SUICIDIO MEDIANTE POLICÍA
A lo largo de nuestra vida profesional hemos ido oyendo y leyendo expresiones tales como “suicidio con arma de fuego”; “suicidio por ahorcamiento”; “suicidio por barbitúricos” y otros similares. Igualmente hemos estudiado las distintas modalidades de auxilio e inducción al suicidio, pero creo que pocos de vosotros habréis tenido contacto, al menos conscientemente, con el denominado “suicidio por o mediante Policía” (suicide by cop.)
Este fenómeno ha sido constatado y desde entonces estudiado por parte de distintas Agencias policiales, como no, de los Estados Unidos de América, sin que a simple vista pudiera nadie imaginar que la Policía estaba interviniendo con suicidas. Y ello, porque a tenor de lo que los Agentes encontraban cuando respondían a las llamadas de sus Salas de Operaciones (vehículos que cometían reiteradas infracciones de tráfico, haciendo caso omiso a las señales de los Agentes para detenerse, otras persecuciones de vehículos en fuga, sujetos con armas de fuego o presumiblemente armados, amenazando con utilizarlas, etc.), estaban interviniendo con sujetos peligrosos, en algunos casos presuntos delincuentes armados, que les forzaban finalmente a abatirlos para neutralizar la amenaza. El problema era que..., tal amenaza nunca existió realmente, sino sólo aparentemente. Lo que parecían ser armas resultaban no serlo y las que sí lo eran, estaban...¡descargadas!. Todo ello se traducía, en algunos casos, en procesos penales en los que se veían envueltos los policías, que ¡solamente habían hecho lo que aparentemente debían!, en muchas ocasiones, alentados por pretensiones indemnizatorias por parte de los familiares de las víctimas; en otros, cuando no en ambos casos, en trastornos psicológicos sufridos a posteriori por los Agentes del orden, motivados tanto por la muerte “innecesaria” de los sospechosos, como por el devenir de algunos litigios legales.
En Nevada, un hombre se introdujo a cara descubierta y con un revólver en la mano en un “Drugstore de carretera”, lo hizo lo suficientemente visible para que cualquiera desde la calle lo viera. Se tomó su tiempo y tras un par de minutos de espera salió del local sin haber robado, ni tan siquiera pedido nada y se subió en su coche, abandonando lentamente el lugar. En pocos minutos llegó una patrulla de la Policía, la cual pudo pasar una completa descripción del vehículo del sospechoso, siendo éste localizado a escasos kilómetros del lugar. Se inició una persecución en la que llegaron a implicarse más de 14 coches-patrulla. El sujeto cometía repetidas infracciones, aparentemente con la intención de eludirlos. Finalmente se estableció una “barrera” de vehículos policiales que le cortaron el paso. Tras ordenarle durante cinco minutos que saliera del coche, el sospechoso lo hizo lentamente y cuando tres Agentes del SWAT se le aproximaron con un escudo antibalas, éste sacó súbitamente el revólver del interior de su chaqueta y lo apuntó en dirección a los policías, los cuales no dudaron en disparar al sujeto, alcanzándolo de muerte en pecho y abdomen. Cuando fueron a recoger el arma del individuo, esta era..., de ¡juguete!. Todo había sido un montaje de un hombre desesperado por problemas familiares y que había decidido suicidarse, pero no tenía valor para hacerlo por sí mismo y decidió que la Policía le “echara una manita”. ¡que majo!. Pero hay muchos más casos.
Estos incidentes, que inicial y asiladamente no fueron sino sucesos excepcionales, fueron siendo relacionados y estudiados, llegando a configurar el llamado “suicidio mediante o por Policía”.
El fenómeno ha implicado mayormente a policías inexpertos o con “poco rodaje”, sin que se hayan librado tampoco veteranos. Cuando el individuo en cuestión es un peligroso delincuente, como podría ser un atracador o un asesino, la mente humana estimula, por decirlo de alguna forma, un mecanismo de defensa que le protege de los efectos adversos de haber tenido que matar a alguien (y no, en todo caso.) Moral y legalmente se ha dado una situación de auto-defensa que ha requerido tomar una vida para sobrevivir o salvar las vidas de inocentes. Pero cuando la cosa no ha sido exactamente así y resulta que “hemos suicidado” a un “desgraciado”, las cosas pueden pintar peor para nosotros, en todos los aspectos, cuando menos, para con nuestra salud mental.
Este tipo de sucesos viene, como ya hemos señalado, protagonizado por sujetos mental o emocionalmente perturbados, los cuales están, sin manifestarlo adecuadamente, pidiendo ser ayudados. Aunque existen muchos Agentes entrenados para tratar con este tipo de situaciones, pocos de ellos forman parte de la “primera línea” de respuesta policial. Se trata de negociadores entrenados que, si se da la ocasión, son requeridos para acudir a la escena del suceso. Pero, mientras estos llegan, los policías que han acudido al incidente en primer lugar, son los que deben vérselas con el “marrón” y emplear grandes dosis de sentido común. Aún así, muchas de estas situaciones pueden degenerar rápidamente y provocar la reacción letal de los Agentes.
“Afortunadamente” para los policías, en la mayoría de los casos, las acciones previas de los suicidas son tan evidentemente amenazadoras, que legalmente quedan pocas dudas de que su actuación ha sido la debida, pero sigue cerniendo sobre sus cabezas, la subjetividad de la apreciación de los hechos por el organismo enjuiciador, así como el fantasma psicológico.
En cuanto al manejo de este tipo de situaciones de pantomima, las cuales en su inicio serán prácticamente imposibles de distinguir de aquellas en las que la amenaza es real, ninguna diferencia debería hacerse con las que impliquen amenazas de suicidio con armas, sujetos atrincherados y toma de rehenes. Los policías debemos establecer perímetros de seguridad que eviten que inocentes penetren en zona de peligro para los mismos, al tiempo que limiten los posibles movimientos o intentos de desplazamiento del sujeto. Si existen vecinos o transeúntes que puedan correr peligro, deben ser inmediatamente evacuados. A partir de ese momento, la mejor opción es mantenerse a cubierto y guardar la ventaja táctica, tanto de movimiento como de sectores de tiro, por si éste se hiciese necesario. Debe intentarse la comunicación, pero nunca exponiendo físicamente a nadie; bajar el nivel de estrés-ansiedad de ambas partes y tener en cuenta de que si el sujeto ya está, cuando menos, emocionalmente desencajado, cualquier cosa que incremente su ansiedad le llevará seguramente a precipitar los acontecimientos. La seguridad de policías e inocentes debe estar por encima de cualquier otra pretensión inicial y cuando lleguen Unidades especiales, ya desplegarán tiradores que observarán e informarán de cuantos detalles puedan ser de interés para quien tome el mando del incidente y que, en caso necesario, podrán neutralizar eficazmente y desde una posición a cubierto al sujeto, sin poner en peligro innecesario a nadie.
El éxito en este tipo de situaciones descritas, especialmente el del suicidio asistido por la Policía, es algo de difícil proposición, habida cuenta de su complejidad. Pero no está mal que consideremos sus elementos descriptivos por lo que de valioso nos puedan aportar, dado que en España ya tenemos casos, algunos recientes, que hacen pensar que, posiblemente por imitación, algunas personas hubieran elegido esta vía para “irse al otro barrio”, “jodiendo” a propios y a extraños.
Morrondo