cedro antes de que un dardo le acertara. Éste había quedado clavado en la corteza del árbol y Minos había podido esquivar la rama con las justas, aunque sus ropas quedaron desgarradas.

  

–Eso estuvo cerca... – murmuró Minos aliviado. Miró su camisa y capa rotas por la rama, dejando al descubierto el lado izquierdo su pecho lleno de cicatrices.

  

Dirigió una mirada fugaz hacia otra rama alta, sobre la cual se encontraba Antíope. Por la postura que tenía, se podía deducir que ella había lanzado algún proyectil. Los dos se hicieron una seña y Antíope señaló hacia el este. Los dos se dirigieron en esa dirección rápidamente.

  

Ceres los sentía acercarse rápidamente, por lo que trató de correr lo más rápido que podía, pero su resistencia había sido considerablemente reducida por la enfermedad que sufría. Tosió sangre nuevamente y terminó tropezando en el centro del atrio de cedros. Había un radio de cinco metros sin árboles, en el cual el suelo estaba laminado por un círculo de concreto y ladrillos anaranjados que formaban un gran sol. El cielo de repente soltó el primer copo de nieve de la temporada. La fina capa blanca estaba comenzando a pintar el paisaje.

  

Sabía que era su fin, estando ella muy débil y sin poder alcanzar las plantas desde donde estaba. Se resignó a ser capturada cuando vio a Minos y Antíope a pocos metros de ella. Minos la observó: Indefensa y débil. Su manta tenía una mancha de sangre y su cabello púrpura caía hacia delante.

  

–Pena. Tendrá que ser por las malas – dijo Antíope con una sonrisa irónica. Alistó unos dardos somníferos y se dispuso a lanzarlos.

–No seas tan dura, Antiope – le dijo Minos. A Ceres le dio la leve impresión de que él estaba preocupado, pero era imposible que un Cazador Divino tuviera compasión.

  

Una ráfaga de fuego se interpuso entre ambos lados. Ceres volteó rápidamente hacia la fuente, descubriendo que se trataban de Poseidón y Hestia.

  

–¿Te encuentras bien? – le preguntó Goro al acercarse a Ceres.

–¿Qué hacen aquí? – más que agradecida, la diosa tenía esa expresión de regaño que Goro normalmente formaba.

–La pregunta sería para ti. Deberías estar en el hospital.

–No es de tu incumbencia – respondió ella de mala gana.

–Vaya manera de pasar Nochebuena. Cuando dijiste que saldríamos, pensé en un lugar bonito y una cena – dijo Marla a su compañero.

–Bien que te gusta participar en esto – le dijo Hanajima, aún revisando el estado de Ceres.

–Para qué negarlo – sonrió con gracia. Alzó una mano y ésta comenzó a envolverse en llamas.

  

La nieve que estaba alrededor de ellos estaba derritiéndose por el calor y Goro vio la oportunidad propicia para atacar. Levitó toda la nieve derretida y disparó todas las gotas como balas. Antíope llegó a esconderse detrás de un cedro, mientras que Minos apartó unas gotas con lo que quedaba de su capa negra. Algunas perforaron la tela y le dieron superficialmente, pero siguió en pie.

  

–No esperaba que vinieran ellos dos... – murmuró el cazador divino – Habrá que recurrir al plan B.

–¿Y ese cuál es? – preguntó Antíope desde el árbol.

–Cuando llegue lo sabrás.

  

* * *

  

Perséfone de repente se tambaleó sobre su sitio e interrumpió lo que estaba contándoles a los demás. Una corriente helada le recorrió la espina y estaba sudando frío.

  

–¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? – le preguntó un preocupado Yamato.

–Mi madre... Ella está en peligro – murmuró a duras penas, aún temblando.

  

Kenji y Reika sabían que Démeter había salido del hospital hacía varias semanas y se preguntaban por ella, pero no se les había ocurrido que los Cazadores Divinos podrían dar con ella más rápido de esa manera.

  

–Tal vez esté en apuros... Tengo que ir con ella – dijo Perséfone, aun exaltada.

–Trata de calmarte por un momento – le dijo Yamato – Iremos, pero no sabemos adónde ir.

–Podría hallarla... Pero necesito algo de ella – Reika también se veía preocupada – Creo que eso será imposible...

–Yo creo que no tanto... – dijo Madison señalando a una ventana.

  

Todos se dirigieron a la terraza del departamento para ver a lo lejos. Habían luces extrañas en el Atrio de los Cedros, como si estuvieran incinerando ahí.

  

* * *

  

–Eres una tonta – le dijo Goro a Démeter, mientras Marla seguía tratando de atinarle a Antíope entre los árboles – Pudiste ir a mi casa y dejar que te ayudara. Te hubiéramos ahorrado todo este problema.

–¿Tú desde cuando estás tan solidario conmigo? Cuando llegué a ti para buscar ayuda, te hiciste el indiferente – le reclamó airada.

–Son situaciones distintas. Una cosa es ayudarte a salvarte la vida y otra muy distinta es ayudarte a acabar con Kenji y los otros chiquillos.

–¿Te refieres a Apolo? Sólo quería confrontar a Atenea y... – se interrumpió un momento para analizar la respuesta anterior de Goro – Llamaste al muchacho directamente por su nombre. Sólo haces eso con Winslow ¿Qué hay entre Apolo y tú?

–Eso es algo que no le incumbe a nadie más – contestó Hanajima con tono cortante.

–Eso es lo mismo que le dice a la prensa cuando nos ven juntos – intervino Marla burlonamente, aún atacando delante de ellos.

  

Goro tosió ligeramente sonrojado y Ceres lo miró perpleja. Las flamas habían alcanzado algunos árboles, los cuales ardían y chispeaban al contacto con la nieve que caía.

  

–Mira el desastre que estás haciendo. La policía va a venir en cuanto reciban la alerta – le reclamó Ceres a la Diosa del Hogar.

–La mitad de esas flamas no las hice yo – respondió Marla.

  

Al escucharla, Goro inmediatamente trató de buscar con la mirada entre los árboles. Presentía que no sólo estaban tras el ataque aquellos dos cazadores.

  

–Antíope – le llamó Minos desde su puesto, sereno – Ya no podemos perder más tiempo.

–¿Y tu plan B cuándo llega?

–Se me olvidó preguntarle – respondió igual de sonriente.

–¡No bromees con eso!

  

Marla se detuvo al ver algo cayendo cerca de ellos. Sus pupilas se dilataron de la sorpresa al darse cuenta de lo que era. Volteó rápidamente hacia Goro y Ceres para advertirles.

  

–¡Corran ya! ¡Una granada!

  

Seguido de su advertencia, la bomba explotó y soltó un denso humo gris que cubrió a los demás. Los dos estaban tendidos en el suelo sin poder mover ni un músculo, mientras una inconsciente Ceres estaba en hombros de un individuo, también de capa negra, que traía en el otro hombro una bazooka. Goro había sido golpeado tratando de evitar que se llevaran a Ceres. Antíope y Minos vieron desde sus puestos lo que pasaba y se acercaron al recién llegado.

  

–Te dije que no te excedieras, Haytham – la voz de Luc se escuchó desde la izquierda. Antíope y Minos se preguntaron cuánto tiempo llevaban esperando ese momento.

–Calla. Lo importante es que conseguimos a esta – le respondió el nuevo.

  

Antíope se fijo bien en aquel al que Minos y Luc se referían. Haytham Mahdi, un muchacho robusto y de piel canela, gruesas cejas negras y con un turbante de tela blanca que dejaba salir unos cuantos mechones de cabello negro ondulado; claramente se trataba de alguien de ascendencia árabe. Su capa negra de la organización iba alrededor del cuello, abierta para dar mayor libertad a sus brazos, ocupados en cargar a la diosa y su arma.

  

–No perdamos el tiempo – reclamó Haytham a los otros tres – Aprovechen y llévense a los otros dos mientras están paralizados.

  

Minos y Luc asintieron y estaban acercándose a Marla y Goro, los cuales no podían defenderse en aquel estado.

  

–¡Madre! – gritó Perséfone al llegar. Se paralizó repentinamente por el miedo ante la presencia de aquellos encapuchados de negro y un frío le recorrió la espina.

–¡Perséfone! – Kenji y Reika también la alcanzaron y vieron a Goro y Marla tendidos en el suelo blanco.

–K-Kenji... – logró articular Hanajima, aún entumido por el gas.

–Goro... – Kenji miró preocupado a su alrededor. Goro y Marla en el suelo y cuatro Cazadores Divinos frente a ellos. Reconocía a Minos y Antíope, pero los otros dos no le daban buena espina, como si en el fondo fueran los más peligrosos de ese grupo.

  

Yamato también llegó junto con Cerbero, el cual estaba erizado frente a los Cazadores Divinos. También les seguían Madison y los Flanagan, los cuales estaban con sus mantos morados de la Orden.

  

–Sacerdotes Olímpicos... – masculló Haytham – Tenía ganas de algo así.

  

Estuvo dispuesto a ir y enfrentarse a Roy Flanagan, pero Luc le detuvo del brazo.

  

–Mejor salir con uno ganado que enfrentarse a las probabilidades.

–Tienen suerte por el momento... – dicho esto, el árabe se retiró rápidamente con Démeter.

–No se escaparán – murmuró Roy.

  

Roy fue tras él. Antíope y Luc siguieron a Haytham y Minos miró a Kenji y Reika de forma especial, después de eso emprendió la retirada. Los gemelos también se percataron de aquella mirada, la cual les traía nostalgia. No sabían porqué el sujeto de las gafas oscuras y lleno de marcas les era tan familiar.

  

Kenji rompió con aquellas interrogantes al recordar que Goro y Marla seguían heridos. Misty y Madison también fueron a ayudarles.

  

–Se la llevaron... – renegó Marla, aún inmovilizada.

–Primero tienes que recuperarte... – le dijo Reika.

–Es el mismo gas que usaron contra ti – comentó Misty a Reika al ver los síntomas de Hestia y Poseidón – Será fácil atenderles.

  

Yamato y Cerbero se centraron en tratar de calmar a Perséfone.

  

–No... no pude hacer nada... – sollozó ella – Los tenía en frente y pude haber ayudado a mi madre... Pero no fui capaz de moverme...

–Nadie te pidió algo así porque es muy difícil para ti – le dijo Yamato.

–Le fallé, Yamato ¡Le fallé a mi madre y ahora ellos la tienen!

  

Entonces Perséfone se desmayó y cayó inconsciente en brazos de Yamato. Cerbero emitió un sonido agudo al menear confundido las cabezas. Había visto cómo su amo había noqueado a la diosa.

  

–No podía dejar que siguiera así. Cuando se despierte y se calme, me será más fácil hablarle – se justificó frente a su perro – Es obvio que el shock fue demasiado... En algo se parece a Lina.

  

* * *

  

Durante la madrugada, Goro y Marla habían sido atendidos por Misty hasta que lograron recuperar el movimiento. Aún estaban adoloridos por la batalla que habían sostenido durante todo ese momento. Afortunadamente habían salido del Atrio de los Cedros antes de que los bomberos y la policía llegaran.

  

–Si no hubieran lanzado gas, me habrían recordado toda la vida – comentó Marla, ya recuperada casi por completo. Estaba sentada en la cama de Misty y usando una de las batas de la sacerdotisa.

–Al menos hizo bien en parar con su ataque, señorita Winslow – le dijo Misty al ponerle una toalla húmeda en la frente – Se habrían ocasionado más daños colaterales.

–Sí. Supongo que tienes razón – Marla sonrió con tranquilidad – Pero aún así no pudimos mas que hacer tiempo. Igual la raptaron...

–Al menos les diste buena pelea, Marla. Ojalá Hanajima esté tan animado como lo estás... – le comentó Reika.

–Él es así... Creo que le afectó un poco que todo su cálculo le fallara.

–¿Cómo supieron que Ceres iba a estar allá con los Cazadores Divinos? – le preguntó Misty.

–Ya lo diremos a su tiempo... – Marla suspiró al mover un poco la muñeca izquierda – ¿Cómo están los otros?

–Flanagan-sensei y Yamato siguen sin hablarse en la cocina. Es que sensei resultó herido en la persecución y Yamato le tuvo que ayudar. Lina sigue inconsciente en su cuarto, Madison la está cuidando. Y Hanajima está con Kenji en la sala ¿Por qué habrán pedido estar a solas? – Reika miró hacia la puerta. Ni ella sabía todo lo que se traían su hermano y Goro.

–Tienen mucho de qué hablar – se limitó a decir Marla.

  

Reika se sentó al costado de Marla en la cama y soltó un suspiro de cansancio.

  

–No esperé pasar la Navidad así...

–Nadie se esperó todo lo que viviríamos... – completó Marla.

  

* * *

  

En la sala, Goro estaba sentado sobre el sofá. Kenji había terminado de limpiarle las pocas heridas que tenía y procedió a ponerle las vendas.

  

–Lamento no haberte ayudado – le dijo Kenji.

–Descuida... No hubieras podido tampoco. Estás aún en un nivel bajo y también te hubieran atrapado.

–Hablas como si hubieras tenido la situación bajo control. Estaban a punto de llevárselos a Marla y a ti si no hubiéramos aparecido – le reclamó Kenji un poco exaltado.

–Si hubiera sabido que tenían gas paralizante y dos cazadores más, lo habría calculado todo de otra manera.

–Sí, claro... – Kenji frunció el ceño y le ajustó una venda fuertemente a Goro, logrando sacarle un pequeño tic en el ojo por el dolor.

–Ten más cuidado con eso.

–Pero vas a sobrevivir – Kenji terminó y se sentó al costado de Hanajima – Hay algo que no te he preguntado en todas las veces que nos vemos... ¿Por qué te importo tanto? Ya sé que hay eso de que yo soy Apolo y tú Poseidón, que hemos compartido el pasado y todo lo que pasó antes... Pero sigo sintiendo que hay algo más.

  

Goro lo vio por un momento con sorpresa. Jamás se había formulado aquello. A veces veía a Kenji como lo que hubiera sido él mismo de haber tenido una infancia normal en lugar de ser preparado para cargar con sus memorias de la Era Mitológica.

  

–Nunca antes me lo había figurado ¿Eso importa mucho? – Goro sonrió levemente al encogerse de hombros, aguantándose el dolor de los golpes recibidos.

–Trataba de ver cuánta estima me estabas empezando a tener, pero no me lo tienes que decir – respondió sarcástico.

–Quizás te lo diga algún día.

–En fin... Ya es Navidad. Vaya manera de encontrarnos... Dos días me pareció mucho.

–Sí...

–¿Qué hiciste con el cofre de Pandora?

–Lo tengo guardado para una ocasión realmente importante.

–¿Y cuándo es eso?

–Lo sabrás cuando llegue.

–¿Significa que lo sabes y no quieres decírmelo?

–No, no lo sé tampoco. Aún así, tampoco estás para saberlo.

  

Los dos siguieron mirando al piso indiferentemente. Desde las puertas del departamento, todos estaban viendo a los dos solos en la sala.

  

–Entre esos dos hay una amistad bien rara – pensaron todos.

  

  

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