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boletín No. 3. noviembre/2001 

¿Hay Urbanismo Vernáculo?
Por la Arquitecto Felicia Chateloin Santiesteban.
El concepto de arquitectura vernácula no es sencillo; vernáculo es lo propio del país, y que es lo propio en nuestra arquitectura y urbanismo que no sea resultado de la amalgama de culturas transculturadas que es la cultura americana. Vernáculo también se ha llamado a lo tradicional, a lo popular, y hasta se ha mencionado el concepto de arquitectura ingenua, y aquí pienso que quizás encuentro una relación al recordar aquellos mulatos, que en época de la colonia y la esclavitud llamaban en Cuba "pardos ingenuos" por haber nacido libres y mestizos, condición que podría ser común a una arquitectura vernácula cubana.
En Cuba la llamada arquitectura tradicional puede ser popular o dejar de serlo, es una arquitectura mestiza, que a diferencia de la de otros países de América no tiene una carga importante de una cultura ancestral y prehispánica. Para mi en la arquitectura y el urbanismo cubano, lo vernáculo significa la apropiación de modelos y patrones de otras culturas con una óptica criolla de funcionalidad, condiciones técnicas, adecuación climática y adaptación a nuestro temperamento. Por eso lo propio aquí no hay que buscarlo en un sitio apartado, ni ponderar áreas rurales donde se conserven culturas minoritarias, podemos hallarlo en cualquier parte y en preferencia en las ciudades, donde tuvo su mejor caldo de cultivo. ¿Y no es además el urbanismo iberoamericano algo propio de nuestra América?
La tradición es historia que se queda y perdura por un tiempo, en tanto que esa propia tradición pueda enfrentar la transformación y seguir identificando a la comunidad que le dio lugar, porque conserva su carácter esencial. La arquitectura y el urbanismo históricos pueden ser elementos físicos representativos de esas tradiciones, por tanto son memoria tangible.
En la década del 50, Eugenio Batista, uno de los mas importantes arquitectos de la modernidad, en su indagación de la identidad de la arquitectura nacional indico los que consideraba atributos esenciales que identificaban la casa colonial y que el profesor Roberto Segre nos descubriría unos años mas tarde como elementos de aún mayor trascendencia; ellos son: patio puntal, persiana y portal.
Carpentier por su parte, muy metido en los asuntos del contexto, estableció como el elemento más representativo de la arquitectura habanera a la columna, y en su hermoso ensayo "La Ciudad de las Columnas", señalo "la increíble profusión de columnas en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas..." y hablo del estilo de no tener estilo, la mezcla de estilos, del espíritu barroco de nuestras ciudades, que es nuestro propio estilo, y de esa arquitectura que juega con la luz y la sombra y la libertad formal. Sin embargo contemporáneo a ella, no entendió el valor de nuestra arquitectura ecléctica. Y qué más propio que ese urbanismo de interminables calzadas aportaladas nacido en el siglo XIX y esa arquitectura, que a principios del XX salió a la calle con el desenfado de saberse criolla y ecléctica, para dejar en nuestras ciudades, en algo más de tres décadas, la imagen más representativa de la arquitectura cubana: de ese eclecticismo nuestro que sienta raíces en lo más profundo de nuestra tradición colonial, y esencialmente clásico exhibe su libertad creativa en una indudable intención coral de integración.
La arquitectura y por ende el urbanismo oscilan entre la producción monumental simbólica y la producción masiva. En nuestras zonas urbanas caracterizadas por su valor histórico culturales cada una de estas producciones cumple su rol; la primera crea acentos, tiene una identidad singular, fue programada y representa la cultura y el poder de la clase dominante; la segunda es mayormente anónima, más espontánea, tiende a la identidad del conjunto, es la que conforma los territorios urbanizados y esta representada por antonomasia por la vivienda. En esta arquitectura contextual lo tradicional pervive mas libremente. Ambas arquitecturas, paradigmática y contextual coexisten y se influyen mutuamente.
Sin embargo, la antigua arquitectura monumental y paradigmática obtuvo muy rápidamente el reconocimiento de su valor patrimonial, los valores de la arquitectura contextual demoraron más en ser reconocidos. Aunque la Carta de Venecia resolvió el problema teórico cuando asevero la importancia de las producciones más modestas y su valor monumental, la propia realidad social y económica de esta arquitectura la hace que este sujeta a un peligro mayor de desaparición; su permanencia es aún más difícil cuando los materiales y las técnicas que sustentan estas arquitecturas van desapareciendo, además de su condición popular eminentemente evolutiva, sumando esto a la capacidad económica de sus ocupantes que en general no les permite asumir su mantenimiento y conservación.
Es también la Carta de Venecia la que define la consideración del valor monumental de un área urbana, esta consideración sumada a la capacidad del valor monumental de las obras modestas, quedan indisolublemente unidas. Para conservar un territorio urbano valorado, deberá rehabilitarse además de sus monumentos singulares, la arquitectura contextual, sin subvaloraciones que la consideren una producción menor. Sino porqué conservar ese patrimonio modesto, de capacidad económica y cultural probada, representa valorizar el entorno en que vivimos y comprender las raíces de nuestra identidad. En la rehabilitación urbana estamos salvando lo propio.
Para finalizar quisiéramos citar al profesor Fernando Salinas en su trabajo "La cultura ambiental en nuestra América", cuando dice que "Lo más difícil de descubrir suele ser lo obvio. Lo más visible, cercano y claro parece resistirse a la comprensión, y por lo tanto a su evaluación y desarrollo durante el mas largo tiempo. La cultura popular puede resumir esta realidad con sencillez y concisión incomparable, cuando expresa: Lo que más tarda en reconocer el pez es la existencia del agua.
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