TRIPTANOL
QUINIENTOS MILIGRAMOS
YA
CARLOS PURROY NO TOCA BLUES
Fumo demasiado
desde que me falta tu beso,
es aliento del infierno
que me besa en tus ausencias.
Es el fuego de los polos de la tierra
que se enreda entre mis manos
y espanta la nostalgia de tus manos.
Fumo demasiado desde que me falta tu beso,
me recuerda que tus horas
quedaron atascadas en mis labios,
en mi lengua.
Apago así deseos en ceniceros
atiborrados de cenizas de promesas.
En el humo se hace forma tu fantasma.
En el humo desaparecen los perfumes de tu sexo
y desaparece el mismo amor,
o se transmuta en adicción
a las llamas que arrasaron el Edén.
Fumo demasiado desde que me falta tu beso.
Es el cuerpo celeste que me roba lo oscuro.
El sabor y el castigo a otra vida sin ti.
El humo que me esconde, me atrapa y me salva
de los golpes que deja el amor.
El azúcar que mata el café, en cajetilla
impresa
con advertencia a la salud.
De advertencia que no consideré
aunque al verte por primera y cuarta vez,
en tus ojos se leía
en letra pequeñita, en cuatro puntos:
Nociva, cancerígena y mortal
para aquello que aún quedaba
de mi viejo y atropellado corazón.
Si no estuviera tan caliente
cabalgaría el sol,
desde ahí no se ven tan mal las cosas
y es más barato que American
Airlines.
Él es puntual de acuerdo a la estación,
exclusivo o democrático
dependiendo del cristal,
él es dama o caballero,
luz o infierno, vida o muerte
dependiendo si es playa o desierto.
No creo que muchos
hayan pensado en serio
viajar a Londres o a Madrid,
a Katmandú, a La Habana o a Pekín,
sin pasaporte, sin pasaje, sin permiso.
Si tan sólo tuviera aire acondicionado,
lo pensaría.
Cenar una pizza en trattoria.
Contarle a Woody Allen mi despecho
por Rossi, que se fue
con mi mejor amiga.
Comerme un Big Mac frente a Lenín.
Leer el evangelio en Tel
Aviv.
Vender a la O´Connors
en CD en el Vaticano.
Depositar mis pesadillas en Suiza.
Observar a cinco metros el trasero de Madonna.
Nadar entre ballenas asesinas.
Construir un nuevo muro de Berlín.
Lanzar una moneda falsa en Trevi.
Lanzar una flor y una oración
a Morrisson, Ghandi, el Che.
Escupir Somozas, Mussolinis, Pinochets.
Cenar sushi en Nagasaki.
Cabalgar un elefante
y bajar con San Juan a Choroní.
Tan sólo si el sol tuviera aire acondicionado
lo pensaría.
Te vi por primera y
última vez
tendida sobre el pavimento,
golpeada por un auto y la vida,
mojada por tu sangre y la lluvia.
No me detuve siquiera para ver
si nos habíamos visto antes
sólo unos segundos, paralizado,
aterrado, enamorado.
Segundos para saber quién fuiste,
de los hombres que bañaste de sudor,
de cadáveres rellenos de alcohol
escupiéndote mentiras de verdad,
que en mañanas de insomnio de cartón
fue tu sueño imprimirte en las revistas de TV.
Que una vez y nada más te enamoraste
y que odiaste compartir tus monedas con aquel.
Segundos para saber tu vida,
que rompiste el corazón de Don Daniel,
que rompiste la cabeza a Yanilé,
que rompiste la moral en un colchón
y rompiste el afecto por tu piel.
Segundos para saber que fuiste niña,
con tu Barbie de
manufactura nacional,
niña enamorada, niña que enciende un cigarro,
niña que escapa y se entrega a un soldado,
niña que huele la nieve y los talcos del mal.
Sentiste, creíste tan fuerte
que no lo volviste a hacer.
Noche sin luna, noche bañada en la lluvia,
noche bañada en tu sangre,
noche, cerveza y espuma.
Estoy demasiado aterrado,
no sé si ese olor, esa voz, esa visión,
no sé si esa caricia fría que me tocó,
tres cuadras antes de verte por primera vez,
golpeada por un auto, la noche y la vida,
bañada por la lluvia, tu sangre y mi vodka,
fue la muerte que me tropezó
cuando apresurada te buscaba,
o fuiste tú que por última vez
dabas un beso ardiente, helado,
a un desconocido.
No soy una amiga pervertida. ¡Ja!
Es obvio.
Ni siquiera en tu despedida de soltera.
Ni siquiera tú y yo y Rosa,
antes de que el amor y el compromiso
te dejen sin derecho a las estrellas,
a los perros de la noche
y a la pieles prohibidas.
No soy un nudista de Streep
Show, ¡Ja!
Es obvio.
Ni siquiera en tu despedida de soltera.
Ni siquiera tú y yo y Rosa,
antes de que te encierren en la más hermosa
jaula,
y renuncies al derecho a besarte con la muerte,
al graffiti en tus caderas
y a los dioses de las sombras.
No soy ni siquiera tu amante.
¡Mmmmmm! ¿Es obvio?
Ni siquiera en tu despedida de soltera.
Ni siquiera tú y yo solos,
antes de que tu casa, el tiempo y el futuro
te dejen sin el ciento veintiséis de la rockola,
sin la puta que me arrastra al purgatorio
ni el poeta que dejó de cantar para escupir.
Soy en cambio
la más impuntual de las estrellas,
soy el perro que cenó lo que dejaste,
soy el beso con la muerte,
el graffiti en tus caderas,
soy los dioses de las sombras,
soy el ciento veintiséis de la rockola,
soy la puta que te arrastra al purgatorio
y el poeta que dejó de cantar para escupir.
Brindo entonces
por él, por tu casa y las cigüeñas que te
acechan.
Confieso entonces,
que fuiste mi amor que nunca fue,
me despecho sin que nadie lo sospeche,
y brindo
porque fue lo que no fue.
Antes de llegar a mi armadura
tropiezo con galeras y columnas,
con noticias repetidas
y noticias en estreno, maremotos
y un suicidio de ballenas,
epidemias producidas por amores descuidados,
candidatos que se expulsan del partido,
la final entre Cleveland
y Chávez,
y una venta sin permiso
de la última estación de gasolina.
Se me acaban los cigarros por la angustia.
Se me acaban los cabellos por la angustia.
Se me acaban poco a poco los deseos por vivir,
ya agotado de la tinta y las mentiras.
Me pregunto y no sé cómo
sobrevive mi sonrisa hasta esta hora.
Bastó entonces que mis lentes se rompieran,
que un disparo me dejara sin visión.
Bastó entonces esa ausencia de tus ojos,
de esa luz que a veces tomo sin permiso,
y por segundos enterarme que eres tú
lo que protege mi sonrisa en mis batallas y en
mis muertes.
Necesito entonces que lo sepas,
no se trata entonces de llamar a un teléfono
prohibido,
no se trata ni siquiera de preguntarte de tus
signos y tus gustos
o una cena ridícula y un cine.
Sólo es cuestión de agradecerte
y de desearte lo mejor,
de saber que nadie tiene la certeza
de que ojos entre tantos me dan la luz esos
momentos.
Hoy dejé una flor invisible en tu escritorio,
te agradezco que la cuides,
que le des un rocío cada tres días,
que reciba mucho sol en las mañanas.
Sobre todo no le cuentes de las cosas que
escribiste ese día,
tal vez así vaya y dure para siempre.
Ese gato muerto en la puerta de mi casa
se lleva todo aquello que no fue,
que no pudo ser. Ese gato
deja en mí tristezas que no debieron existir.
Es como si los besos que nunca nos sobraron,
el hotel que no pudimos conocer,
la pizza después de la última de Spielberg.
Como si todas las conversaciones que faltaron
y la hamburguesa de carrito bajo la luna,
o el champaña derramada por accidente
en la cama, las ganas en los caminos sin
espacio para tocarte.
Como si todo lo que no pudo ser
fuese esta noche a ser recogido.
Otra noche en el café,
con la misma forma de decir,
con la misma forma de mirar,
es un nuevo modo de morir.
Otra noche de capuccino
sin azúcar,
otra noche de cambiar el mundo,
otra noche de escupir mendigos,
otra noche con el mismo asunto.
Hoy se acaban el dinero y las horas,
sé que el café me dará siempre una coartada,
que podría asesinar si está de moda,
que estaré mejor mañana.
Ella me habla de Pedro Almodóvar,
yo que pienso en sus medias de seda.
Ella tumba y desarma al gobierno,
yo mirándola olvido la cena.
Cigarrillos que encienden el cielo,
directores de cine y de cama,
escritores que beben veneno,
periodistas que informan la nada,
prostitutas que cobran promesas,
vendedores de bala y navaja,
diputados que ofrecen vergüenzas
y un arcángel que vende sus alas.
Unos gimen negocios fabulosos,
otros saben que nadie sabrá,
un niñito que limpia un zapato
y un Sabina que canta un Serrat.
-El gobierno no sabe que hacer.
-Tu te apuras, el taxi se va.
-En novelas prefiero a Brasil.
-Yo de aquí me voy para un bar.
-El se marcha y ofrece un contrato.
-Internet es mejor que papel.
-Tu me das el reloj o te mato.
-Este tipo te quiere joder.
-Voy al Valle, ¿me puedes llevar?
-Dos marrones y agua mineral.
-Ella sabe que él no va a volver
Y la cuenta, la limosna y el deseo,
la canción y el azúcar, la tertulia
y el caballo que perdió.
Domingo desnuda una mesa.
Rafael viene y dobla el mantel
¡Buenas noches! ¡Malas propinas!
Aúllan los perros nocturnos.
Entonces un hombre gris,
olvidado y con escoba,
barre las colillas, barre los papeles,
barre los negocios, barre los análisis,
barre los deseos, y un recogelatas
gris,
olvidado y con mujer,
llena su saco con envases de aluminio
y palabras reciclables.
Vida que me aleja del mar.
Vida que me escupe y bendice.
Vida que me ofrece un cigarro.
Vida que me empuja al final.
En sus redes me alejo de ti,
en sus redes me engaño,
me escapo, regreso al principio, voy,
pierdo la apuesta en el sol,
regresa el caballo de un sueño,
se come mi heno y mi azúcar.
Vida que quitas y pones la mesa.
Vida que esculpe caderas, deseos.
Vida asesina de sueños,
creadora de luces, colores y formas.
Vida que me daña lo alegre.
Vida de Acuario con Tauro,
de aeropuerto que rompe
o inventa el amor.
Vida que cancela la tarjeta.
Vida que demuele las plazas,
me encierra en la cárcel, me paga la fianza.
Que se lleva a Carolina a otro planeta,
que se lleva a Constanza al purgatorio,
que se lleva a Susana a lo innombrable,
que se lleva tanta piel a mis recuerdos
clausurados,
cuerdas que trenzan mis odios,
manos que desatan mi amor,
cuerdas que trenzan mi amor,
manos que desatan mis odios.
Sólo un cuadro y un Corolla,
un CD y mis memorias,
sólo carne en mi nevera,
testamento en la gaveta con las rosas
que murieron o perdí, sólo un beso en la mujer
que me atrapó,
me responden de manera artificial:
con qué agujas nos tejieron el destino,
quién será el guionista de mi trama original,
quién dirigió aquella escena desdichada del
adiós,
quién compuso o interpreta mi soundtrack.
Con la llave en la mano de la habitación 74,
dejo por un segundo
de pensar, de mirar, de desear.
Tus líneas borradas por la falda,
y, al tiempo que mis manos acarician el vinil,
extraño por segundos: el equipaje dejado en
recepción, el baúl del desengaño,
el morral de lo inconcluso, la maleta del ayer.
Entonces me siento desnudo,
frágil, al tiempo que alado y bello. Contigo
hoy me basta lo que tengo encima,
me sobra el equipaje del pasado
y el pasaporte hacia el futuro.
Sólo una caja de cigarrillos entre tú y yo.
No me pidas que prometa nada,
discúlpame, pero es...
que ya no me quedan promesas suficientes
y las pocas que conservo
las tengo a plazo fijo. Mira mis zapatos,
ve sus suelas.
¿Sabes que cuando se ha andado demasiado
se han dejado la luna, las estrellas
y los nombres de bebés que no han nacido,
olvidados en tantos sitios que ya
no se puede uno ni acordar?
No me pidas que prometa,
a cambio toma el mejor de mis besos en
garantía,
a cambio toma la mejor de mis miradas,
a cambio tómate un café esta madrugada,
pero entiende que ya mi palabra no es
suficiente para nadie, que está llena de tabaco, alcohol
y de sueños destrozados.
Por eso no me pidas que prometa
lo que ya no tengo. A cambio, tómame,
escarba mis verdades de los huesos,
bebe de mis labios lo eterno y lo finito,
ordéñame el amor y la pasión,
permíteme un abrazo
que me deje encadenado entre tus piernas.
Cenemos juntos tus temores y los míos,
contémonos la vida,
exhibamos el amor a los amigos,
y si uno de estos fines de semana estamos
libres,
viajemos a ese sitio que una vez me prometí,
donde la promesa no es eterna
y lo eterno no es promesa.
Dame el sol esta mañana,
deja el dulce sueño de una virgen
detrás del vitral del comedor,
déjame beber de tus poros laboriosos
el café del retorno a la rutina
y ponle el azúcar de lo incierto.
Y llenemos las sábanas de editorial, de
crucigrama, de buenas y malas noticias, de comiquitas, de cartelera
cinematográfica,
crítica de arte y finales del mundial.
Y sintiéndonos amados e informados,
Cada cual tome sus botas, su fusil y
cantimplora
y después del hasta luego, decorado con mirada
y beso, intentemos regresar con vida.
Conozco esta isla atestada de gentes e
insomnios,
su tierra tan cómoda, segura y tan seca.
Carteles, revistas de modas.
El Tropi a la entrada
del puerto
y Yordano encerrado
en cassettes.
Conozco esta isla entre cerros,
la recuerdo de oído y de alma,
pues sus muros jamás permanecen.
Le conozco sus horas, sus noches.
Las siete el teléfono suena.
Las nueve el mejor restauran.
Las cuatro el peor botiquín.
Conozco su muro tan verde en las tardes,
y a veces me tienta escalarlo,
tocarlo, hacerle el amor.
Conozco manicomios y
cárcel de adentro,
prostitutas y amor desde afuera.
Conozco que tiene un camino hacia el mar.
Conozco de oído historias de héroes.
Conozco de piel sus derrotas,
los ojos de mujeres que jamás conocí,
el fuego, los besos, la piel,
de otras que no comprendí.
Conozco sus siete canales de pies a cabeza,
sus cines de lunes a martes
y bajo su tierra un instinto ordenado y pulido.
Aprendí a cruzar sus calles y días en silencio,
a rayar sus paredes, su prensa,
colearme y comerme sus flechas.
A vivir sin trabajo ni herencia
y ya no me dan depresiones,
pues al amor no saciado
y al odio heredado le puse por nombre mi
estrés,
que calmo con Astor o
Belmont,
caballos, alcohol o un trasero.
Conozco esta isla de Petare a Catia
y a pesar de estar enterado
de calles, caminos, veredas,
de tiendas, de bares y parques,
he perdido el camino hacia ti.
No volverán los buenos tiempos,
hicieron sus maletas
y se fueron con el circo.
No les fue tan complicado,
no tenían que cargar con tantas cosas.
Los buenos tiempos,
cuando un cigarrillo
era un delito, una aventura.
Cuando era tan difícil acostar a una mujer,
que cualquiera era el amor.
Cuando todo era sorpresa.
No volverán los buenos tiempos,
volaron hacia otro sol, otra galaxia.
No les fue tan complicado,
pesaban menos que una pluma de pichón.
Los buenos tiempos, cuando al amanecer
me esperaba mi madre,
con regaño, ropa limpia y desayuno.
En los que un cheque
era un papel mal diseñado
y la tragedia era la física,
el latín y la misma biología.
No volverán los buenos tiempos,
fueron tragados por la tierra y la verdad,
tal vez en una grieta
del San José o el Mijagual.
No les fue tan complicado,
eran blandos y sensibles.
Los buenos tiempos,
para hacerme dueño de una playa,
me bastaban una carpa
y dos botellas de agua mineral,
mi boleto era el pulgar,
mi equipaje en los bolsillos
y la lluvia mi prisión.
No volverán los buenos tiempos,
los mataron en las selvas de Bolivia,
en La Moneda. No les fue tan complicado,
contaban con la CIA, los militares
y el cartel de Medellín. Los buenos tiempos,
una cerveza, el más grande amor en vacaciones,
un graffiti derrocando a la miseria,
una boa tragando un elefante
y la esperanza,
que apenas comenzaba a agonizar.
Es el tiempo que precede a los eclipses,
es el tiempo posterior a luna muerta,
es adaggio disfrazado
de rag time.
Todo queda a las afueras de mi puerta,
los amantes que mataron a Romeo,
mercaderes de amapolas,
el sonido de la hora del recreo
prostitutas a destiempo,
los ancianos que murieron en la cola.
Es el tiempo en que la luna es de neón,
es el tiempo de hacer el amor en rap,
es el tiempo que comienza en El León.
Todo queda en las afueras de mi piel,
el poema es apenas un papel,
gin tonic más que
alcohol es el amor
y una dama no es otra cosa que visión.
Es visión con medias negras descosidas,
y aparecen mis amadas una a una,
y se esfuman las angustias dos por dos.
Todo pierde el orden del tamaño,
todo pierde el orden del alfabeto,
todo pierde el orden ordenado,
y se va la luz natural del firmamento,
es el final del día,
es la agonía del último de los siglos por
venir,
es la luna mesurada de kilovatios,
la trinidad es los Panchos, la Lupe y Madonna,
y sus ángeles Gardel y Donna
Summers,
Cancerbero es un portero enamorado
y coleado entre mis labios
el cigarro va y escupe tu fantasma.
Fantasmas de neón,
lunas que tejieron la tormenta,
autopista que desnuda mi razón,
sol que estalla en mi garganta,
sol que mata al conde en Rumania,
sol que ilumina la agonía,
sol que quema las bombillas, las resacas,
sol que enciende la alcaldía
y enciende los motores, los odios y las venas
y el sudor de medio día
se convierte en esperar
que un conserje prisionero de una cloaca
encienda mañana a la misma hora
y por el mismo canal,
nuestra luna de neón de cada día.
Otra vez con otra cara ella aparece,
se disfraza de amor correspondido,
muestra sus pechos y esconde sus tragedias.
Claro, la ecuación se hace evidente
y ella decide salvarme
de los horrores de mi eterna oscuridad.
Ella olvida que mi cara de angustiado
fue más llamar la atención de sus sentidos
que un grito de auxilio, una promesa.
Ella olvida que la noche no es eterna.
Ella olvida que mis lágrimas
se evaporan con el día y dan luz a mi sonrisa.
Ella olvida que la luna es mi alimento,
que fui criado por los lobos
y educado por zamuros.
Ella cambia mis muebles de lugar.
Ella lava mi sartén que por tantos años he
curado,
insulta a mi gato en mis ausencias.
Ella quiere ayudar,
eliminar el cigarrillo de mi dieta,
volver tan fuerte mi golpeada anatomía
que no deje escapar mi corazón,
dejar mi casa sin fantasmas ni chiripas.
No entiende que espantando mis demonios
también quema las flores que dan vida
a mi razón. Ella me quiere salvar,
anexa y elimina amigos, expone sus razones.
Ella asfixia en lugar de acariciar,
rocía veneno en mis papeles
y se cree más eficiente en su tarea
que mi madre, mis maestros
y la misma policía. Y otra vez yo la saco
a patadas de mi vida.
Barcos más allá de alta mar,
un saludo de luces en morse.
Una presencia,
cuando lo más que nos queda
es la propia soledad,
la soledad con sus cantos de sirena
y el cadáver de Alfonsina.
Barcos en medio de la mar,
cuando un saludo es una estrella artificial.
Una presencia,
cuando lo más que nos queda
es lo que queda del amor.
Lo imposible de un encuentro
o colisión, por miedo
a perder el control sobre el timón,
por miedo a historias de Titanics
embriagados
contra témpanos de hielo.
La tentación de limpiar
el polvo a mi bandera de pirata,
abordarte, incendiarte e incendiarnos,
y una vez bajo las aguas,
descubrir una canción de amor
en el canto de belugas
moribundas.
Enredarnos entre anémonas azules,
con la certeza de lo imposible de
fumar un cigarrillo,
apostar a caballos de mar
y perder la vida en Moby
Dick.
Barcos más allá de alta mar.
Tú que vas por el horizonte
y desapareces abrazando el sol,
y yo que me hundo al fondo
de un Absolut con
hielo y
concha de limón.
Milano mil novecientos ochenta,
Milano entre neblinas de sudor inexplicable.
Prendo il treno in Cadorna.
Scendo in Duomo.
Un hombre toca blues
en la estación.
Un hombre toca a Dios en Catedral.
Un hombre toca el culo a una señora.
Milano con guerra fría a doce bajo cero.
Roger Watters estrena un ladrillo más en su pared.
La rockola sólo tiene
Lucio Dalla y Rock and Roll.
Aquí ya no hay Vivaldi
o Rigoletto.
Aquí es Nina Haggen
quien se besa con tenores en La Scala.
Sólo Verdi en los
billetes de mil liras
y los graffitis en el
metro
se acompañan por tenores, contraaltos.
Milano racionada, Milano congelada,
Milano que espera el sonido de una bomba,
Milano de Camisas Negras y Brigadas Rojas.
Milano que mira a Roma
esperar una orden del Pentágono
contra un iraní secuestrador. Milano rehén,
donde un punk es un malandro
con zapatos más baratos.
Donde hace meses no veo una pierna de mujer.
Donde hace meses no veo el sol.
Donde hace meses sólo veo carabinieris.
Yo, que visto el uniforme de la angustia,
Que, como es del público sabido,
soy poco atractivo al sexo opuesto.
Yo, que habito en Viale
Gramsci,
sin teléfono
y a cambio con un Conde que habla demasiado.
Yo, que veo por mi ventana platillos voladores,
y que a falta de T.V.
me invento un guión en el que Antonella,
esa encantadora agente de la CIA,
buscando comunistas,
encontró mi corazón.
Cuando Andy Warholl
le donó cinco minutos en TV,
con sus colores planos en el gesto de matar,
de asesinar,
arrastrado por los centuriones de Jerusalén,
-O Jesús o Barrabás, ¡qué más da!
total la sangre sabe igual,
ese hombre estaba vivo.
Quince minutos después
murió en enfrentamiento sumarial.
Y miramos y aplaudimos su cadáver.
Total, aquí todos morimos en enfrentamiento,
aquí todos esperamos la ejecución,
aquí no importa el sentimiento,
aquí sólo es segura la prisión.
Que importa que los maten como ratas,
necesitamos que defiendan como sea
las billeteras, las vidas, los repros,
los carros, los Reeboks,
los cheques.
Que defiendan las vaginas
inocentes.
Que defiendan a Dios mismo del horror.
Que los maten como a ratas.
Que nos maten como a ratas.
Ratas blancas consumiendo ratas negras.
Un luminoso día de primavera,
las ratas serán especie en extinción.
Brindaremos con nostalgia y ansiedad,
pues la sangre se hizo vicio.
Entonces algún orador en el salón
nos alegrará y animará.
Aún las billeteras y las tierras,
aún los Reeboks, las vaginas,
aún las camionetas y las casas,
aún la moral y el mismo Dios,
estarán amenazados.
Amenazados por porcinos corruptos,
por los patos maricones,
por los osos comunistas,
por los ebrios que devoran las estrellas,
por traseros que enloquecen nuestros vientres,
por poetas y pintores que perturban nuestra
paz,
por los negros que amenazan a la luz,
colombianos que devoran nuestro mar
y por judíos que nos quieren dominar.
Entonces, después de tanta ejecución y
enfrentamiento sumarial,
sólo el amor será amenaza, con él, después,
ya sabremos que se hará.
Calles que rompen caras,
ruido de alfiles, caballos y torres,
gentes que arrastran la vida.
Empujan y callan. Empujan y callan.
Un hombre en la caja
grita del veinte al cincuenta,
parece que quiere gritarme,
pedir auxilio a los dioses.
La gente se empuja,
se toca con miedo y con odio,
afuera te esperan de muchas maneras,
en carros lujosos, en moto,
descalzos o en Nike
los que quieren robarte lo tuyo.
Está bien cara la vida. No vale un coño la
vida.
Gentes de quince en treinta,
expulsados del Edén, el hospital,
el almacén y el restauran.
Gentes de quince en treinta,
esperando un bono de respeto
y acumulando rencor en prestación.
No hay lugar en los libros
para la gente de quince en treinta.
No hay lugar en los panteones nacionales
para la gente de quince en treinta.