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7 de Enero de 2001 Cali - Colombia Año 4 Edición No. 473 |
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Una escultora de Roldanillo recrea el arte rupestre en el Valle del Cauca, al dibujar gigantescas figuras de animales mediante el método de cultivar maíz en medio de sembrados de sorgo. Nazca aquí.
Por Alvaro Gärtner,
Editor de GACETA
Fotografía: Rodrigo Molina y especiales
La hilera al borde de la Panorama crecía. Diez,
doce, quince vehículos con las puertas abiertas y sus conductores
mirando el paisaje. El primero se detuvo por curiosidad y los
restantes porque el primero se detuvo.
La causa de la inesperada aglomeración en una
carretera que en cercanías de Roldanillo es poco transitada, se
hallaba varios metros más abajo: sobre un campo de cultivo algunos
campesinos desenrollaban una larguísima tira de plástico y al
extenderla parecía como el boceto de un gallinazo, pero otros decían
que una vaca.
La causante de la inesperada curiosidad era una
mujer diminuta, delgada, con la piel tostada por el sol, que
resguardaba sus ojos de los rayos solares con una vistosa visera
amarilla, mientras revisaba continuamente un papel. La mujer se
hallaba allí ensayando un nuevo cultivo, pero lo que no sabían los
curiosos de arriba era que la cosecha sería visual y espiritual.
El cultivo consistía en mezclar maíz con sorgo,
no para lograr un producto mejorado sino un contraste, el del verde de
la caña de maíz sobre el terracota de la flor de sorgo. Ese
contraste cromático haría visibles los dibujos de gallinazos y de
vacas de tamaño gigantesco.
La diminuta mujer de la visera, llamada Marta Lucía
Villafañe, no es agrónoma sino maestra de artes plásticas egresada
de la Universidad de Antioquia y su obsesión ahora es recrear el arte
rupestre del hombre primitivo, mediante dibujos sobre cultivos. Su
proyecto mereció beca de creación individual del Ministerio de
Cultura el año pasado.
La naturaleza del arte
Marta Lucía nació en Roldanillo en 1954, pero su
carrera artística se ha desarrollado en Medellín, en donde algunas
de sus obras adornan varios edificios. Luego de hacer varios murales
sobre cemento, la artista comenzó a hacer esculturas `vivas`, esto
es, con vegetales.
En 1999 hizo un experimento con césped y plantas
llamadas guardaparque y cinta, con las que hizo cuerpos humanos
tendidos, en una alegoría de la violencia que asuela el país. Fue
notable el éxito que tuvo `El caído`, una figura de 10 metros de
largo por 5,40 de ancho y 1,60 de alto, que dejó sobre una vía
peatonal en la Universidad de Antioquia: “La gente que pasaba le
sembraba maticas”, cuenta. Otros `cadáveres vivientes` suyos
adornaron otros lugares del principal centro educativo antioqueño.
Fue así como Marta Lucía se acercó un paso más
a un tema que la fascina y sobre el cual ya había hecho un mural: el
arte rupestre. Inspirada en el `land art` o `arte tierra`, que busca
una nueva expresión a partir de la naturaleza y los paisajes
exteriores, la artista de Roldanillo comenzó a proyectar su `Rupestre
del Valle` para hacer esculturas vivas sobre cultivos.
“Por mi vinculación con los terrenos cultivados
del Valle del Cauca, sé que son los más llamados a este tipo de
realizaciones y no es necesario causar daño ecológico alguno, ni
menoscaba la capacidad productiva”, explica la escultora. El
problema era encontrar un propietario de tierras que se aviniera a
permitir experimentos en sus cultivos.
El obstáculo fue allanado por un antiguo compañerito
de juegos de la niñez en Roldanillo y hoy dueño de la hacienda La
Ondina, situada en la vereda Santa Rita. Conocedor de las inquietudes
de su amiga, el hombre le permitió hacer el experimento, que “busca
integrar arte y agricultura”.
Entre septiembre de 1999 y febrero de 2000, ciclo
de siembra y cosecha del sorgo y el maíz, la artista pudo llevar a
cabo su idea. En tiempo de siembra demarcó con cinta plástica las líneas
sobre las cuales plantó el maíz. Fue entonces cuando comenzaron a
detenerse los vehículos al borde de la carretera.
De ahí en adelante aguardó la florescencia del
sorgo para comprobar los resultados y concursar para una beca del
Mincultura.
Una vez obtenida, trazó en agosto del año pasado
diez figuras de 300 metros cada una, alegóricas de animales nativos
del Valle del Cauca, en especial gallinazos, que son sus aves
favoritas.
Para Marta Lucía, “es importante para un pueblo
que tiene la actividad agrícola como medio de subsistencia, descubrir
la posibilidad de usarla también como fuente de sustento estético y
enriquecimiento espiritual”. Además, según ha podido comprobar,
“genera sentido de pertenencia en la comunidad de la región”, que
en principio se manifiesta como simple curiosidad.
Para la escultora misma la exploración con `arte
tierra` implicó un cambio de actitud frente a la perdurabilidad de su
trabajo. La escultura, por sí misma, tiene una connotación de
perennidad, mientras sus trazos sobre cultivos se acercan más a lo efímero
de las instalaciones. “Una contradicción de los críticos que
promueven el arte efímero es que exigen hacerlo perdurable a través
de la fotografía”, dice Marta Lucía, quien también ha aprovechado
esa contradicción.
A su juicio, la desaparición de los dibujos sobre
terrenos cultivados se ve compensada con la recuperación de la relación
con la tierra, pues para trabajar con ella “basta con adecuarse a
los ciclos vitales de la naturaleza”.
Lo mismo deberán hacer los viajeros que transiten
por la Panorama a la altura de Roldanillo, si no quieren perderse una
inmensa exposición para la que no cobran la entrada. G
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En tiempo de siembra del sorgo Martha Lucía Villafañe trazó las figuras con cinta plástica y luego sembró maíz en lo trazado |