El Inductor

Por Sergio Salazar

 

Naborí Sforza Shikoku siempre estaba pendiente de todo menos de si mismo. Su aspecto lamentable, contrastaba con su inagotable imaginación y una asombrosa capacidad de deducción. Aún a sus veintiocho años, estudiaba en la universidad. Era hijo de una de las familias más poderosas de la capital. Nunca aprendió a montar bicicleta, patines, jugar fútbol, béisbol, metras, chapitas, perinola, gurrufío, nada. Sabía todas las nociones básicas, reglas, y teorías, pero nada práctico. Ni siquiera aprendió a conducir. Hablaba italiano por su papá, japonés por su mamá, inglés porque le dio la gana y por supuesto venezolano (muy parecido al español). Se preguntarán por la variedad étnica de sus padres y del cómo se conocieron, eso es toda una épica contemporánea.

Naborí tuvo un sueño, a decir verdad fueron miles, pero había uno que le obsesionaba y de éste es el que les voy a contar ahora, ya que las circunstancias y el ánimo así lo permiten.

Corría el año 1987 cuando lo conoció quien esto escribe, ese fue el año cuando ingresé a la U.S.B., año que según los entendidos, fue la peor cohorte jamás ingresada en dicha universidad. Este dato lo traigo a colación pues formando parte de dicha cohorte, apenas al ingresar a la universidad necesité urgentemente de un “preparador” de matemáticas.

Recuerdo que mi primer encuentro con Naborí fue fortuito. Comentaba con un condiscípulo en el cafetín de la universidad lo mal que me había caído un profesor de matemáticas, quien al presentarse, no dejó de mencionar de manera evidente que se sentía un erudito y que la carrera que él había estudiado y de la cual se había graduado Cum Laude, no era para todo el mundo y que la materia que nos iba a dar a nosotros era, dicho de manera peyorativa, solamente lo básico necesario que requiere un ingeniero. ¡Que rabia!, Mi sueño de ser ingeniero de la U.S.B. había sido minimizado por un ególatra antipático de mierda. Naborí a mis espaldas, quien se estaría tomando su segundo o tercer café negro grande, intervino preguntando si por casualidad me refería a Bruno Sansó, volteé y sin sobresaltarme ya que su aspecto así lo demandaba, respondí bromeando, “ay dios mío, no me venga a decir que es su hermano”. Me miró a los ojos un segundo como imaginándose algo y de repente rió de manera abrupta y estrepitosa, salpicándonos a todos, en especial a mí, del café que sorbía en ese momento. Todos saltamos de nuestros asientos de manera instintiva y algunos muy molestos le reprochaban mientras trataban de secar la inevitable mancha de café. Naborí viendo lo que había hecho soltó otra carcajada ensordecedora, multifónica e infantil a lo que algunos le gritaban desde lejos, cállate “Yuk” anda a trabajar y deja tranquilos a los “nuevones”, volví a sentarme después de limpiar el lugar y esperé mientras se reponía de su ataque de risa, que por durar un par de minutos, me permitió detallarlo.

En verdad Naborí era extraño, era una persona con el pelo ensortijado muy negro, la cara muy blanca, la forma de los ojos típicos de los asiáticos pero de un verde tan claro, que por la poca abertura de los mismos parecían totalmente blancos. Labios muy finos que solamente sirven para sostener los miles de cigarrillos que se devoró mientras lo conocí, boca muy grande, de estatura mediana y muy delgado, y para colmo la forma de su cara ovalada casi puntiaguda en las orejas, desbarataba cualquier intención de otorgarle algún rasgo característico de región alguna de este planeta.

No - respondió - no es mi hermano - confesó cerrando los ojos y tomando mucho aire para evitar reír de nuevo. - Estudié con él, vimos dos trimestres juntos de la carrera y me cambié pues eso no era para mí, sin embargo te puedo decir que el tipo es bueno en su materia, éste es su primer año como profesor y si su petulancia no hace que lo maten antes que termine el trimestre creo que será un excelente profesor - Tomó lo que le quedaba de café de unn sólo trago y poniéndose de pié me dijo donde quedaba su cubículo pues él era, por cierto, preparador de matemáticas.

Que agallas tenía ese loco. Yo que me considero un bromista nato, me imaginaba en plena preparaduría pariendo con los límites, derivadas y esas cosas y de repente, se me salga una de las mías y que el tipo se esté comiendo unos espaguetis… ¿se imaginan?, Nooo mano ni de broma, opté por buscar inmediatamente otro preparador.

Después de cuatro arduos días de búsqueda infructuosa, estaba casi resignado a quedarme con el último preparador de mi lista, ya que no podía perder más tiempo por la acumulación de materia. No sé que cara tendría, me imagino que de aprehensión y de patética ignorancia, pues se me acercó una chama que la había visto en los “vivenciales” semanas atrás - ¿Qué pasó amigo? te veo preocupado - olvidando lo superbuena que estaba la loca, le dije sin mirarla… - asustado es lo que estoy, fíjate, me cambio de profesor porque el tipo es un petulante y resulta que todos los preparadores son peores, que vaina, he visto solamente dos clases, una con Sansó, que después de media hora presentándose, dijo un pocote de cosas que estoy tratando de descifrar y la otra, con Bayón, que tuve que caerme a golpes para poder entrar al abarrotado auditorio para luego ver toda la clase, parado y de lejos, y para completar este preparador de mierda “habda así como si tuvieda todos dos dientes pegados a da dengua” y coño… como uno se concentra así… mejor me voy de aquí.

Así estaría de preocupado, que seguí ignorando a la chica que caminó a mi lado. Al rato me dejé caer en un espacio con grama que estaba bajo un árbol cerca de la “casa del estudiante”, me quité la liga que acorralaba mi cabello largo y rascándome fuertemente la cabeza, trataba de oxigenarme la mente para así activar mi ingenio. No sé por qué siempre hacía la misma vaina pues lo único que lograba era quedar despeinado.

-Y, entonces ¿qué hacemos?, Nos vamos o vemos como solucionamos el problema - me dijo la chica sacándome de mis inútiles cavilaciones.

¿Qué problema? – pensé- ¿el de matemáticas?, ¿El de los preparadores?, ¿Qué hacía esa loca todavía allí?… Por primera vez miré a la niña con detenimiento, en términos generales estaba chévere, no especificaré más, pues podría sonar lascivo si consideramos que yo tenía 21 años para ese momento y ella 16.

-No sé chama - le dije derrotado, recogiéndome nuevamente el cabello. Me presenté, se presentó, nos preguntamos cosas, de donde venía, edad, hermanos etc., además supe que también estaba “ponchada” en matemáticas. Y de pronto, de manera providencial la niñita me preguntó por la mancha que tenía en mi suéter, agarré mi único cuaderno revisé la contraportada y ahí estaba el edificio y el cubículo del preparador que hasta ahora conocía como Yuk, me levanté me sacudí los restos de grama pegada a mi trasero la ayudé levantarse y sin decir más le dije, sígueme.

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Lo único que combinaba con Naborí era su cubículo, o pequeña oficina que se había procurado en un gran depósito de vainas viejas y descontinuadas. Que desastre, como creía ese carajo que cualquier estudiante nuevo, temeroso y dispuesto a poner el futuro de su carrera en manos de alguien, tendría las agallas de pedirle que fuera su preparador. La cara de la nena era un poema, no sabia si correr, gritar, desmayarse o molestarse, pues pensó que yo la estaba engañando y las cosas no estaban para bromas. Aparté unas cajas de papeles y notas que se encontraban en dos de las cuatro sillas que tenía el cubículo, sin inmutarme ante la petrificada actitud de la niña, me senté en una de ellas y le pregunté muy cortésmente al preparador que cómo se llamaba, a lo que se golpeó la frente con su palma, disculpándose por lo torpe que había sido y de manera repentina se puso de pie y estrechándome la mano amablemente dijo Naborí Sforza Shikoku, acto seguido pasando por encima de unas gavetas de aluminio que estaban en el piso, se le plantó al frente de la nena repitiendo la presentación, esta dejándose llevar más por su intuición que por la razón, se presentó y se sentó a mi lado.

Naborí sin dejar de ser cortés, fue apremiante al preguntarnos si queríamos que él fuera nuestro preparador, a lo que ambos sin pensarlo mucho, ya que de lo contrario nos hubiésemos negado, asentimos con la cabeza. Les pregunto - dijo - porque necesito en cada trimestre por lo menos darle preparaduría a un alumno para mantener el trabajo y si ustedes quieren, pues, no buscaré más.

Naborí no necesitaba las cuatro “lochas” que ganaba siendo preparador, pero quería el trabajo por las prerrogativas que obtenía por el cargo. Habiendo protocolizado la reunión colocando nuestros nombres en sendas planillas y revisado nuestros horarios para luego elaborar un cronograma de actividades, dimos por concluida la primera de muchas reuniones que tendríamos en aquel chiquero, bueno mejor lo llamaré caverna, porque si los cochinos la vieran, se ofenderían.

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Con una paciencia digna de un cura en una tribu del Amazonas, Naborí nos fue enseñando como interpretar esos jeroglíficos de aquella ciencia llamada matemáticas. En fin, lo que si estaba claro es que aparte del estoicismo con que Naborí enfrentó nuestra preparaduría, estaba el hecho de que el tipo sabía todo lo que debía saberse con respecto a las matemáticas, todo. Entonces me extrañó el asunto aquel del cambio de carrera y un día le planteé esa inquietud, a lo que sin profundizar mucho dijo “lo que pasa es que las matemáticas son aburridas… no explotan”. Realmente me encontraba muy ocupado tratando de entenderla, como para dilucidar lo que él acababa de decir.

Venían los primeros departamentales y las caras de los “nuevones” ya mostraban signos de preocupación, falta de sueño y algunos de resignación, pues la “clavada” era inminente. La nena y yo, aunque agotados, estábamos más bien expectantes. Lo último que nos dijo Naborí fue que nos tranquilizáramos ya que nos creía por encima del promedio. Francamente siendo vox populi que éramos la peor cohorte que había ingresado a la universidad, realmente no me sentía nada tranquilo ya que en este caso no es suficiente eso de que “en pueblo de ciegos el tuerto es el rey”.

En resumidas cuentas salimos airosos de nuestra primera prueba y lo único que probó eso es que Naborí era un genio. Otros efectos secundarios fueron que la popularidad de la nena se disparó tanto que creí que la perderíamos del grupo, sacó 45 sobre 50, imagínense aparte de estar buena… inteligente. Yo que saqué 42 sobre 50 solamente fuí tildado como un maldito con suerte. Eso si, ninguno de los dos mencionamos nada de nuestro preparador, la cual había sido una instrucción directa de Naborí. Fue el primer conato de clandestinidad en este triunvirato tan heterogéneo.

Después de ponernos de acuerdo, la nena y yo invitamos a Naborí a unas cervezas para celebrar el examen. Habíamos pensado en ir a un antro que quedaba cerca de la universidad que llamaban la Bolera o en el mejor de los casos, para otro más refinado llamado el Gavilán, aunque aceptó la invitación, sugirió otro lugar en Las Mercedes. Aunque ningún músculo de mi cara mostró nada más que un “Okay” mi bolsillo empezó a necesitar un electroshock ya que sabía que el golpe iba a ser muy duro, en cambio la sifrina de la nena brincó diciendo… ¡si si mejor vamos a Las Mercedes!, Y mostrando mi última sonrisa hipócrita hacia la nena dije… ok vamos.

A los pocos segundos de haber llegado a la abarrotada “tasquita”, como la llamaba Naborí, ya tenía preparada una excusa para irme del lugar. A pesar de ser muy popular el lugar, los precios… no lo eran. Ya estaba todo planificado, a la segunda cerveza… dolor de estómago y pá mi casa.

Bueno el plan en cuestión lo dejé tirado subiendo unas estrechas e inclinadas escaleras, siguiendo el traserito de la nena y escuchando con mucha dificultad a Naborí, varios peldaños más arriba, diciendo que esta era una de las tascas del papá. ¿No puede ser? Respiré tranquilo y reafirmé mi fe por nuestro Señor Jesucristo.

Dejando todo el bullicio atrás, llegamos a una muy estrecha puerta al final de las escaleras, Naborí se detuvo un par de segundos mientras alguien que no pude ver por el rabo de la nena y la espalda del ahora anfitrión, abría la larguirucha puertecita. Escuché voces en italiano, en español y luego en italiano nuevamente, cuando escuché mi nombre alcé la mano sobre el hombro de la nena para saludar sin saber a quien. Nos hicieron pasar a un lugar tan grande como la tasca misma del piso inferior.

Naborí nos presentó a su padre quien amablemente nos invitó a pasar y a sentarnos. Noté que el español del viejo Sforza era perfecto y sin acento, cuestión que me extrañó muchísimo a sabiendas que, la familia había llegado a Venezuela a comienzos de los setentas y asumiendo que debería tener alrededor de 50 años, entonces ¿Cómo lo logró?. Ni idea.

Seguidamente, alguien, que siempre estuvo allí pero que no vi al principio, cerró la puerta y la aseguró con un gran pestillo de bronce que hacía juego con todo lo que tuviera que ver con metal en esa estancia. Del ruido del piso inferior sólo se escuchaba un murmullo que era anulado casi totalmente por una melodía vieja de violines tristes italianos y si a eso le sumamos un fuerte olor a pipas y a tabacos finos, acompañado con su inseparable humo que opacaban casi todo que estuviera a más de dos metros, tendrán que perdonarme si pensé en Vito Corleone. El viejo Antonio (así se refería Naborí cuando mencionaba a su padre) dijo algo en italiano a otros señores quienes estaban en una mesa con una mano de dominó a medio camino, luego de rezongar unos segundos se acercaron a saludar cariñosamente al sobrino, quien los besó a todos en ambas mejillas.

A unos pasos del enorme sofá en forma de “L”, había una muy pulida barra justamente donde en el piso inferior se encontraba la del negocio y para colmo con barman y todo, Naborí, luego de preguntarle a la nena que quería tomar, volteó a la barra e hizo una seña casi imperceptible. Segundos después dos jarras y una copa de muy fría cerveza chocaban en lo alto para celebrar haber sorteado, sin saberlo, el primer filtro impuesto por las autoridades de la U.S.B.

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Para alguien como yo, con un nivel económico bastante limitado, quien en su juventud leyó todo lo que le cayó en sus manos, conocedor de muchas culturas, por libros, documentales y películas, estar con ese nuevo mini círculo social como protagonista era atractivo y embriagante. Y hablando de eso, agarramos una borrachera olímpica en la que a la pobre nena le hicimos que nos contara toda su vida, novios, escapadas, etc., absolutamente todo lo que no quería decirnos en un principio, para luego quedarse dormida en la alfombra, bueno realmente se durmió en el sofá, pero al rato sin darnos cuenta, se escurrió hasta el piso. Con la “pea” y la risa no pudimos levantarla y decidí arroparla con mi suéter. Aquel que nunca perdió la mancha de café.

Los italianos y el barman se habían ido. Salvo el señor de la puerta que dormitaba sentado al lado de la misma. Fue entonces cuando desinhibido por la curda, Naborí mencionó su proyecto secreto al que llamó, el Inductor. Yo con esa descomunal pea, no le paré mucho cuando trató de explicarme como funcionaba el aparato en cuestión, pero… cuando me dijo para que servía… sentí una sacudida tal, que la borrachera quiso salirse de mi cuerpo… y salió.

Con pocos segundos para reaccionar tome un jarrón (de bronce por supuesto) que estaba encima de la mesita esquinera del sofá y vomité en él. Mientras esto sucedía corría como podía hacia el baño. Ya en él y con el contenido de mi estómago totalmente afuera, me dediqué a lavar el jarrón y a pensar en “el Inductor” ya como algo real y posible. Para cualquier persona normal y silvestre, la sola mención del objetivo del Inductor, generaría una reacción de… “te imaginas si eso fuera posible, sería maravilloso”. Pero yo, aunque escéptico de profesión, le concedí algo de factibilidad. El cuello del jarrón era suficientemente grande para meter mi mano o un pañito para limpiarlo, pero ni de vaina metería mi mano allí. Entonces me dediqué a llenarlo de agua, batirlo y botar el agua, tantas veces, hasta que el agua por fin salió sin un pedacito de… ustedes saben. Mientras me afanaba en dejar el jarrón como estaba, me veía en el espejo del baño… imaginándome, fotografiado en grandes titulares de prensa, donde nos llamaban, los salvadores del planeta. Ahí lo supe todo, supe que quiso decir con que las matemáticas no explotan, supe cual sería nuestro destino, supe lo que sería ser inmortal al aparecer en los libros de historia hasta el fin de los tiempos, lo que no supe en ese momento fueron los enemigos y las desventuras que tendríamos que pasar. Con la mente totalmente despejada de la pea pero llena de preguntas, regresé con el inmaculado jarrón al sofá donde Naborí, en posición fetal, dormía al lado de la nena. No quise despertarlo, porque creí que no diría nada coherente con la rasca. Lo dejaría para después.

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La nena con los ojos desorbitados sacudía a Naborí de manera frenética. Eran como las cinco de la mañana y al ver que me desperté primero se abalanzó sobre mí, forzando a que colocara mi cabeza a la altura de sus ojos y gruñéndome en voz muy baja como si yo tuviera la culpa de todo y gastando todo el aire de sus pulmones me recriminó diciendo, ¡mi papá me va a caer a golpes!.

Cuando la nena… de dieciséis años… quien tenía un inocultable aliento a licor y estaba a punto de amanecer fuera de su casa por primera vez en su vida me sacudió, recordé lo “careculo”, que según nos contó la nena esa misma noche, era su papá, que si bien era un tipo joven y muy al día con las tendencias de la época, era muy celoso con su niñita. Brinqué del sofá y traté de despertar a Naborí, pero fue en vano, el hombre solamente respiraba pero no daba más signos de vida. Debíamos pensar en algo, la nena estaba realmente aterrorizada, me puse mis zapatos y echándole una última ojeada al reluciente jarrón de bronce de la esquinera, le dije… ¡vámonos!.

Estaba haciendo un frío endemoniado y casi corriendo en dirección del Metro, le pregunté si este pasaba cerca de su casa - Nooo que va, me deja en Petare y luego debo tomar otro carro para “subir” a la Urbina.- Yo como vivo en La Guaira y no conozco nada de Caracas le contesté, ¡ahhh, okay!.

El Metro, aún cerrado por la hora, se mostraba pavoroso y fantasmal, ya que hace pocas horas eso era un bullicio y un bululú de gente pá llá y pá cá. La nena mentó la madre a quien debía abrir el Metro. Paré un taxi y halándola en dirección a él, le dije que se montara: Pregunté al taxista que cuánto costaba la “carrerita” para la Urbina, la nena con los ojos suplicantes me dijo que no la dejara sola. Subí con ella y arrancamos. En el camino le decidí que era muy mala idea si nos vieran llegar juntos, que mejor se inventara una buena excusa y aguantara su “palo de agua”. Comenzó a llorar y tomándome por un brazo tan fuertemente que inclusive me hirió con sus uñas, me imploró nuevamente que no la dejara sola. Lo asustada que estaba la nena llegó a ponerme realmente nervioso, ¿Será que su padre es un tirano? O algo por el estilo. ¿Será que la golpeará al llegar?.  ¿O a mi?.

¡En la casa del portón negro, por favor! - le dijo al taxista . Al estar frente a la casa, cerré los ojos y respirando profundamente traté de relajarme, después me dije, “pero bueno ¿cuál es el problema?, Esta gente no es familia mía”.

Al instante que la nena logró abrir la puerta, se escuchó la voz de una señora desde el garaje de la casa que de manera apremiante gritó ¡¿nena?!, a lo que respondió con la voz entrecortada -  si mamá soy yo-. Se escuchó el rápido caminar de más de una persona acercarse a la entrada de la casa, entre ellas… el papá. ((((Clang)))) Primer round. La mamá la abraza y luego de unos segundos la separa de sí y sin soltarla la vió de hito en hito, me imagino que para ver si estaba bien físicamente, el papá me veía raro y yo… tieso. ¿Qué pasó mijita? ¿Dónde estabas?, - preguntó la madre.  La nena empezó a llorar de los nervios. El papá se acercó, apartó a la madre suavemente y echándole el cabello hacia atrás para descubrirle su cara, la abrazó, y yo… tieso aún. La señora muy nerviosa por el llanto de su hija me vió con una gran interrogante en su cara. La cosa estaba muy complicada. La nena entre sollozos no podía hablar, el papá me veía con una ira desmedida y la mamá sin saber que hacer pues ni siquiera sabía quien era yo, volvió a abrazar a su hija. Sin perder mi posición marcial, mirando siempre al papá a los ojos y recordándome que no tenía nada que perder, intervine - buenos días- me presenté. Dije que era compañero de clases de la nena, que en el día de ayer habíamos recibido las excelentes notas de nuestro primer examen departamental de matemáticas y acto seguido decidimos ir a celebrar, como se estila en la universidad, con nuestro preparador, quien para suerte de nosotros es hijo del dueño de una tasca. Como era de esperarse nos embriagamos y nos quedamos dormidos hasta ahora.

La pasmosa franqueza con lo cual había descrito los hechos, anuló el sollozo de la nena quien cerró muy fuerte sus ojos esperando la reacción del papá. Segundos interminables de silencio fueron rotos por la mamá al decir, ¡ay Dios mío, menos mal, pensamos que le había pasado algo malo a la niña!. La mamá ya nos había perdonado. Dirigiéndome al aún renuente papá le dije que, de haber tenido el teléfono de esta casa seguramente habría llamado, pero como tenemos poco tiempo conociéndonos, no lo tenía. Mentí y seguramente el papá supo que mentí, pero prefirió dejar las cosas de ese tamaño pues realmente se sentía aliviado que su niña estuviera en casa. Sin demorar más, dije que debía reportarme también en casa. Me despedí de todos di media vuelta y salí del lugar escuchando a la mamá agradeciéndome por haber traído a su niña.

A la nena la reprendieron igual, tal vez, no tanto como ella esperaba, pero si le recordaron ciertas cosas que no debía repetir. No pregunté más, pero me agradeció mucho que no la hubiese dejado sola y de la manera como enfrenté a sus padres, pues ayudó bastante a que no la crucificaran. ¿Qué puedo decir?, La chama estaba buena.

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Ninguno de los tres supo de los otros dos hasta el día de la siguiente preparaduría. Después de contarle a Naborí del problema de la nena, éste un poco distraído por un papelero que tenía en su escritorio, se encogió de hombros y guardando apresuradamente todo ese desorden en una de las gavetas de aluminio del piso, nos ofreció un poco de café. El rotundo ¡No! a dúo, dejó sin cuidado a Naborí quien se sirvió su humeante, espeso, amargo y negrísimo café, en su jarrita de unos 400 cc hasta el tope.

Transcurría la preparaduría de ese día tal cual como las anteriores. Naborí estaba explicándole uno de los ejercicios del libro a la nena que ya yo había terminado. Mientras, empecé a curiosear unas notas que tenía Naborí en una caja de zapatos sobre el teclado de la computadora. Planos electrónicos, fórmulas, listas de elementos y materiales, mediciones de tiempo, resultados borrados, tachados y vueltos a escribir. Yo medio entendía parte de los planos pues había estudiado un par de años en el Centro de Estudios de Telecomunicaciones de la compañía telefónica estadal de Venezuela. Sin que Naborí se percatara saqué la segunda hojita de la caja de zapatos poniéndola encima de la anterior para seguir curioseando sin abusar. Un alerta se activó en mi, reconocí en esa segunda hoja un generador de energía, mi corazón se aceleró de manera repentina, sin poderme contener tomé la cajita y colocándola enfrente de Naborí sobre el cuaderno de ejercicios de la nena, le pregunté en voz baja y a una cuarta de su cara, si esas notas que tenía en esa caja no pertenecían “al Inductor”. Naborí palideció, tomo la cajita instintivamente y la tiró en el cajón más profundo de su escritorio cerrándolo con llave, se levantó y haciéndome una seña para que me callara cerró el resto de los archiveros. La pobre nena paseaba su mirada del cajón a Naborí, de él a mi y luego… al cajón nuevamente. No entendía nada pero siguiendo la orden, permaneció callada.

Salimos de la caverna callados y siguiendo a Naborí por unos minutos en dirección a la salida de la universidad, mi excitación ante lo que estaba seguro que era el Inductor se fue tornando en una suerte de miedo-pena de haber metido la pata y de haber incomodado a Naborí. De repente salimos del asfalto para adentrarnos en un área bastante extensa de grama sin árboles ni arbustos cerca, se detuvo, vió alrededor y se sentó viéndome a la cara. Casi con la resignación de quien va a recibir una reprimenda, me senté al frente de él, con la nena a mi lado.

Pasaron unos minutos mientras Naborí buscaba la manera de comenzar a hablar. Después de cerrar los ojos como si se arrepintiera de algo me preguntó… ¿fue en la tasca verdad?, Asentí con la cabeza mientras veía las trenzas de mis zapatos. La nena siguió mostrando una sorprendente paciencia al no decir ni preguntar nada. ¡Que bolas, no tomo mas! - sentenció. Preferí no decir nada adoptando la inigualable paciencia de la menor. - ¿Qué tanto te dije? - Me preguntó resignado. - No mucho – contesté - pero me dijiste lo que hacía el Inductor y eso “won”, fue suficiente -. La nena se dejó caer de espaldas a la grama viendo al cielo, resignada a esperar que, cuando nos diera la gana, le diríamos que diablos estaba pasando.

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Haciendo memoria de lo ocurrido aquella tarde y para describir algo más de la personalidad de Naborí, debo decir que el carajo no ingirió más nunca en su vida ninguna bebida alcohólica, para él su palabra era un compromiso inquebrantable. Claro, yo lo veo como una cosa grandiosa y magnánima y admiro a esas personas con esas cualidades, porque yo, que va mi hermano, mentiroso y embarcador como el que más… Volvamos a aquel día.

Naborí cambió diametralmente el tema que nos tenía llevando sol en medio de la grama como unos idiotas, recordándonos que el viernes tendríamos el segundo departamental de matemáticas. Realmente el examen nos tenía sin cuidado, estábamos “sobrados de lote”. En tal sentido, debo decir que el carajo en las últimas dos semanas de preparaduría solamente nos hacía ciertas acotaciones y algunas sugerencias, ya que nos había enseñado a ver la materia desde otra perspectiva más amigable y sencilla. El intento, no logró desviar mi interés por el innombrable asunto. La nena nos veía a ambos con cara de preocupación, porque no éramos nosotros. No era el grupo que se reunía a bromear y a estudiar de hace media hora. Estábamos muy unidos y compenetrados, éramos de esos que nos aconsejábamos unos a otros con la franqueza que debe dar la amistad verdadera, que habíamos creado un seudo-mundo paralelo, dentro del extraño mundo de esa universidad, ese ambiente que habíamos logrado era muy nuestro muy envolvente y reconfortante. Claro que estaba preocupada, pero aún la nena no decía ni pío. El único que estaba en control de las cosas era sorprendentemente, yo. Entendía perfectamente la preocupación de la nena, sabía el ímpetu que Naborí le imprimía a lo que hiciese aunado al hecho que el Inductor era el proyecto de su vida, con todo el significado que sé que él le daba al asunto y al final estaba yo, tranquilo pero entusiasmado con el proyecto que dejó de ser solamente de Naborí desde el día de la tasca y del cual no dejaría de empujar para lograrlo a cuenta de lo que sea, claro habría que ver si Naborí nos dejaría participar en el “proyecto”.

Te voy a dar cinco minutos más para que ordenes tus ideas y veas como nos echas el cuento entero del – y bajando exageradamente la voz, le dije – Inductor. Mira que la menor se va a asfixiar si no dice nada pronto – dije esto señalándola y esta asentía rápidamente con la cabeza dándome la razón – además, he esperado más de un mes desde que lo mencionaste, pero  won, ¿hasta cuando esperar?, Mira que yo no soy tan paciente como ustedes, además, estoy seguro que algo está pasando con el proyecto últimamente porque te he notado intranquilo y preocupado… cuéntanos, a lo mejor podemos ayudarte.

Encendió el cuarto cigarrillo desde que llegamos a la grama y sin dejar de mirarme me dijo – nos vemos el viernes después del departamental - y se levantó, sentí que la nena quería decir algo y dirigiéndome a Naborí le pregunté - ¿los tres? – miró a la nena con sus ojos de alcancías oblicuas, sonrió y reprochándome la pregunta me dijo - ¡claro pendejo! – y continuó diciendo delante de la estela de humo que iba dejando – concéntrense en el examen, pónganle cuidado – se detuvo, giró y dando un paso en dirección a nosotros, dijo - tengo entendido que la universidad no quiere a ninguno de ustedes en ella. Con este examen se van a deshacer de unos cuantos. No piensen en más nada hasta el viernes, enfóquense. – Esa era su palabra predilecta. Y se fue.

Mientras miraba a Naborí alejarse, la nena se abalanzó sobre mí sorprendiéndome y haciéndome caer de espaldas al césped, para luego ahorcarme con ambas manos, no hice resistencia alguna, esa pajilla hubiese volado un par de metros con sólo estornudar.

- ¿Dime por favor, qué pasó aquí hoy… y en la tasca? – me interrogó con mucha impaciencia.

- Ah, eso… - dije mostrando indiferencia y levantándome aún con la sanguijuela esa asida a mi cuello y ahora con sus piernas rodeándome la cintura, pues estaba determinada a no soltarme, continué diciendo - ¿No oíste a Naborí? El viernes hablaremos de eso – sus uñitas se clavaron de manera decididas y firmes en mi cuello, lo que hizo detener mi andar, la miré como si le quedaran tres segundos antes que le diera una golpiza y entendiendo de inmediato su futuro próximo, se bajó de un brinco. Nos fuimos al cafetín mientras le contaba lo de la tasca y lo que yo entendía del Inductor.

- ¿Si? y, ¿es posible? – Preguntó, me encogí de hombros y seguimos caminando, la nena deambulaba con la mirada fija hacia adelante sin ver nada. Ahora éramos dos los interesados en el proyecto, nombre código “el Inductor”.

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La desolación que se sentía en esa universidad el viernes del departamental en la tarde, era inocultable. Grupos de “nuevones” sentados en los gélidos pisos de los pasillos y recostados en las paredes de los salones que horas antes habían servido de “salas de matanza”, lamentaban haber ido el fin de semana a la playa, o al cine, o de burlarse de los “viejones” por parecer unos Nerds.

Un total de 422 estudiantes de los 1200 de la cohorte del 87 fueron expulsados de la universidad por estar debajo del mínimo de permanencia, 604 cayeron en período de prueba, es decir, por encima del mínimo de permanencia y por debajo del mínimo aprobatorio, 127 de ellos se retiraron voluntariamente. La mitad de la cohorte del 87 no llegaron al segundo trimestre, y de los que quedaron, casi dos tercios estaban sobre la cuerda floja. El filtro había sido un rotundo éxito.

Esa tarde no vimos a Naborí. Lo buscamos en la caverna, preguntamos por él y nadie supo decirnos nada. No me sentía de buen ánimo, pero igual que en todos los departamentales, nos fuimos a beber con los amigos. Claro en un ambiente muy diferente. Muchos de ellos sabían que era una despedida.

La verdad que el examen fue una masacre planificada con total alevosía maquiavélica. Al ver la primera de las tantas hojas que tenía el “departamental”, me recordó aquellos manuscritos enigmáticos del libro “En el nombre de la Rosa” omitiendo así el mojarme los dedos con saliva para pasar las hojas, pues las páginas que tenía ante mi, contenían puro veneno. Para no decir más de aquel fatídico día, la nena sacó 22 y yo 27, claro era suficiente para pasar, pero nuestros sueños de un buen índice habían recibido un “gancho” al hígado… muy doloroso y de difícil recuperación.

Muchos compañeros, a decir verdad, todos mis compañeros y compañeras de “parrandas”, no pasaron del primer trimestre. Las tres compañeras y amigas de bachillerato de la nena “rodaron” también. En resumidas cuentas, quedamos solos.

Hasta ahora habíamos tenido mucha suerte de haber conocido a Naborí. Lamentablemente para todos mis “panas” fue muy dura la lección de que, en la Simón Bolívar, si logras obtener algún tiempo libre mientras tratas de permanecer en ella, aprovéchalo comiendo o durmiendo.

Recuerdo claramente un graffiti cerca de la entrada de la universidad, que decía, “Estudiantes U.S.B.istas, tecno-seres deshumanos”, en ese momento entendí el mensaje. Escrutaba las miradas de los viejones y todos parecían pensar en lo mismo, no sé en qué, pero era en lo mismo. Aterrorizado le dije a la nena que cuando me viera así, me clavara una estaca en el pecho para liberarme de ese aburrido y triste final. No crean que he olvidado el cuento que les estoy echando, es que hubo muchos elementos que interactuaron para involucrarnos en el proyecto energético más revolucionario desde el descubrimiento de la electricidad. Energía. No de grandes cantidades, ni de nuevas fórmulas de generación, se trata sólo de un nuevo método de transportarla. Energía, si, de eso es de lo que trata esta historia, esta idea, este sueño.

Estoy seguro que alguien allá arriba quería que estuviésemos involucrados en él, pues para completar el panorama, la U.S.B. que nunca en su historia se había involucrado en ninguno de los cientos de problemas que sufría la universidad pública venezolana, a la semana de haber culminado nuestro primer trimestre, se unió a la huelga general de profesores universitarios del año 87- 88.

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Después de ese primer trimestre de tortura china y la huelga de profesores sin ninguna solución a corto plazo, decidí ir todos los días a la playa pues quedaba cerca de mi casa y no me costaba nada. Una noche me encontraba embadurnado de crema Nívea, cuando la nena me llamó para informarme que Naborí la había llamado para que nos reuniéramos el lunes en la caverna. Era jueves. Interrogué a la nena del por qué esperar hasta el lunes, a lo que ella muy tranquila me dijo... ¡verdad chico, recoge una ropita de invierno y nos vamos pá Italia!. Que vaina, no se le pegó nada bueno, pues el sarcástico del grupo era yo. ¡Nos vemos mejor el lunes – le dije - pues voy a tardar mucho quitándome la bodycream de encima! Y colgué.

Muy delgado y blanco, encontramos a Naborí en el desierto cafetín de la universidad. Al vernos besó a la nena y me abrazó muy enérgicamente. Extrañado por su efusividad, le reproché el haber desaparecido de esa manera. No obstante, haciendo caso omiso del reproche, nos felicitó por la segunda y cuarta mejor nota de aquel último departamental de matemáticas. Nos contó que había pasado toda la mañana de aquí para allá buscando información de todo lo acontecido en estas últimas semanas y que entre otras cosas, nos había inscrito en un curso de computación que habían abierto un grupo de estudiantes de dicha carrera para pasar el tiempo mientras duraba la huelga. Yo iba a protestar por ese atentado a mis vacaciones tropicales cuando se levantó y nos dijo, ¡vamos al laboratorio!.

Me levanté catapultado por lo que creía que íbamos a averiguar ese día. La nena me miró interrogante y “pelándole” los ojos la conminé a callarse y seguirnos. Naborí a conocedor de nuestras inquietudes, nos adelantó que tenía casi listo uno de sus dos proyectos.

¡¿Dos proyectos?!. Que vaina, lejos de tranquilizarme empeoró las cosas y a sabiendas de la nueva angustia que me acababa de generar, me agarró del cuello a manera de abrazo sin dejar de caminar y halándome hacia él, me besó en la “mollera”. Si creía que eso me relajaría estaba muy equivocado ya que su evidente alegría sólo decía que había logrado algo. Llevados por el desespero de unos y la emoción del otro, arrancamos a correr de manera frenética al laboratorio. Esa fue la última vez que hicimos algo que llamara la atención estando juntos.

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Primero les hablaré un poco del segundo proyecto que estaba desarrollando Naborí, si bien es cierto que para mí resultaba muy interesante, él sólo lo usaba de fachada para evitar que cuando la gente se intrigara del trabajo que estaba realizando, tenía al segundo proyecto como respuesta. Este proyecto “backup”, consistía en aquel viejo sueño del movimiento eterno, es decir, el desarrollo de una máquina capaz de moverse, generando mientras esto sucede, la suficiente energía para impulsarse a si misma. El asunto iba bien encaminado, casi había logrado que el consumo no superara a la generación. Pero la dedicación y el tiempo eran para el Inductor.

El Inductor, por fin se los diré, es un conjunto de dispositivos que interactúan para transformar la energía o corriente en una especie de microonda capaz de desplazarse por el aire a ¡ciento once veces! la velocidad del sonido y que luego pueden ser decodificadas y usadas normalmente. Básicamente lo conforman dos dispositivos, la caja A, que codifica la corriente en algo parecido a las microondas y la caja B que decodifica esas pseudo ondas. Cada caja posee un sistema que les permite saber siempre donde se encuentra la otra. Un beneficio adicional de la no utilización de los conductores naturales, es la eliminación de la resistencia. La resistencia cero se traduce en que la onda puede viajar grandes distancias sin deteriorarse ni perder sus valores cuantitativos de energía. Un último detalle técnico que diré por ahora del Inductor, es que la decodificación de la onda generada por la caja A, no es exactamente el proceso inverso de la “codificación” de la misma. Este dato lo menciono pues es lo que tuvo a Naborí, cuatro años de más en la U.S.B... El tratamiento de las frecuencias en las microondas se aplica exactamente igual en el Inductor. La distancia real, según Naborí, la daría el tamaño de la antena emisora, y si a eso le agregamos la posibilidad de rebotarlo en un satélite, usen ustedes su imaginación.

Si aún no han caído en cuenta del significado del Inductor, les ayudaré un poco. El gran problema que ha tenido el desarrollo de los carros eléctricos ha sido el excesivo peso de sus acumuladores de energía o baterías, aunado a la poca potencia que se obtiene por el amperaje requerido. En fin, ahora tendremos un carro eléctrico un poco más pequeño que los carros de combustión interna y significativamente más rápidos y potentes. Imaginemos la eliminación casi total del monóxido de carbono emanados por estos motores. Digo casi total, pues en aquellos países que no tengan la posibilidad generar electricidad usando plantas hidroeléctricas, energía, solar, eólica o atómica, tendrán que seguir quemando combustible fósil en sus plantas termoeléctricas. Imaginen esas pequeñas islas tan distantes de tierra firme que por su poca población y sistemas de producción no puedan permitirse un tendido eléctrico submarino y que ahora con solamente una caja B, puedan entrar al siglo XXI. De igual manera las provincias y los pueblos remotos, ahora podrán disfrutar de la electricidad y sus beneficios. Vuelos sin las escalas necesarias de reabastecimiento. Barcos pesqueros que pueden durar meses en alta mar sin tener que entrar a puertos extranjeros con todas las implicaciones que ello trae, para cargarse de combustible. Sería más fácil la vida en los polos,  la Antártida, Alaska, etc., las ballenas, principal fuente de energía y alimento para esas regiones tendrían un chance de evitar su extinción.

Seguramente se preguntarán si producirá cáncer. Puedo decir con toda certeza, que por la naturaleza misma del proceso de codificación, es imposible que esas pseudo ondas afecten de manera alguna ningún organismo viviente. ¿Cómo se puede controlar su consumo? Igual que con los teléfonos celulares, se le asignará una frecuencia de uso para una o varias cajas B, y estas pueden ser fijas o móviles como en el caso de los vehículos las cuales requerirán un importe adicional por la utilización del GPS y como se ha venido haciendo hasta ahora, el recibo de consumo nos llegará por correo a nuestra casa u oficina.

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Naborí nos enseñó todo lo concerniente a la “Rueca”, el proyecto backup. Planos, fórmulas, detalles interesantes (que nunca me sirvieron para un carajo, pero interesantes al fin), por si algún curioso empezara a preguntar, dijésemos que estábamos colaborando con Naborí en ella, su tesis de grado. Éste, se había tomado el asunto tan a pecho, que nos fotocopió todo lo que tenía de la Rueca haciéndonos una especie de guía. Luego nos despidió diciéndonos que el viernes nos veríamos de nuevo y nos haría una evaluación del proyecto, puntualizando que la única manera de que estuviésemos con él en el desarrollo del Inductor, era aprobando la evaluación de la Rueca con cero fallas.

Bueno se podrán imaginar que mandamos pál carajo las clases de computación de esa semana para “caletrearnos” la Rueca en cuestión. Presentamos, salimos excelentemente bien y de todas maneras nos calamos tremendo “peo”, pues si la Rueca era la excusa de Naborí para ir a la universidad, las clases de computación lo eran para nosotros. Después de disculparnos y “jalarle bolas”, se enserió nuevamente recordándonos que la vaina no era juego y que había poco tiempo para terminar el Inductor pues le quedaban dos trimestres nada más.

¿Poco tiempo? ¿Seis meses?, Para la velocidad que llevaba mi vida en esa época, seis meses era una eternidad. Me mostré intranquilo ante esa posibilidad de una larga espera. Naborí con aquella paciencia alabada anteriormente, me colocó sus manos en el hombro y me empujó levemente hacia el fondo de la silla, ya que me encontraba sentado en la punta de la misma, me agarró cada brazo y pidiéndome con un ademán que los aflojara, me los “jamaqueó” de manera que se destensaran, para luego colocar cada uno de ellos en los posabrazos de la silla. Seguidamente tomó mi tobillo y rodilla derecha, la flexionó y la colocó sobre mi pierna izquierda y para culminar me dio un último empujoncito en el pecho para que me recostara del espaldar. De ahora en adelante - dijo de manera imperativa -  siempre, escúchame bien, siempre cuando estés conmigo, te sentarás así, no importa si estás apurado, nervioso, meando o lo que sea, tengo muchas tensiones en todos lados para que tú me generes otra. Al volver Naborí al escritorio, vimos como la nena estaba sentada exactamente como lo estaba yo en ese momento, pero adornando su hermosa cara con una dulce sonrisa. Estallamos en una carcajada al unísono al reconocer su madurado sarcasmo.

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Comenzamos a involucrarnos en el Inductor, haciendo ensayos, pruebas y todo tipo de evaluaciones. Yo estaba pariendo porque no se imaginan el miedo que le tengo a la corriente, y la caja A cuando se activa, emite un destello azul casi blanco tan repentino e intenso, que la primera vez, me asusté tanto, que la nena desde entonces, mueve los brazos y zapatea como yo lo hice en ese momento, para demostrar (burlándose de mi) mucho miedo. En resumidas cuentas, llevaba en mi morral guantes de goma, botas de goma hasta las rodillas y por si acaso, una “tripa” de camión en varios tamaños, ya que a veces tenía que sostener algo acostado o recostado de algo. La nena sin embargo, por su torpeza, Naborí no le permitía hacer nada mientras las cajas estuviesen prendidas. La función de la nena en el grupo era otra, según él.

A decir verdad cuando por fin nos involucramos en el Inductor el proyecto estaba terminado, como dije anteriormente estábamos en la etapa de pruebas, correcciones, adecuaciones, depuración e implantación. A pesar de haber entendido el proceso de transformar la corriente en “olas”, que es así como llamó Naborí a las extrañas ondas generadas por el proceso, no entendí como un científico con una lógica o un raciocinio normal pudo seguir los derroteros seguidos por este “mago” para lograrlo. Al preguntarle al respecto sólo se encogió de hombros y dijo ¡pura suerte won!.

Las olas de la corriente codificada se veían en un osciloscopio normal como una onda cuadrada de corriente continua, pero no refleja los valores reales del tiempo y de la fase, en tal sentido, conociendo la naturaleza de la onda en cuestión, el carajo desarrolló un osciloscopio al que llamó “el surfer” el cual mostraba la onda real, que se veía de verdad como una ola marina pero de las que sirven para surfear con la punta en forma de garfio casi comenzando un “tubo”. Esto es producto de formar una corriente híbrida entre la alterna y la continua, alimentado con un “destensor magnético”. El destensor es el corazón del Inductor y es, en realidad, el gran descubrimiento. Los demás son dispositivos complementarios que aunque complicadísimos todos, eran consecuencia de las características particulares que el “destensor” necesitaba.

La utilización del Inductor era sencillo, la caja A debía ser alimentada con el voltaje y la corriente que quisiera que recibiera la caja B, es decir, no existe una caja A de 220V y otra de 110V, se podía usar la misma para ambos casos. El tamaño de las cajas varía de acuerdo a la distancia de transmisión, pero estas nunca excederían, hasta el momento que hicimos las últimas pruebas, el tamaño de un televisor de trece pulgadas, que además, es el tamaño que tendrán los dispositivos en los vehículos, por el GPS y el “localizador gemelo”.

Bueno a medida que siga con el relato seguiré dando características del Inductor, pero ya lo conocen y ya se imaginarán en que problemas nos metimos. No crean que durante las modificaciones del aparato no interpelé a Naborí sobre las consecuencias directas que esto tendría sobre Venezuela, monoproductor petrolero. El carajo secándose sus manos sudadas, encendió un cigarrillo con la colilla aún encendida del anterior que estaba en el cenicero, aspiró una gran bocanada de humo y viéndome como decepcionado de tener un ayudante sin imaginación y sin entender el alcance del proyecto, me dijo ¿qué tal si te dijera que Venezuela se convertirá en una gran caja A?.

¡Claro! ¡Por supuesto! Seríamos proveedores de corriente para aquellos países sin capacidad de generación de energía que según los estudios hechos por Naborí, eran muchos. ¡Que pena! Claro que había pensado en Venezuela. Hasta había hecho un estudio de mercado y todo.

La huelga de profesores le cayó como anillo al dedo a Naborí, pues disponía de todos los equipos sin tener que esperar que los desocuparan y adicionalmente habían menos personas haciendo preguntas. Nuestra obligada excusa para ir a la universidad nos empezaba a servir de algo. Las nociones básicas de computación que recibimos ese trimestre de huelga, nos ayudaron una barbaridad, porque esa era la herramienta principal de Naborí y al aprender a manipularla, descargamos una inmensa cantidad del trabajo tedioso que tenía que hacerse. Lo malo fue, que primero, el profesor de computación fue “aqued cadajo que pudo habed sido mi pdepadadod” a comienzos de trimestre y segundo, que yo tuve que hacer ese trabajo monótono y tedioso, pues la nena se hacía la pendeja y decía, poniendo acento gocho, “esh que la computajión es muy difíjil”. Al concluir la huelga el Inductor estaba probadamente listo.

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La universidad había vuelto a su anormalidad habitual, la bulla que se escuchaba en el primer trimestre con los nuevones bromistas había desaparecido. Dos tercios de los nuevos que quedábamos estaban guindando y tenían que ponerle un mundo de dedicación si querían permanecer en la universidad.

Como a pesar de haber quedado en salones separados la nena y yo nos lo pasábamos juntos, la gente terminó por “empatarnos”. El tema en cuestión fue tocado en una de las reuniones en la caverna y se decidió por unanimidad que era conveniente seguir “empatados” porque no se explicaba de otra manera tanto tiempo juntos. A decir verdad si me hubiesen empatado con la nena el primer mes de la universidad, no me hubiesen podido borrar mi cara risueña con nada, pero a estas alturas no podía ver a la nena de otra forma que como hermana menor. Sin embargo disfrutaba de la envidia de la gente cuando me decían nuevamente y de manera “cariñosa”, maldito “lechúo”. Al terminar la reunión del día en que nos empatamos, la nena me exigió que la llevara a comer y luego al cine. Claro, yo como atento y abnegado novio, la mandé pál carajo.

El pobre Naborí disfrutaba mucho con las “mentepolladas” de nosotros. Sin embargo, habíamos aprendido a estar tranquilos cuando él estuviera comiendo o tomando café. Una vez, echando vaina, el carajo se echó a reír con un cigarrillo en la boca, éste salió disparado y me cayó (oh suerte) dentro de mis botas de pescadero. El hijo e puta vió la vaina y como no me había dado cuenta, esperó. Al sentir la vaina, brinqué, pataleé, traté de sacarme las botas que me quedaban apretadas y por último me tiré en el piso para levantar la pierna y se saliera de allí. El carajo lloraba y se retorcía en el piso de la risa. Muy molesto le pregunté si para eso me quería en el grupo. Si era para divertirle… Se que no… pero el “coño de su madre”.

Y hablando de ella, su madre, a la legendaria Kel-Ani la conocí en persona unos años después de lo que les estoy contando ahora. Miles de historias nos tenía Naborí al mencionarla. Cada vez que se refería a ella dejaba de hacer lo que estuviese haciendo, se sentaba encendía un cigarrillo y asumiendo una posición de remembranza, nos contaba cualquier vaina de las innumerables cosas que le pasaban. Pues si bien Kel-Ani fue sacada por el viejo Antonio de la comuna campesina del Japón donde vivía, muy joven y totalmente analfabeta, el orgullo de la japonesa siempre sobrepasó con mucho ingenio, ese pequeño inconveniente. La mamá, según Naborí, lograba salir de muchos enredos valiéndose de su velocidad de reacción e imaginación. Por mucho tiempo pensé que esta señora era un mito inventado y alimentado por él, porque ni siquiera el viejo Antonio cuando conversábamos en la tasca, la mencionaba. La súper mamá que se había inventado Naborí y los cuentos que nos echaba no me molestaban ya que pensaba que mantenía su cordura con esas invenciones. El genio, a veces se paraba enfrente del Inductor y se le quedaba viendo por tanto tiempo en estado catatónico, que cuando eso ocurría nos daba tiempo de ir al baño, preparar café o ir a comprar algo. Una vez duró casi dos horas, y al “despertar” cojió su cuaderno de notas, anotó algo, se fumó un cigarro y dijo saliendo con su morral en mano, ¡creo que terminé el “localizador gemelo”!.

La manera de pensar de Naborí no era normal y es por ello que esa idolatría por su madre me parecía que era una forma de descargar esa atribulada mente. Pero estaba equivocado. Al instante de conocer a Kel-Ani supe que todo era cierto.

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La primera vez que el Inductor salió a la luz pública, fue para participar en unas competencias de robótica organizadas por los estudiantes avanzados de física y electrónica de la U.S.B. Para tal evento se diseñó el primer vehículo que contendría la caja B pero en su mínima expresión, sin GPS ni los otros dispositivos que lo engrandecían. Obviamente el evento no era para mostrar al Inductor, sino para probar su uso.

La competencia en cuestión, consistía en diseñar un vehículo a control remoto capaz de sortear diferentes obstáculos en el menor tiempo posible. Si bien es cierto que el “Voyager” estaba lo suficientemente bien diseñado para ganar la competencia por si solo, contaba además con un súper mini motor eléctrico que era alimentado con tensiones de hasta 300 voltios y corrientes de hasta 34 amperios. Tal capacidad era para “dejarle el pelero” a cualquiera de los participantes del evento, sin embargo el manejo sutil de quien esto cuenta, logró ganar de manera convincente, siempre con centímetros de diferencia de nuestros oponentes para evitar llamar la atención. Ganamos la competencia general.

Evidentemente los demás participantes querían curiosear el interior de la máquina ganadora y Naborí haciendo gala de una actuación merecedora de algún premio, destapó al Voyager para mostrarlo orgulloso y alardear de su súper carrito. La caja B, había sido disfrazada de batería y el motor, aunque extraño, no evidenciaba los flujos de tensiones que podía manejar. La simplicidad del carrito decepcionó a los demás concursantes, otorgándole a mi manejo la razón de la victoria. Naborí satisfecho por todo, le hizo una seña a la nena quien se encontraba en el segundo piso del edificio de Estudios Generales en un salón vació, recogió sus peroles y nos fuimos a la caverna. ¡Perfecto! Exclamó.

Y así había sido. Lo que más preocupaba a Naborí era si el localizador gemelo podía funcionar en una situación difícil, créanme, esa competencia fue extrema y el dispositivo funcionó, según la telemetría, casi en un ciento por ciento. El localizador gemelo es el dispositivo que se encarga de dirigir la transmisión de corriente de la caja A en dirección de la caja B, y esta a su vez le emite constantemente una señal a la caja A diciéndole donde se encuentra. Esta señal la emite diecisiete veces por segundo.

La última en llegar a la caverna fue la nena con su carrito de equipaje y un bolso en donde traía la caja A usada en la competencia. ¿Qué tal? – preguntó - ¿Todo fino? y Naborí encogiéndose de hombros sin asomar ningún rastro de modestia dijo que si, como reprochándole la duda. La nena sin pararle a la petulancia del carajo saltó y lo abrazó por el cuello tan repentinamente que hizo que éste perdiera, como siempre, el equilibrio y se cayeran en un pocote de cajas que estaban en el piso. Naborí adoraba esos arranques de la nena. Adoraba todo lo de la nena. Yo sin embargo le tenía prohibido cualquier “hemorragia” de alegría pues la niñita era muy desastrosa, arañaba, mordía, tumbaba y “escoñetaba” cada vez que se alegraba y a mi no me gustan esos jueguitos.

Bueno de cualquier manera salimos airosos también en pasar desapercibidos en la prueba del Inductor frente a todo el mundo, nadie sospechó nada. El Voyager vivió sólo ese día, mantenerlo ensamblado era muy peligroso.

En dos meses participamos en tres eventos electrónicos más. Luego nos inscribimos en uno importante, con invitados de universidades de Puerto Rico, México, Cuba, Colombia, España, Brasil, Panamá, Trinidad y por Venezuela la LUZ, ULA, UCV y U.S.B.. Veintisiete expositores llevaron sus “creaciones” al complejo de auditorios de la Simón Bolívar para su exposición. Fue entonces donde cometimos el error de participar. ¿Error? Claro que lo fue, se lo había advertido a Naborí, no esperes ganarle a México, Brasil y España sin levantar resquemores y suspicacias. Que bolas, a Brasil, el latinoamericano insignia en tecnología, a México, el hijo mayor de U.S.A. hasta con la petulancia característica de estos y a España, mi soberbia España con sus noveles expertos en “ordenadores” y un realero invertido en su actualización tecno-electrónica.

No fue solamente el diseño de un equipo capaz de generar una onda electromagnética que dañara cualquier aparato electrónico a doscientos metros a la redonda lo que molestó a la casi totalidad de los participantes, sino la descortesía de no advertirles a los demás que protegiesen sus equipos en plena exposición. Para completar la metida de pata, el aparatito en cuestión no era más grande que cuatro cajas de zapatos apiladas en dos por dos. Claro, no se requería un tamaño mayor pues el manejo de los valores de corrientes y voltajes eran generados a distancia y el dispositivo que se podía ver en la exposición era solamente la “corneta” o el emisor de la onda.

En resumidas cuentas, “probando” el dispositivo, hubo que suspender la exposición por dos días, pues todos los equipos fueron afectados por la onda electromagnética de uno u otra forma y peor aún, Puerto Rico, Cuba, Trinidad y España se retiraron del evento pues no contaban con la contingencia del borrado literal de los respectivos discos duros de sus unidades de procesamientos, aunado a que los respaldos que trajeron también se vieron afectados. Bueno, si Naborí quería llamar la atención debo decir que fue muy eficiente.

La noche del “accidente” nos reunimos en la caverna y decidimos retirarnos del evento pues si ya habíamos molestado a los participantes con la prueba, al ganar, porque íbamos a ganar, llamaríamos la atención de unos muy molestos enemigos. Naborí se disculpó con nosotros, atribuyéndole a su eufórico orgullo a la animadversión que le tiene a los mexicanos y nos alentó a que cuando se comportara de esa manera fuésemos más enérgicos con él y tratáramos de hacerle entender. Era más fácil que nos pidiera rehacer el Inductor con palillos de dientes que “hacerle entender”.

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La graduación de Naborí llegó y una profunda tristeza se apoderó del par restante del trío. Nos veíamos poco. Desde el “incidente internacional”, habíamos decidido mantener un bajo perfil y el transcurso de los trimestres de la universidad se tornaba aburrido en muchas ocasiones. Mientras tanto compré una motocicleta casi regalada porque tenía el motor inservible y Naborí fabricó un motor eléctrico muy parecido a uno de combustión interna en apariencia y lo adaptó al chasis, reconstruyendo el tanque de gasolina de tal manera que internamente albergara la última caja B diseñada con las más nuevas modificaciones y adaptaciones que optimizaron en siete por ciento el desempeño casi perfecto que ya tenía el dispositivo.

La probé literalmente por toda el área metropolitana de manera exitosa. Les comento que a pesar que parecía una normal y humilde “Famosa” de fabricación venezolana de casi dos décadas de antigüedad, esta tenía muchísimas mejoras a nivel de suspensión, rolineras y ejes para que pudiese soportar las altísimas velocidades que ahora lograba. Nunca he sabido cuanto es su velocidad tope, les confieso que cuando llegué a doscientos setenta kilómetros por hora la adrenalina fluyó de tal manera que casi me paralizo del miedo.

Me enteré que iba a esa velocidad pues si bien el velocímetro de la moto sólo llega a ciento ochenta, en una oportunidad en la madrugada de un martes, se me “pegó” una nave en la autopista Francisco Fajardo en dirección a Guarenas pidiéndome paso y envalentonado aceleré, aceleré hasta que mis genitales me empezaron a estrangular.

Tomé el primer retorno y me dirigí a mi casa en la Guaira a una velocidad moderada de ciento sesenta kilómetros por hora. Antes de llegar me detuve a comerme una hamburguesita. Cual sería mi sorpresa, cuando al bajarme de la moto, noté que el mismo carro que me pidió paso en la autopista minutos antes, también se paró donde me encontraba. Me asusté un poco, más por la sorpresa que por otra cosa. Me hice el pendejo y pedí lo que me iba a comer y esperé. Del carro se bajó un carajo como de treinta años, delgado y con una pinta de sifrino que ni les cuento y no lo digo porque se haya bajado de un Ferrari Testarosa sino de la manera tan desenfadado como me abordó…

¡Paniiitaaa!  Tienes que decirme ¿Qué moto es esa?, ¿Qué cilindrada tiene? ¿Qué dice ahí? ¿Famosa? ¿Es la marca o qué…? Este velocímetro es en millas ¿Cierto? - negué con la cabeza sin dejar de mirar eel Ferrari - ¿No? ¿Cómo que no? Me estás jodiendo ¿Cierto? - Negué nuevamente. Guardó silencio un rato pero con la respiración aún muy exaltada - Mira panita disculpa, me llamo José Ángel, ¡Pana! ¿Sabes a cuánto ibas? Inmediatamente me le acerqué para que no gritara lo que probablemente llamaría mucho la atención, sin subestimar lo que ya había logrado llegando en un Testarosa con ese escándalo - ¿a más de ciento ochenta? – murmuré, y el carajo soltó una carcajada palmeándome el hombro celebrando la ocurrencia. Y murmurando también me dijo que iba a ciento sesenta y cinco millas por hora.

Me mostré interesado en el carro y de manera muy abierta me ofreció dar una vueltica conmigo al volante, titubeé unos segundos pero al final me negué, pues seguramente después querría dar una vueltica en mi moto y no podía permitir eso, ya estaba lo suficientemente interesadísimo por la altísima velocidad, que si tocaba el acelerador de manera indebida seguramente tendría un accidente por el poder de arrancada de la máquina y lo que más le llamaría la atención era la ausencia total de vibración. Mi negativa fue categórica, pero de igual manera agradecí la oferta. Debo comentarles que otra de las adecuaciones que se implantó en la moto fue la de una “colmena” que emulaba el ruido del escape de la moto, colocando en uno de los ejes del rotor principal unos engranajes que activaban un compresor que manaban el aire suficiente para el “ruido” del motor, pues al principio el sonido original del motor es muy parecido al de un taladro de odontólogo.

Viendo que no logró endulzarme con su nave, se dejó de pendejadas y me preguntó si no vendía la moto. Debo decir que la pelazón que imperaba en mi casa se estaba tornando insoportable, sin embargo los tres millones que me ofreció no quebrantó mi compromiso con los tres chiflados. En fin esta parte del cuento no es para decirles lo lastimosamente leal que fui, sino para que entiendan lo que pasó después y es que el tal José Ángel le gustaba participar en los piques ilegales en las mercedes que se hacían por esos días, en donde se apostaba el “centavo parejo”. Centavo, dinero, biyuyo, activos líquidos, comida, alquiler. Próxima parada, las Mercedes.

Hablé con Naborí y me dijo que tuviera cuidado, no porque podría evidenciar lo que hasta ese momento era un secreto, sino porque sabía la velocidad tope del motorcito en cuestión y un error a esa velocidad será como dice Rubén Blades… “pá la eternidá”

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Fui como seis veces a los piques con la nena sin competir hasta que volví a ver al sifrino José Ángel. Y éste al verme…- ¿Qué pasó paniiiitaaa? ¿Arrasando con la tarita? Me he perdido dos semanas de piques pero valió la pena, mira lo que me traje de Italia -. Desde que se acercó la nena y yo no hacíamos otra cosa que ver aquel vehículo digno de una película futurista, totalmente amarillo con un rayo negro a los costados. Era una Ducatti 900, una hermosa, liviana y muy potente máquina. – Dicen que logra las doscientas millas por hora, según este kilometraje -. Y le creí. Mi objetivo no era competir con él, el fin era engatusar a algún “bocón” y arrebatarle mucho dinero en una sola carrera. José Ángel brincó al escuchar mi plan y dijo, - tengo al tipo indicado, que si no es porque conozco la tarita sería yo el pendejo en caer, aunque… con este motor nuevo, tendríamos que ver.

Dejó la moto allí y se fue trotando al tumulto que se formaba en la zona de partida de los piques y desapareció por un rato. La nena en esos días se levantó a un tipo más viejo que yo y cada vez que llegábamos la niña se desaparecía y solamente aparecía cuando yo encendía la moto. Le dije que se portara bien pues si salía preñada me iban a “clavar” ese chamito. ¿Qué es...? – me dijo con cara de asco - deja el fastidio lo que hacemos es darnos los besos – me dijo medio molesta – Y… ¿no te mete mano? – le pregunté sin importarme mucho la respuesta pues lo que quería es que entendiera que las caricias que recibía del tipo no eran más que una flagrante metida de mano. Se quedó pensativa. Desde ese día no le habló más. Seguía siendo una carajita.

Al rato apareció el sifrino con un carajo igualito a él pero más joven. Mira lo que me compré “menor” ¿Rutilante? ¿Cierto? – le dijo enseñándole su moto dando pasos laterales siempre con su cuerpo frente a la nave y halando por la camisa al “menor” para que hiciera con él el recorrido y admirara a la fuerza su nueva adquisición, pero todo esto ignorándonos totalmente sin siquiera mirarnos.

Tiene buena pinta. Fue lo único que dijo. ¿Pinta? Que bolas tienes tú – dijo el sifrino “mayor” y continuó diciendo – crees que porque “envenenaste” tu máquina ¿te crees la gran vaina?, es más no voy ni siquiera a prender mi Duacatti… apuesto lo que tu quieras a que el “Famoso” de la Guaira te deja el pelero. – Quedé ponchado ante mi inesperada incorporación a la discusión de los hermanos que se estaba tornando muy seria, sin embargo atiné a sonreír de manera petulante, cosa que molestó más al “menor”. Me levanté y me fui a comprar una cerveza a pocos pasos de donde me encontraba. Inmediatamente el sifrino me alcanzó en la licorería y me preguntó que cuanto dinero traía encima, calculé que tenía como para tres cervezas más y le mentí diciéndole que como doscientos mil. Okey listo – dijo y se regresó con el “menor”, le seguí inmediatamente pues la vaina se estaba cuadrando como quería pero no quería que se me escapara de las manos. En fin la apuesta fue de quinientos mil, pues el sifrino mayor me “respaldaba” con los otros trescientos “que me faltaban”. Debo decir que estaba un poco asustado pero al culminar mi primer pique, supe que allí estaban los reales que tanto necesitaba. Esa madrugada regresé a mi casa con ochocientos mil bolos en el bolsillo.

Le conté a Naborí la vaina y aunque no necesitaba el dinero, le gustaba competir y en consecuencia pensó en un carro. Estuve de acuerdo con la idea y buscamos un carrito que sin muchas pretensiones contara con el espacio necesario para llevar la nueva tecnología y que fuera pesado. Opté por un Maverick sin motor.

Dejé a Naborí con todo lo que necesitaba para construir el motor en el garaje de mi casa y me fui a dar una vuelta por las principales calles de Caracas en donde sabía que había piques clandestinos. No quiero jactarme de ser muy cuidadoso en las cosas que hago pero como en la primera competencia en la universidad, fui muy diestro en el manejo y siempre lograba ganar por muy poco, lo cual dejando con falsas esperanzas a mis contendores, les alentaba a una nueva competencia doblando la apuesta. Antes de salir de Caracas ya tenía el dinero suficiente de comprarme una Van la cual acomodé de tal manera que transportaba en ella la caja A un generador de electricidad y unos acumuladores con la capacidad lo suficientemente grande para atender las necesidad del motor para los piques. En fin en tres meses logré “recolectar” diecinueve millones de bolívares. Al llegar a San Cristóbal decidí abandonar las competencias porque cuando me presenté en el punto donde se concentraban para los piques, muchos reconocieron la moto. No era prudente llamar la atención y bueno… ya había pasado. Al llegar a la Guaira desmantelé la moto y le entregué el motor a Naborí para que lo reutilizara en lo que quisiera y ¿a qué no se imaginan que hizo con el motorcito en cuestión? Pues les cuento que ya había terminado el Maverick y lo que hizo fue adaptar un disco más pequeño a la caja de velocidades, que al llegar ¡A SEXTA! el motorcito se encargaría de moverla ¡a sexta! que bolas tenía Naborí como que quería deshacerse de mí.

Lo que hicimos con el carro no tenía nombre, viajamos por todo el país, limpiamos a todos aquellos carajos quienes con sus super motores europeos, japoneses y americanos no se intimidaron ante la poco imponente estampa del Maverick. ¡Setenta y nueve millones de bolívares!. A los que más dinero le sacamos fue a unos hermanos chinos super petulantes, sifrinos, que vivían en un mundo que ellos dominaban, con una cuerda de jalabolas chupasangres que obtenían por sus adulancias, drogas y alcohol. En tres días le sacamos once millones de bolívares y un carro que luego tuvimos que vender casi regalado para quitarnos de encima ese anuncio con ruedas de ostentosa inmadurez.

La nena nos acompañaba esporádicamente y gozábamos una bola con todo ese asunto de humo, competencias, apuestas y amanecidas en interminables celebraciones. Corría el mes de septiembre del año noventa y nueve y la nena trabajaba en una compañía gringa en el área de producción y le iba bastante bien. Yo había perdido las ganas de seguir estudiando, sin Naborí no había emoción. Opté por vivir del dinero de los incautos que caían en la trampa de mis estridentes retos enfrente de sus amigos, los cuales no podían rechazar. Naborí tenía cuatro meses en Italia con el papeleo y las cuestiones inherentes a la patente del “Inductor”.

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¿Por qué en Italia? Se preguntarán, como en su momento me lo pregunté también. Bueno en Venezuela, jamás. En Estados Unidos, Naborí temía algún intento de plagio inmediato antes de obtener los fondos para la producción y comercialización, aludiendo que podrían tomar los planos y hacerles algunas modificaciones de formas y decir que son dos dispositivos diferentes, etc., en fin, Naborí desconfiaba de todo lo que fuera gringo. Y se decidió definitivamente por Italia, gracias a la sugerencia del viejo Antonio, que cuando le contamos y le mostramos todo lo concerniente al Inductor y las intenciones de Naborí para patentar el aparato, de hablar con Doménico Estelutto, el papá del “picolino”. Éste último, es un joven gordo, de cómo ciento cuarenta kilos de peso y un metro noventa y cinco centímetros de altura, quien hasta ese momento yo había pensado que era primo de Naborí.

El cuento del picolino, después que fue objeto, imagino yo, de muchas forzadas omisiones, me llegó como ahora les contaré. Rrrrresulta, que el tal Doménico, vecino de la infancia del viejo Antonio, tuvo ciertos problemas en Italia, los cuales se solucionaron de manera “desconocida”. Pero antes de ello, Doménico mandó su mujer preñada a Venezuela a casa de su amigo Antonio y Kel-Ani “la loca”, como le decía picolino por cariño. Por esos días las cosas estaban duras para los Sforza y sin embargo por ser una situación delicada le dieron la bienvenida a la señora Estelutto, temiendo que a Doménico lo mataran. Pues bien, la disputa en cuestión duró siete años. El italiano sobrevivió. Los Sforza se estaban abriendo camino a grandes pasos en los negocios y como es de entenderse, Doménico Estelutto le debía a los Sforza, un favor de proporciones bíblicas.

Doménico, contratista de todos los gobiernos que han pasado por Italia desde mediados de los sesenta, tenía incontables contactos con todos los entes gubernamentales de manera abierta con unos y bajo cuerda con otros. Contaba con varias empresas que manejaba él desde su automóvil, con tres teléfonos, una computadora y un chofer guardaespaldas africano. Decía que manejaba treinta y siete pequeñas empresas y ocho mil empleados. Para que tengan una idea de como “operaba” Doménico, antes de salir una licitación pública gubernamental el “Signiore” ya tenía una copia en su carro y dependiendo del proyecto, buscaba a las empresas quienes podrían ejecutarlo para que fuesen elaborando las ofertas. Estas, enviaban las propuestas al ente licitante ya “apadrinadas” por Doménico. Bueno lo demás lo desconozco, pero por cada “apadrinamiento” el Signiore cobraba un seis por ciento del monto licitado, cuatro para él y dos para el “contacto” gubernamental. Esto lo había hecho durante los últimos diecisiete años, hasta el día que el viejo Antonio le pidió el favor que recibiera a Naborí.

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Desconozco totalmente las gestiones que se realizaron en Italia, pero se por Naborí que Doménico dejó absolutamente todo lo que tenía en proceso para dedicarle tiempo a la patente del Inductor. Lo que diré a continuación no es más que el producto de una mente maltrecha, golpeada y desconfiada por las deslealtades normales de un mundo de necesidades y penurias. No sabía si Doménico ayudó a Naborí, por la enorme deuda moral que le tenía al viejo Antonio o si simplemente entendió la descomunal máquina generadora de dinero que le habían puesto en sus manos. Quiero inclinarme por la primera razón por otorgarle el beneficio de la dignidad a este italiano corrupto.

Definitivamente la cara de Naborí no corresponde con su proceder. Es decir, parece, pero no es pendejo. Resulta que para patentar cualquier cosa hay que entregar, planos, valores y fórmulas y si es posible dejar un aparato como prueba irrefutable de la autoría del invento. Pues bien, Naborí dejó casi todo lo anteriormente enumerado, salvo los valores reales y fórmulas reveladoras del “destensor magnético”, el cual como ya expliqué en su momento es el corazón del Inductor, este detallito impediría que si alguien substrajese los planos o el aparato en cuestión, no lo pudiesen copiar, pues si bien el Inductor dejado en la “sala” de patentables funciona perfectamente, sería muy difícil que lo plagiaran pues, como ya se explicó anteriormente, la onda generada por el destensor es un híbrido que solamente puede leerse con el “surfer” que resulta ser un aparato casi tan complicado como el Inductor. Feo pero no pendejo.

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Entre tanto, alquilé un estacionamiento privado para guardar el Máverick y decidí entregar la casa en la cual viví alquilado por muchos años, para desde ese momento vivir y recorrer mi país en la Van. Decisión afortunada como verán más adelante. Cuando escaseara el dinero iría a buscar el carro, pero aún tenía un realero guardado en el banco, en el Máverick y en la Van.

La nena se fue conmigo en carnavales y en Semana Zángana (Santa para los devotos) para Puerto La Cruz, y al llegar Naborí de Italia en diciembre, nos fuimos a los cayos en Morrocoy. La nena ya se había convertido en una mujer muy hermosa, además de inteligente, emprendedora, jodedora y dulce. Dulce que se convertía en Ron para Naborí, quien se embriaga con su presencia.

Naborí enamorado de la nena. Me percaté de ello en los cayos. El carajo tenía esa actitud de quien no quiere la cosa pero que el brillo de sus ojos al mirarla, delataban como un faro antiaéreo su interior cautivado. Me preocupó la respuesta de la nena ante ese ataque “subliminal”, según creía Naborí, pues era nula, es decir, no entendía si lo aceptaba o lo rechazaba. Y no es que la caraja no se diera cuenta, pues era demasiado evidente. Me estoy enredando mucho en esta parte, y me disculpo pues no soy escritor y aunque la relevancia de los eventos así lo ameritaron, no pude contactar a ningún escritor o periodista que me inspirara confianza para que me ayudara. A decir verdad, era arriesgado involucrar a alguien más en este “peo”.

Como decía, me preocupaba la reacción de la nena. Lo nuestro había resultado bien, puesto que desde un principio nuestra relación era puramente “profesional”, recuerden que inclusive estuve empatado con la nena por razones estratégicas. Lo que me preocupa es que si la nena no le va a parar bolas a Naborí, preferiría que puntualizara la vaina desde ahora para evitarle una decepción sentimental muy profunda. Claro, si por casualidad le gusta Naborí… no se… me da un poquito de celos.

La vaina era seria pues como bien sé, el carajo nunca ha tenido novia, siempre ha estado ocupado y ahora que ya ha terminado de cristalizar su sueño, me imagino que empezará a tomarse tiempo para su vida sentimental. Si a eso le sumamos la vehemencia con la cual enfrenta sus retos, la nena recibirá a partir de ahora, uno de los ataques más despiadados en lo que a “cortejo” se refiere.

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La noticia corrió como pólvora, veintitrés compañías trasnacionales europeas y tres asiáticas querían producir el Inductor y solamente una norteamericana quería los derechos de la patente. Extraño ¿No?  Si bien es cierto que las europeas necesitaban el dispositivo ante la ineludible dependencia del petróleo,  ¿Por qué solamente una norteamericana?

El asunto del Inductor, según supe luego, se había tratado en el senado norteamericano a puertas cerradas a finales del año noventa y nueve. Seguidamente, comisionados especiales, trataron el “problema” con las grandes empresas norteamericanas que se verían afectadas por el Inductor y se estableció que la compra del Inductor para los estados unidos era un asunto de seguridad nacional. Todas las compañías entrevistadas por los comisionados especiales aceptaron mantenerse al margen de la negociación, pero dieron una cuota de dinero a fin de generar una oferta lo suficientemente apetecible para adquirir los derechos de la patente. En fin querían la patente para engavetarla y echarla al olvido. ¿Por qué? Bueno, veinticuatro millones de empleos directos y otros cuarenta y nueve millones más indirectos, se verían afectados por el inminente cambio de tecnología. Evidentemente era un asunto de seguridad nacional.

Nuestra estadía en los cayos estaba suavizada porque teníamos una pequeña caja B, que nos proveía de toda la corriente que necesitábamos para todo ese perolero eléctrico que llevamos, congelador, microondas, aire acondicionado, sábanas térmicas, hasta un calentador de agua para bañarnos, contábamos además con un purificador de agua salada que trajo Naborí en una pasadita que hizo por Francia. Teníamos comida lista congelada para dos meses, toda el agua que pudiésemos purificar del mar, televisor, DirecTV, Play Station, VHS, decenas de películas, un celular normal y uno satelital que le había regalado Doménico a Naborí. Nuestra imprescindible caja A, se encontraba en una cabañita que alquilamos cerca del embarcadero que transportan a los visitantes para los cayos.

A todas estas y como muestra de los locos que éramos en ese momento, decidimos pasar el resto de diciembre y esperar el año nuevo en unos de los cayos del parque nacional Morrocoy en el estado Falcón. Entretanto en Caracas, pasaron mil cosas. Primero, una docena de personas, pertenecientes a una docena de países, llegaron a Venezuela para hablar con Naborí de manera formal. Simultáneamente cientos de personas de todo el mundo también querían hablar con él, pero con intenciones claras y cordialidad dudosa.

De pronto, en una noche de diciembre en pleno torrencial aguacero que ya duraba tres días corridos, nuestra vital caja B, se apaga reportando que su gemela A, tenía “ubicación desconocida” lo que significaba que nos habíamos movido muy rápido o muy lejos o que simplemente, la caja A no estaba recibiendo energía eléctrica, que en definitiva fue lo que pasó.

Jamás había estado cubierto por una noche tan oscura y lluviosa en los cayos, sin luna ni estrellas, pues las nubes acechaban a muy baja altura. La islita estaba casi desierta pues muy pocas personas deciden pasar navidad y año nuevo en ese lugar. Por contar con nuestra propia fuente de electricidad, carecíamos de cualquier linterna a baterías y mucho menos a kerosén. La nena y yo abandonamos nuestras respectivas carpas individuales y nos fuimos a refugiar a la de Naborí que era la más grande y en donde estaban todos nuestros aparatos y comida. Corría la madrugada del dieciséis de diciembre de mil novecientos noventa y nueve. Afuera se escuchaba cualquier cantidad de ruidos extraños producto del torrencial aguacero. Cocos que caían, palmas de cocos que al caer hacían un ruido parecido a varias personas corriendo y cayendo todas estrepitosamente para luego continuar con el ruido de la lluvia, yo estaba bromeando con la vaina de las Brujas de Blair, Naborí contenía la risa pues sabía que si pudiésemos ver la cara de la nena la veríamos totalmente asustada. A las cuatro menos quince a.m. sonó para sobresalto de todos el celular de la nena en su carpa, ésta mentó la madre por no haberlo traído, pues ya estaba casi seca de la empapada que nos habíamos echado en el pequeño trayecto desde nuestra carpa a la de Naborí, no perdió el tiempo pidiendo que algún caballero fuera a buscárselo pues porque justamente pasaría eso, perdería el tiempo.

La nena duró unos diez minutos en su carpa antes de regresar totalmente empapada pero entró sin apuro y sin quejarse. No sabíamos que cara traía y se sentó murmurando una mentada de madre que sabíamos que no tenía nada que ver con lo empapada que estaba, ni con la falta de luz ni nada de eso. Era algo que le habían dicho por teléfono. Naborí muy preocupado le preguntó que ¿qué pasó wona?. A lo que la nena se sobresaltó como acordándose de algo y le pidió el satelital para hacer una llamada, tardó unos segundos en encontrarlo, se lo alcanzó por tanteo a la nena, al pulsar la primera tecla se encendió la pantalla del celular y entonces pudimos verle la cara, ¡estaba llorando!. Me asusté, no pude verle la cara a Naborí pues la luz de la pantallita no era suficiente para llegar hasta nosotros pero se que se asustó también. Inconscientemente sin ponernos de acuerdo permanecimos callados sin presionar la situación y además ya estaba esperando respuesta del número que había marcado.

- Hola chama, es la nena ¿qué paso? -…- ¿en dónde? -…-  mierda, y ¿mi mamá? -…- mierda, menos mal, y ¿qué vas a hacer? ¿Por qué no vas a la casa con ellos? -…- ¿Si chama? no sabes nada de Benjamín -…- ¿A votar? -…- ¿Pero te llamó? -…- ¿A pie? No te creo -…- Si aquí estamos los tres, asustados, mojados y sin luz -…- ¿el viejo Antonio? Y ¿para qué? -…- ahhh, y ¿en la televisión no dicen nada? -…- ahh pero -…- ok. Si, no se, creo que lo tenía apagado pero llámame mejor a este pues le dura más la pila -…- Tranquila mañana arrancamos de aquí -…- Vete para la casa mejor -…- llámalos ahorita diles que estoy bien y que voy para allá mañana -…- Cualquier vaina me llamas, y ¡coño chama! llama a laurita que ella vive en los Corales -…- dale pues chao, tranquiliza a mamá dile que la veo mañana.

Estando ya más tranquila, aspiró profundamente para terminar de tranquilizarse, ordenar sus ideas y comenzar a decirnos que este torrencial aguacero era a escala nacional, que muchos estados habían reportado inundaciones, que el litoral central había sido muy afectado, que se sabía muy poco y que habría que esperar a que amaneciera para evaluar realmente los daños, que el viejo Antonio había llamado a Naborí varias veces todos los días en la última semana y bueno… que no se sabe mucho pero la vaina está fea.

Naborí iba a decir algo cuando repicó el satelital, nuevamente se encendió la pantalla y en esta oportunidad fue la cara incrédula de él la que se iluminó.

- ¿Si? -…- >atorado en una isla sin luz ni manera de regresar por ahora -…- ¿Italianos o qué? -…- Ahh, mira no les digas nada ni le des el -…- esta bien, pero no le digas más nada, ni le des mi número, ¿capicci?, esto va a ser así, ya lo habíamos conversado -…- ahora agarra unos reales, no hagas llamadas telefónicas desde la casa ni desde tu celular -…- por si acaso, has lo que te digo, escucha, agarra unos reales, agarra a mamá, vas a casa de mi tío, hablas con él directamente -…- coño escucha, hablas con él y le dices que te vas un par de semanas -…- coño déjame terminar, acuérdate que esto ya lo hablamos, sabes mejor que yo de la trascendencia del proyecto y ya Doménico te lo había dicho mejor que yo -…- de acuerdo -…- ok -…- ok -…- umjuh -…- no sé, tengo real encima pero, ¿qué saabes tú del problema de la torrencial lluvia …? -…- ¿piccolino?  y ¿qué te dijo? -…- Dios -…- santo cielo -…-  con razón -…- no, nada, nada. Mira, mañana si la lluvia te lo permite te vas al aeropuerto, cojes para Puerto Rico, y allá te montas en cualquier crucero como ya habíamos conversado y disfruta  de unas merecidas… -…- pero bueno ¿ya esto no lo habíamos hablado? -…- no es momento de ponerse terco, piénsalo -…- está bien, ¿mamá está cerca? -…- llámala pues que quiero saludarla -…- ciao pues y haga caso -…- ¿mamá? Mira habla en japonés. Acuérdate de lo que hablamos, agarra al viejo y te lo llevas a Puerto Rico y lo montas en un crucero -…- si, yo le dije que dos semanas, pero te haces la loca y compra ticket para dos meses y si consigues uno trasatlántico, mejor -…- dile que deje el fastidio, que quiero practicar mi japonés -…- bueno mala suerte, recuerda comprar el crucero con tu apellido de soltera y a él lo pones como tu acompañante senil y mudo. -…- claro vale, aprovecha y así me sentiré más tranquilo, el asunto es serio mamá. -…- no te preocupes por mí, guerra avisada no mata a soldado y… -…- es un decir mamá -…- ok, confío en ti para sacar al viejo mañana o a más tardar pasado de Venezuela -…- si anótalo -…- bueno si no… se lo pides a Doménico -…- o mira, debe estar en la pantallita del teléfono porque el viejo me llamó -…- ok. Pásame a papá, cuídate y confío en ti -…- nada chico, estaba practicando el… -…- como sea pues, hazme el favor de anotarle a mamá en su “cuerito” el número de este teléfono, completo -…- bueno porque ella debería tenerlo ¿no crees? -…- no se cuando. Pásala bien y te llamo en un “par de semanas” -…- ciao.

El “cuerito” es ciertamente un trocito de cuero en donde Kel-Ani “tatuaba” cualquier cosa que fuera importante y que necesitara recordar en cualquier momento, cosas como por ejemplo, lugar y fecha de nacimiento, número de pasaporte, número de visa, algunos teléfonos, etc. Dicho cuerito data desde que salió de su natal Japón cuando su padre le tatuó en él, la provincia y la fecha de su nacimiento. Si bien es cierto de lo prosaico que parece ser dicha celda de memoria, resulta que esta resiste agua, calor, rayos X y casi cualquier cosa a diferencia de una libretita de notas, una agenda telefónica electrónica o un disco duro. No necesita recargarse y siempre lo lleva consigo como un adorno en su muñeca izquierda.

Muchas cosas estaban pasando, miles como dije anteriormente y la lluvia continuaba. Me tocó a mi el satelital y llamé a mi madre, estaba bien al igual que mis hermanas y sobrinos, y fue poco lo que pudo decirme de la lluvia. Me despedí pidiendo la bendición y al recibirla, devolví el satelital, me quité la ropa, quedándome solamente en el traje de baño que tenía siempre puesto, busqué y encontré una de mis botellas de ron y salí a la orilla de la playa a asimilar lo que estaba pasando.

Minutos después se me unió el par restante, forrados en sendos impermeables, preocupados por todo lo que estaba pasando y por mi extraña actitud. Los tranquilicé diciéndoles que me aburría estar adentro sin poder dormir y que… bueno… me dieron ganas de embriagarme a ver si podía dormir a pesar que faltaban menos de dos horas para amanecer.

Conté solamente tres lámparas opacas e insuficientes para ir más allá de cinco metros, eran las únicas estrellas que se podían ver desde la orilla de uno de los cayos de Morrocoy. Los muchachos temían que enfermara por el frío intenso que azotaba nuestros cuerpos, pero por viejas vivencias sabía, que nada me sucedería gracias a las desconocidas cualidades protectoras del ron.

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Todas las mañanas al salir el sol, usualmente llegaba uno que otro lanchero vendiendo, hielo, agua, jugos y pan, gritando, para despertar a los casi siempre “enratonados” veraneantes de esos cayos. Pero ese dieciséis de diciembre quince personas, según pude contar, nos encontrábamos despiertos antes del amanecer, apostados en esa suerte de maderos y pilotes que finge ser un embarcadero. Todos viendo directo a tierra firme, a ver si se acercaba alguna embarcación. Pero llovía, lo que limitaba bastante la visión. Aún me encontraba en traje de baño empapado y con parte de mi segunda botella de ron ya consumida. Pero estaba bien, sobrio y “calientico”. Nos reunimos en la carpa para evaluar los escenarios posibles de persistir esta situación, e hicimos un inventario. En la cava quedaban alrededor de ciento veinte comidas varias congeladas, calculamos que abriendo la cava dos veces por día a la mañana del tercer día a partir de hoy lo que quedara en la cava se descompondría. La máquina desalinizadora trabajó las veinticuatro horas, pues nosotros nos bañábamos con esa agua, y la máquina esa logra un litro por hora y gracias a que en el día anterior por el mal tiempo y la lluvia no nos bañamos en la playa, trajo como consecuencia que casi no usáramos los bidones de agua que trajimos, contando con sesenta litros aproximadamente. En resumidas cuentas, en los próximos tres días no tendríamos problemas con ella.

Decidimos reunirnos con el resto de los náufragos de la isla para compartir inquietudes y recursos, a todos les escaseaba el agua. Su comida, escasa también, no durarían hasta la noche sin el hielo que siempre compran en la mañana, pero tenían luz y cocinas para calentar sus alimentos. Decidimos, por razones obvias, compartir nuestras raciones.

Realmente no estábamos preocupados, si al segundo día no se veía solución aparente, llamaríamos por el satelital a algún amigo de Naborí y vendrían a buscarnos en lancha.

Al mediodía de ese mismo día, nos sentamos las veintidós personas que a la postre habían en el cayo a almorzar en torno a un radio de transistores, escuchando las noticias inherentes al desastre natural más grande que había sufrido Venezuela en los últimos cincuenta años. Estimaron la pérdida de vidas humanas en cincuenta mil, los damnificados en doscientos cincuenta mil e incalculables pérdidas materiales.

El resto de los vecinos del cayo, estaban preocupados pues las baterías de sus celulares estaban agotadas y no tenían manera de saber de los suyos, decidimos ofrecer el celular de la nena y mantener en secreto el satelital. Sugerimos a todos que anotaran el número de sus casas o familiares para que en usa sola llamada, dar toda la información necesaria al exterior a alguien que se encargue de llamar a los números que le suministraríamos. Recogida la lista de nombres y números telefónicos se intentó llamar desde dicho celular, pero el sistema estaba colapsado ya que en algunos estados esa era la única manera de comunicarse. Naborí inventó algo referente a una antena más potente que tenía en su carpa y se llevó la lista y el teléfono. En fin, logró llamar desde el satelital a uno de los números de la lista dándole el resto de la información para que se encargara de llamar a las demás familias.

Menos mal que entre las personas que se encontraban en la isla, no habían, ni quisquillosos ni curiosos ya que de haber visto dentro de la carpa la cantidad de vainas eléctricas que teníamos, tendrían que preguntarse en donde la enchufábamos. Y sin ir muy lejos, toda esa comida congelada que almorzamos hace rato, era evidente que era para microondas. Tal vez lo que nos ayudó un poco fue el momento que estaban pasando y las preocupaciones que tenían en mente.

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Los lancheros llegaron la mañana del día siguiente, con bomberos y paramédicos que iban recorriendo todos los cayos tranquilizando a los vacacionistas, repartiendo agua, barras de chocolate y brindando asistencia médica a aquellos quienes los necesitasen. Algunos se iban dejando carpas, parrilleras, lámparas y ropa, ya que el tránsito regular de lancheros, se restablecería al día siguiente y algunos suplicaron que los llevaran pues no aguantarían otro día, ni mucho menos otra noche lluviosa en ese cayo. Mientras los bomberos hablaban y atendían a las personas, sostuve una “convincente” conversación con el lanchero y logré que poco antes de las cinco de la tarde dos lanchas nos fueran a buscar, una para nosotros y otra para el resto de los veraneantes.

Logramos que el lanchero nos dejara en la playa justo al frente de la chocita que habíamos alquilado para guardar la Van y conectar nuestra caja A. Esta se encontraba en perfecto estado, dejó de mandar pues el sistema eléctrico se había caído. Esa era otra de las ventajas del Inductor en casos de emergencias como éste, se utilizaría cualquier caja A del país y el servicio eléctrico no se vería afectado, con lo imprescindible que se hace justamente en estos casos.

Recogimos y nos fuimos para Caracas, la radio de la Van ofrecía información confusa de cifras y lugares, dos emisoras no decían lo mismo, era ciertamente un caos nacional. Antes de llegar a Caracas llamamos al picolino para saber como estaban las cosas, comentó alarmado que unos gringos le habían casi interrogado por el paradero de Naborí y que uno de ellos estaba frente a su casa y en cada una de las tascas y locales comerciales de la familia Sforza. También dijo que sus padres se fueron antes que llegaran los gringos, al aeropuerto de Valencia, pues el de Maiquetía estaba cerrado y al final “la loca” no le dijo a donde iban a viajar. Perfecto, pensó Naborí.

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Acordamos que sería imprudente que Naborí regresara a su casa y después de haber visto innumerables películas, sugerí que no usara su tarjeta de crédito ni que viajara en avión. A éste no le pareció ni remotamente descabellada la sugerencia, pues sabía, que poderosísimos intereses serían afectados por el Inductor. Llevé a la nena a su casa, aconsejándole que estuviese muy pendiente de su entorno hogareño o laboral, por si acaso. No era conveniente bajar a mi Guaira, porque estaba muy aporreada por la tragedia, además de la situación de inseguridad e insalubridad que reinaba en la zona. Decidimos refugiarnos en nuestra U.S.B., pero desistimos cuando al llegar, encontramos a la universidad abarrotada de soldados quienes estaban organizando una serie de actividades para solventar la pérdida total del núcleo que tenía la universidad en La Guaira.

La Van, siempre cómoda, nos sirvió la primera semana de posada mientras esperábamos la llamada de Doménico de Italia, quien se estaba encargando de organizar la licitación-subasta más grande, en términos de dinero, de toda la historia del planeta. Todas aquellas empresas que siempre están pendientes por Internet cuando surgen ese tipo de innovaciones, llamaron al ente gubernamental en donde reposaba la patente para pedir información referente al dispositivo, lo único que obtenían como respuesta era un número telefónico y el nombre de Doménico Estelutto.

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Muy triste aún por lo acontecido en mi pueblo, le sugerí a Naborí que nos dirigiéramos al sur del país ya que por esa zona, habría más posibilidades de pasar inadvertidos. Mostrando total acuerdo a la idea tomamos rumbo al lugar en donde guardaba el Maverick y saqué cuatro paquetes contentivos, cada uno de ellos, de dos millones de bolívares. Estos los tenía escondido en una bolsa plástica muy engrasada en su parte externa debajo del caucho de repuesto en la maleta del automóvil.

Naborí decidió buscar dinero también y fuimos a un banco de Caracas muy cerca de su casa. No era una imprudencia ni nada por el estilo, si ellos tenían la posibilidad de hacerle un seguimiento a un retiro bancario era conveniente que pensaran que estábamos aún en Caracas y no en dirección al sur.

Con suficiente dinero en el bolsillo, compré una botella de ron, la respectiva bolsita de hielo, agua, unos refrescos para Naborí, un mapa nacional vial y emprendimos el viaje a nuestro incierto destino.

Necesitábamos pasar siempre por ciudades de mediano o gran tamaño, para poder encontrar centros de Internet a fin de mantener comunicación sin riesgo con nuestros familiares. Naborí había acordado prender el satelital de tres de la mañana a tres treinta hora de Venezuela, a fin de permitirle a Doménico hablar directamente con éste, en caso de necesitarlo.

Pero si creen que el revuelo internacional nos preocupaba, el día seis de enero del dos mil, recibí un email  de una ex novia que tuve a mediados de los noventa, en él, decía que mi mamá le había contactado para que me localizara y me dijera que me comunicara con el “mantecoso”.

El mensaje me llamó muchísimo la atención, pues no conocía a nadie que le dijeran así. Sin embargo una vez a mi fue a quien llamaron así por tres largos días y éste fue un comisario de la policía política venezolana (D.I.S.I.P.), quien me arrestó cuando tenía diecisiete años por una vaina que es otra historia, pero que luego de eso, mantuvimos el contacto, pues varios años después debí localizarle para tratar de eliminar ese expediente negativo de los archivos de la Policía Técnica Judicial (P.T.J.), lo que pasó, como ya dije, es otra historia. Afortunadamente aún conservaba el número de su casa y le llamé.

- Épale mantecoso, ¿cómo está la cosa? – me preguntó con un timbre neutro, casi como quien no quiere la cosa.

- Aquí comisario, ¿qué es de su vida? – pregunté por cortesía, pero mi impaciencia me mataba.

- No, no, nada de eso, ya no soy comisario. Me retiré en el noventa y siete, pero todo bien y tranquilo… hasta este lunes.

- Y ¿qué pasó el lunes mi comisario? - era jueves y me preocupaba estos tres días de lo que “no se que pasaba”.

- ¿Crees que puedas estar en la “posada” mañana? – preguntó de manera imperativa esta vez.

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